Levantemos el corazón

“Levantemos, pues, el corazón, pero hacia el Señor: he aquí el refugio; levantemos el corazón, pero no hacia el Señor: he aquí la soberbia. Digámosle, pues, en cuanto resucitado: Porque tú eres, Señor, mi esperanza; en cuanto ascendido: Has puesto muy alto tu refugio. ¿Cómo podemos ser soberbios teniendo el corazón levantado hacía quien se hizo humilde por nosotros para que no continuásemos siendo soberbios?”
(Sermón 261, 1).

La resurrección es la vida nueva

“Dado que la resurrección del Señor simboliza la vida nueva que hemos de tener cuando hayamos atravesado este mundo, consideremos solamente, hermanos, cómo se arrojó por primera vez la palabra de Dios a este mar, o sea, a este mundo. A este mundo agitado por las olas, peligroso por sus tormentas y horrible por los naufragios; a este mundo fue echada la palabra de Dios, y capturó a muchos, hasta llenar dos barcas. ¿Qué simbolizan estas dos barcas? Dos pueblos, cual dos paredes para las que el Señor se constituyó en piedra angular a fin de unir en sí a quienes traían direcciones contrarias”
 (Sermón 252, 3).

No murmuremos

“No murmuremos, pues, en las dificultades, no sea que perdamos la anchura de la alegría de la que se dijo: Gozando en esperanza, porque sigue diciendo: y padeciendo en la tribulación. La nueva vida se  incoa actualmente en la fe y se vive en la esperanza. Entonces será cuando será absorbida la muerte en la victoria, cuando será destruida aquella última enemiga, cuando seremos transfigurados e igualados a los ángeles, según dijo el Apóstol: Todos resucitaremos, pero no todos seremos transfigurados. Y el Señor dijo: Serán como los ángeles de Dios. Ahora nos posee en el temor por medio de la fe, pero entonces le poseeremos en la caridad por la visión: Mientras estamos en el cuerpo, peregrinamos lejos del Señor; caminamos por fe, no por visión. El mismo Apóstol afirma: Para alcanzarla, como he sido alcanzado, afirmando con claridad no haberla alcanzado aún: Hermanos, yo no creo haberla alcanzado aún. Pero, como la esperanza que brota de la promesa de la verdad es cierta, dice: Hemos sido sepultados con El por el bautismo para morir. Y añade: Para que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una nueva vida. Caminamos, pues, en la realidad de los trabajos, pero con la esperanza del reposo; en la carne de la vejez, pero en la fe de la novedad”
(Epístola 55, 14, 26).

Dios es suficiente

“Llegaremos, pues, entonces y gozaremos de esa única cosa, pero ella será todo para nosotros. ¿Qué dije, hermanos, cuando comencé a hablar? ¿En qué consiste esa excelente cosa que poseeremos cuando no tengamos necesidad de nada? ¿Qué es eso que poseeremos? Me había propuesto decir lo que Dios nos dará a nosotros que no dará a los otros. Desaparezca el impío para que no vea la claridad de Dios. Así, pues, Dios nos dará su claridad para que gocemos de ella; ésta es la razón por la que desaparecerá el impío: para que no vea la claridad de Dios. Todo lo que tendremos se reducirá a Dios. Avaro, ¿qué esperabas recibir? ¿Qué pide a Dios quien no tiene suficiente con Dios?” 
(Sermón 255, 6).

Estamos ya muertos con Cristo

“Este tránsito lo realizamos actualmente por la fe que se da en nosotros para la remisión de los pecados en la esperanza de la vida eterna, mientras amemos a Dios y al prójimo. Porquela fe obra por la caridad, y el justo vive de la fe. Pero la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Pues si esperamos lo que no vemos, aguardamos por la paciencia. Por razón de esta fe, esperanza y caridad, con que empezamos a estar bajo la gracia, estamos ya muertos con Cristo y sepultados en El, por el bautismo, según dice el Apóstol: porque nuestro hombre viejo ha sido crucificado juntamente con él; y hemos resucitado con él porque juntamente nos resucitó y juntamente nos hizo sentar en los cielos. De ahí procede aquella exhortación: Gustad las cosas de arriba, no las de la tierra. Pero luego continúa y dice: Porque estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis también vosotros con El en la gloria” 
(Epístola 55, 2, 3).

Su resurrección es nuestro germinar

“Como dice el Apóstol, nuestro Señor Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Su muerte es nuestra siembra, y su resurrección nuestro germinar. Su muerte, en efecto, significa la muerte de nuestra vida. Escucha al Apóstol al respecto: Hemos sido sepultados con Cristo por el bautismo para la muerte, para que como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros caminemos en la novedad de vida. El no tuvo nada que reparar en la cruz, puesto que subió a ella sin pecado alguno. Reparémonos nosotros en su cruz, clavando en ella el mal que hemos contraído, para poder ser justificados por su resurrección. Debéis distinguir las dos cosas: Fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. No dijo: Fue entregado para nuestra justificación y resucitó por nuestros delitos. Su entrega suena a pecado, y su resurrección a justicia. Muera, pues, el pecado y resucite la justicia”
 (Sermón 236, 2)

El sacratísimo triduo

“Considera ahora ese sacratísimo triduo del Señor crucificado, sepultado y resucitado. El primer día, que significa la cruz, transcurre en la presente vida; los que significan la sepultura y la resurrección los vivimos en fe y en esperanza. Ahora se le dice al hombre: Toma tu cruz y sígueme. Es atormentada la carne cuando son mortificados nuestros símbolos, que están sobre la tierra: la fornicación, la inmundicia, el derroche, avaricia y las demás torpezas, de las que dice el mismo Apóstol: Si viviereis según la carne, moriréis; pero si mortificáis con el espíritu las obras de la carne, viviréis. Por eso dice, hablando de sí mismo: El mundo está crucificado para mí y yo para el mundo. Y en otro pasaje: Sabed que nuestro hombre viejo ha sido crucificado juntamente con él para que se destruya el cuerpo del pecado, para que en adelante no sirvamos al pecado. Por lo tanto, mientras nuestras obras tienden a destruir el cuerpo del pecado, mientras el hombre exterior se corrompe para que el interior se renueve de día en día, tiempo es de cruz”
 (Epístola 55, 14, 24)

Dentro está el emperador

“Dentro de cada hombre hay un emperador, reside en el corazón; si es bueno, manda cosas buenas, y se hacen cosas buenas; si es malo, manda cosas malas, y se hacen cosas malas. Cuando en él reside Cristo, ¿qué puede mandar? Sólo cosas buenas. Cuando le posee el diablo, ¿qué puede mandar? Sólo cosas malas. Dios quiso dejar a tu arbitrio, reservar el lugar a Dios o al diablo; cuando lo hayas reservado, el que lo ocupe mandará. Luego, hermanos, no atendáis únicamente al sonido. Cuando alabéis a Dios, alabadle íntegramente: cante la voz, cante la vida, canten las obras. Y, si persiste todavía el gemido, la tribulación, la tentación, esperad; todas estas cosas pasarán, y llegará aquel día en el que alabemos sin descanso” 
(Comentario al salmo 148, 2).

El día cincuenta

“Este día cincuenta es recomendado también en las Escrituras; no sólo en el Evangelio, por haber venido en él el Espíritu Santo, sino también en los antiguos libros. Según éstos, después de haberse celebrado la Pascua con el sacrificio del Cordero, se cuentan cincuenta días hasta aquel en que, en el monte Sinaí, por medio del siervo de Dios Moisés, se dio la ley escrita por el dedo de Dios. Ahora bien, en los libros del Evangelio se declara abiertamente que el dedo de Dios es el Espíritu Santo. Un evangelista dice: Con el dedo de Dios expulso los demonios. Otro evangelista dice lo mismo de este modo: Con el Espíritu de Dios expulso demonios. ¿Quién no preferirá esta alegría de los sacramentos, que irradian esplendores de doctrina, a todos los imperios de este mundo, aunque se desenvuelvan pacíficamente en una inusitada prosperidad?”
 (Epístola 55, 16, 29).

Al tercer día resucitó

“Vino Cristo a nuestras miserias: sintió hambre, sed, se fatigó, durmió, hizo cosas maravillosas, sufrió males, fue flagelado, coronado de espinas, cubierto de salivas, abofeteado, crucificado, traspasado por la lanza, colocado en el sepulcro; pero al tercer día resucitó, acabada la fatiga, muerta la muerte. Tened vuestros ojos fijos en su resurrección, puesto que el Señor ha engrandecido a su santo, de modo que lo resucitó de entre los muertos y le otorgó en el cielo el honor de sentarse a su derecha… ¿Qué encontró él en la región de tu muerte? Pon atención: viniendo de otra región, aquí no halló más que lo que abunda aquí: fatigas, dolores, muerte: ve lo que tienes aquí, lo que abunda aquí. Comió contigo de lo que abundaba en la despensa de tu miseria. Aquí bebió vinagre, aquí tuvo hiel. He aquí lo que encontró en tu despensa. Pero te invitó a su espléndida mesa, la mesa del cielo, la mesa de los ángeles, en la que el pan es él mismo. Al descender y encontrar tales males en tu despensa, no sólo no despreció tu mesa, sino que te prometió la suya” 
(Sermón 231, 5).

Se les apareció Jesús

“¿Qué nos ofrece esta lectura a nosotros? Algo verdaderamente grande, si la comprendemos. Se les apareció Jesús. Le veían con los ojos, pero no lo reconocían. El maestro caminaba con ellos durante el camino y él mismo era el camino. Aquellos discípulos aún no iban por el camino, pues los halló fuera de él. Estando con ellos antes de la pasión, les había predicho todo: que había de sufrir la pasión, que había de morir y que al tercer día resucitaría. Todo lo había predicho, pero su muerte se lo borró de la memoria. Cuando lo vieron colgando del madero quedaron tan trastornados que se olvidaron de lo que les había enseñado; no les pasó por la mente la resurrección ni se acordaron de sus promesas. Nosotros, dicen,esperábamos que fuera a redimir a Israel. Lo esperabais, ¡oh discípulos!, ¿es que ya no lo esperáis? Ved que Cristo vive: ¿ha muerto la esperanza en vosotros? Cristo vive ciertamente. Cristo, vivo, encuentra muertos los corazones de los discípulos, a cuyos ojos se apareció. Lo veían y permanecía oculto para ellos. En efecto, si no lo veían, ¿cómo lo oían cuando preguntaba y cómo le respondían? Iba con ellos como compañero de camino y él mismo era el guía. Sin duda, lo veían, pero no lo reconocían”
 (Sermón 235, 2).

Los discípulos no creyeron

“Llegaron las mujeres al sepulcro, y no encontraron su cuerpo en él; escucharon de boca de los ángeles que Cristo había resucitado; las mujeres lo comunicaron a los varones. ¿Y qué está escrito? ¿Qué habéis oído? A ellos estas cosas les parecieron delirios. ¡Gran desdicha la de la naturaleza humana!... Ved aquí lo que ha motivado a Jesucristo el Señor a hacer que fuese el sexo femenino quien primero anunciase su resurrección: por el sexo femenino cayó el hombre y por el sexo femenino encontró reparación, pues una virgen había dado a luz a Cristo y una mujer anunciaba su resurrección. Por una mujer entró la muerte; por una mujer, la vida. Pero los discípulos no creyeron lo que habían dicho las mujeres; pensaron que deliraban a pesar de que anunciaban la verdad” 
(Sermón 232, 2)