Ciudadanos de otra Ciudad

"Aunque es verdad que no tenían la verdadera piedad hacia el Dios verdadero, piedad que hubiera podido conducirlos también, con una religión salvadora, a la eterna ciudad. Pero por lo menos guardaban cierta probidad en su clase, la suficiente para constituir, aumentar y conservar la ciudad terrena. Así mostró Dios en el opulento y célebre Imperio romano cuánto valen las virtudes civiles aun sin la religión verdadera, para que se entendiese que si la religión verdadera se une a ellas, constituye a los hombres en ciudadanos de otra ciudad, cuyo rey es la verdad, cuya ley es la caridad, cuya norma es la eternidad" (Carta 138, 3, 17).


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