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Canta la fe

“Hemos creído, pues, a través de Juan, que también por el hombre hay que creer en Cristo y que no hay que poner la esperanza en el hombre, sino en Cristo. Ve que tienes un gran hombre, mayor que el cual no ha nacido nadie… Canta la fe para llegar a la visión. Marcha por el camino para que te lleve a la patria. El permanece allí adonde nos dirigimos, vino por donde regresamos; pero vino sin alejarse de allí y subió al cielo sin abandonarnos a nosotros” 
(Sermón 279, 7).

El hombre nuevo canta el cántico nuevo

“Es conveniente que tributemos a nuestro creador cuantas alabanzas podamos. Cuando alabamos al Señor, amadísimos hermanos, algún beneficio obtenemos mientras estamos en tensión hacia su amor. Hemos cantado el Aleluya. Aleluya es el cántico nuevo. El hombre nuevo canta el cántico nuevo. Lo he cantado yo; lo habéis cantado también vosotros, los recién bautizados, los que acabáis de ser renovados por Él. Voy a exhortaros según las exigencias de la caridad fraterna; pero no sólo a nosotros; mi exhortación se dirige también a cuantos me escuchan en cuanto hermanos e hijos: hermanos porque nos engendró una misma madre; hijos, porque yo os he engendrado para el Evangelio. Vivid bien, amadísimos míos, para que después de haber recibido tan grande sacramento podías presentaros ante el tribunal con conducta intachable. Corregid los vicios, ordenad las costumbres, dad cabida a las virtudes; esté presente en cada uno de vosotros la piedad, la santidad, las castidad, la humildad y la sobriedad, para que, ofreciendo tales frutos a Dios, Él se deleite en vosotros, y vosotros en Él… Amad al Señor, puesto que Él os amó a vosotros; visitad frecuentemente esta madre que os engendró. Ved lo que ella os ha aportado: ha unido la criatura al creador, he hecho de los siervos hijos de Dios, y de los esclavos del demonio, hermanos de Cristo. No seréis ingratos a tan grandes beneficios si le ofrecéis el obsequio respetuoso de vuestra presencia. Nadie puede tener propicio a Dios Padre si desprecia a la Iglesia madre. Esta madre santa y espiritual os prepara cada día alimentos espirituales, mediante los cuales robustece no vuestros cuerpos, sino vuestras almas” 
(Sermón 255 A).

Alabar sin cansancio

“En este mundo todas las cosas producen hastío; sólo la salud está excluida de ello. Si la salud no causa tedio, ¿va a causarlo la inmortalidad? ¿Cuál será entonces nuestra ocupación? Decir: Amén y Aleluya.  Una cosa es la que hacemos aquí otra la que haremos allí; no digo día y noche, sino en el día sin fin: repetir lo que ya ahora dicen sin cansarse las potestades del cielo, los serafines: Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos. Esto lo repiten sin cansarse. ¿Se fatiga, acaso, ahora el latir de tu pulso? Mientras vives, tu pulso sigue latiendo. Trabajas, te fatigas, descansas, vuelves a tu tarea, pero tu pulso no se fatiga. Como tu pulso no se cansa mientras estás sano, tampoco tu lengua y tu corazón se cansarán de alabar a Dios cuando goces de la inmortalidad. ¿Cuál será? Esa actividad será un ocio. Actividad ociosa: ¿en qué consistirá? En alabar al Señor. Escuchad la sentencia: Dichosos los que habitan en tu casa. Y por si buscamos la causa de esta dicha: ¿Tendrán mucho oro? Quienes tienen mucho oro son, en igual medida, miserables. Dichosos son los que habitan en tu casa. Dichosos, ¿por qué? En esto consiste su dicha: Te alabarán por lo siglos de los siglos.
(Sermón 211 A).

Canta y Camina

“Pero cantemos nosotros y los demás el aleluya aún aquí, en medio de peligros y tentaciones. Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas. Por tanto, cantemos también aquí elaleluya… ¡Dichoso Aleluya aquel! ¡En paz y sin enemigo alguno! Allí ni habrá enemigo ni perecerá el amigo. Se alaba a Dios aquí y allí; pero aquí lo alaban llenos de preocupación, allí con seguridad plena; aquí quienes han de morir, allí quienes vivirán por siempre; aquí en esperanza, allí en realidad; aquí de viaje, allí ya en la patria. Ahora, por tanto, hermanos míos, cantémoslo, pero como solaz en el trabajo, no como deleite del descanso. Canta como suelen cantar los viandantes; canta, pero camina; consuela con el canto tu trabajo, no ames la pereza: canta y camina. ¿Qué significa “camina”? Avanza, avanza en el bien. Según el Apóstol, hay algunos que avanzan para peor. Tú, si avanzas, caminas; pero avanza en el bien, en la recta fe, en las buenas obras: canta y camina. No te salgas del camino, no te vuelvas atrás, no te quedes parado”  
(Sermón 256, 3).

Nuestro alimento y bebida será el Aleluya

“No sin motivo, hermanos míos, conserva la Iglesia la tradición antigua de cantar el Aleluya durante estos cincuenta días. Aleluya y alabanza a Dios son la misma cosa. Con él se nos anticipa simbólicamente, en medio de nuestras fatigas, qué haremos en el descanso eterno. 
En efecto, cuando después del trabajo presente lleguemos a aquel descanso, la única ocupación será la alabanza de Dios, todo nuestro obrar se reducirá al Aleluya. 
¿Qué significa Aleluya? Alabad a Dios. 
¿Quién alaba a Dios sin desfallecer a no ser los ángeles? No sufren hambre ni sed, no enferman ni mueren. 
También nosotros hemos cantado el Aleluya; se cantó ya esta mañana, y hace poco, cuando yo aparecí, volvimos a cantarlo. 

Llega hasta nosotros un cierto olor de aquella alabanza divina y de aquel descanso, pero es más fuerte el peso de la mortalidad. El simple repetirlo nos cansa, y queremos reponer las fuerzas de nuestros miembros; si dura mucho tiempo, nos resulta gravoso el alabar a Dios por el estorbo de nuestro cuerpo. 

Si la plenitud ha de consistir en el canto ininterrumpido del Aleluya, tendrá lugar sólo después de este mundo y estas fatigas. ¿Qué hacer, pues, hermanos? Repitámoslo cuantas veces podamos para merecer cantarlo por siempre. Nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro descanso y todo nuestro gozo allí será el Aleluya, es decir, alabanza de Dios. 

¿Quién, en efecto, alaba algo sino el que goza sin fastidio? 
¡Cuál no será, pues, el vigor del espíritu; cuál la inmortalidad y la solidez del cuerpo, si ni la mente decaerá de la contemplación de Dios ni los miembros sucumbirán en esa interminable alabanza de Dios!”. 

(Sermón 252, 9).