(Comentario al evangelio de Juan 14, 5).
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Todo lo ha recibido
"Antes de la venida del Señor Jesús se jactaba de sí mismo el hombre. Viene aquel hombre para que la gloria del hombre mengue y vaya en auge la gloria de Dios. Porque viene Él sin pecado y nos halla a todos con pecados. Si es verdad que viene El a perdonar pecados, que dé Dios con largueza y que el hombre confiese sus pecados. La humildad del hombre es su confesión, y la mayor elevación de Dios es su misericordia. Si, pues, viene El a perdonar al hombre sus pecados, que reconozca el hombre su miseria y que Dios haga brillar su misericordia. Justo es que crezca El y que yo mengüe, esto es, que El dé y que yo reciba; que El sea glorificado y yo confiese mis pecados. Comprenda el hombre su situación y confiese a Dios sus pecados y oiga con atención al Apóstol, que se dirige al hombre soberbio y pagado de sí y que quiere engreírse: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Comprenda, pues, el hombre (que pretendía atribuirse a sí mismo lo que no es suyo) que todo lo ha recibido y humíllese; le es mejor que sea Dios en él glorificado"
El Plan de Dios
“Tal es el plan de Dios. El hombre puede escrutarlo según su propia medida: unos más y otros menos; pero este plan divino encierra para nosotros un gran misterio. Cristo iba a venir a nosotros en la carne; Cristo, no un cualquiera, no un ángel ni un legado suyo; pero él, viniendo, los salvará. No había de venir un cualquiera; y, sin embargo, ¿cómo iba a venir? Iba a nacer en carne mortal; pasaría a ser un niño sin habla; sería colocado en un pesebre, envuelto en una cuna, nutrido con leche; pasaría de edad en edad, y, finalmente, perecería por obra de la muerte. Todas estas cosas son indicios de humildad y, más aún, manifestación de una gran humildad. —Humildad, ¿de quién? —Del excelso. ¿Cuál es su excelsitud?... Ved a quiénes vino y cuan grande era quien vino. ¿Cómo vino hasta nosotros? En verdad, la Palabra se hizo carne para habitar entre nosotros. En efecto, si hubiera venido sólo en su divinidad, ¿quién hubiera podido soportarlo? ¿Quién lo hubiera acogido? ¿Quién lo hubiera recibido? Pero él tomó lo que éramos nosotros para que no permaneciéramos siendo lo que éramos; tomó lo que éramos por naturaleza, no por la culpa. Quien vino a los hombres en condición de hombre, no vino, sin embargo, en condición de pecador, aunque venía a pecadores. De estas dos cosas humanas, la naturaleza y la culpa, tomó la primera y sanó la segunda. Si él, en efecto, hubiese tomado nuestra iniquidad, hubiese buscado también él un salvador. No obstante, la tomó también para sobrellevarla y sanarla, no para tenerla, y apareció como un hombre entre los hombres, ocultando su divinidad”
(Sermón 293, 5).
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Cristo,
Encarnación
Disminuya el hombre
“Conviene que él crezca, dijo, y que yo mengüe. Esto nos lo han mostrado los respectivos días de nacimiento. Se trata de algo que está a la luz; testigo es el mismo sol; a partir del día de hoy disminuyen los días; a partir de la Navidad del Señor crecen. Conviene que el crezca y que yo mengüe. Jesucristo el Señor, gobernador y autor de la creación, rector del mundo, fabricador de los astros, ordenador de los tiempos, puesto que nació cuando quiso, eligió el día de su nacimiento, mediante el cual fuese bien simbolizado; él mismo asignó también el día a su precursor. Quiso que en éste viésemos a un hombre, y en él a Dios. Disminuya el hombre, crezca Dios: esto lo indican sus respectivas pasiones: Juan fue degollado, Cristo fue levantado en la cruz”
(Sermón 293 D, 5).
Juan es el siervo
“Juan es el siervo, Cristo el Señor. Diga Juan en qué medida: De quien no soy digno de desatar la correa del calzado. ¡Cuál no hubiera sido su humildad con sólo decir que era digno! Si una persona se halla de pie o sentada y tú le desatas la correa de su calzado, advierto que él es el señor y tú el siervo. Esto es poco, dice Juan; no soy digno ni siquiera de eso… Juan, en cambio, se mantuvo en pie y le escuchó. ¿Y cómo sigue? Y exulta de gozo ante la voz del esposo. El es la Palabra, yo la voz, dice Juan. Es la voz, y exulta de gozo ante la voz del esposo. Tú, en efecto, eres la voz, él la palabra; pero él es palabra y voz. ¿Por qué es el Señor palabra y voz? Porque la Palabra se hizo carne. La palabra que genera nuestro corazón está dentro, en nuestro corazón, y se oculta a quienes están fuera de nosotros, como se os oculta a vosotros lo que ahora voy a decir, pero no a mí; la palabra está ya en mi corazón; mas para llegar a vosotros se sirve de la voz, y llega hasta ti lo que estaba oculto en mí, sin que al llegar a ti se aparte de mí. Si así es la palabra humana, ¿cómo será la Palabra de Dios
(Sermón 293 D, 3).
Yo soy la Voz
Como era tan grande que hasta podía ser tomado por el Cristo, debió dar personalmente un testimonio en favor de Cristo. Aquel de quien da testimonio el hombre supremo es más que hombre. «No soy lo que pensáis. Es cierto que soy grande, y puede esto llevaros a pensar así, pero no soy lo que pensáis.» ¿Y quién eres tú?, se le preguntó. Yo soy la voz del que clama en el desierto: «Preparad el camino al Señor» Ved al precursor, recibid al que señala el camino, temed al juez. Preparad el camino al Señor, enderezad sus sendas; todo monte y colina se abajarán y todo valle se elevará; lo torcido se volverá derecho, lo áspero llano, y toda carne verá la salud de Dios. Verá no a mí, sino la salud de Dios. La lámpara da testimonio del día, puesto que el día es Cristo. ¿Qué es Juan? La lámpara. Mas ¿por qué era necesaria la lámpara? Porque el día estaba oculto; estaba oculto hasta el momento de manifestarse, puesto que no podría manifestarse de no estar oculto. Pues, si le hubiesen conocido, nunca hubiesen crucificado al rey de la gloria
(Sermón 293 D, 2).
La lámpara es Juan
En efecto, como dijo el mismo Cristo, entre los nacidos de mujer no ha surgido otro mayor que Juan Bautista. Si ningún hombre era mayor que éste, quien sea mayor que él es más que hombre. ¡Grandioso testimonio de Cristo acerca de sí mismo! Mas para los ojos legañosos y enfermos no es grande el testimonio que de sí da el día. Los ojos enfermos temen la luz del día, a la vez que soportan la de una lámpara… ¿Cómo han sido confundidos sus enemigos mediante esta lámpara? Examinemos el evangelio. Los judíos dijeron al Señor con ánimo de calumniar: ¿Con qué poder haces eso? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente. Buscaban no el creer en él, sino el poder acusarle; cómo tenderle asechanzas, no cómo verse liberados. Considerar lo que les respondió el que estaba viendo sus corazones, sirviéndose de la lámpara para confundirlos. También yo, les dijo, quiero haceros una pregunta. Decidme: el bautismo de Juan, ¿de dónde procede? ¿Del cielo o de los hombres?... Le respondieron: Lo desconocemos. Si lo desconocéis, estáis en las tinieblas, habéis perdido la luz. Si por casualidad las tinieblas se hallasen presentes en el corazón humano, ¡cuánto mejor sería dar acceso a la luz antes que perderla! Cuando respondieron: Lo desconocemos, les dijo el Señor: Tampoco yo os digo con qué poder hago esto. Pues sé con qué corazón habéis dicho: Lo desconocemos; no por deseos de ser instruidos, sino por temor a la confesión
(Sermón 293, 4).
Juan hombre supremo
Juan es el hombre supremo, pero siempre hombre; en cambio, de Cristo el Señor es muy poco decir que es el hombre supremo, puesto que es Dios y hombre. He presentado el testimonio del Señor acerca de Juan; he de ofrecer ahora el testimonio de Juan acerca del Señor. Retened en la memoria, conservad en ella el testimonio antes mencionado del Señor acerca de Juan, a saber: que entre los nacidos de mujer no ha surgido otro mayor que Juan Bautista. Eso es lo que dijo Jesús sobre Juan; ¿qué dijo Juan de Jesús? Antes que nada, ved cómo se cumplía el testimonio del Señor acerca de Juan. A éste le tenían por el Cristo; y, cuando se leyó la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, con lo allí narrado y mencionado, oísteis que Juan dijo: ¿Quién sospecháis que soy yo? Yo no soy el Cristo. El error de los hombres sospechaba que en él había algo más, pero la humildad confesaba la realidad. Pero considerad qué fácil le hubiera sido abusar del error de los hombres v presumir de ser el Cristo. No lo hizo, y con razón es grande; es más poderoso confesando que relinchando de soberbia”
(Sermón 293 D, 1).
Jusn y los dos tesamentos
Juan, pues, parece ser una especie de límite entre los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Que él es, en cierta manera, un límite, como acabo de afirmar, lo atestigua el mismo Señor al decir: La ley y los profetas llegan hasta Juan Bautista. Es, pues, la personificación de la antigüedad y el anuncio de la novedad. En atención a lo primero, nace de padres ancianos, y en atención a lo segundo, se muestra como profeta ya en el seno de la madre. Aun antes de nacer exultó de gozo en el seno de su madre ante la presencia de Santa María. Ya entonces se declaró; se declaró aun antes de nacer; aparece de quien es precursor antes de que le vea. Son misterios divinos que exceden la medida de la fragilidad humana
(Sermón 293, 2).
Nace Juan crece la noche
Por último, nace Juan cuando la luz del día comienza a disminuir y a crecer la noche; Cristo nace cuando las noches decrecen y los días se alargan. Y como si el mismo Juan hubiese advertido el simbolismo de los dos nacimientos, dijo: Conviene que él crezca y yo mengüe. He aquí lo que propuse para investigar y discutir. Os he anticipado esto; pero, si soy incapaz de escrutar toda la profundidad de tan gran misterio por falta de luces o de tiempo, mejor os enseñará quien habla dentro de vosotros incluso en ausencia mía, en quien pensáis devotamente, a quien recibisteis en el corazón, convirtiéndoos en templos suyos”
(Sermón 293, 1).
Celebremos el nacimiento de Juan
¡Cuál no será la gloria del juez si es tanta la del heraldo! ¡Cómo será el camino que ha de venir si es tal quien lo prepara! La Iglesia considera, en cierto modo, sagrado el nacimiento de Juan. No se encuentra ningún otro entre los Padres cuyo nacimiento celebremos solemnemente. Celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo, lo cual no puede carecer de significado, y, aunque quizá yo sea incapaz de explicarlo como merece la grandeza del asunto, da origen a pensamientos fructíferos y profundos. Juan nace de una anciana estéril, y Cristo de una jovencita virgen. A Juan lo da a luz la esterilidad, y a Cristo la virginidad. En el nacimiento de Juan, la edad de los padres no era la adecuada, y en el de Cristo no hubo abrazo marital. Juan es anunciado por un ángel que lo proclama; Cristo es concebido por el anuncio del ángel. No se da crédito al nacimiento de Juan, y su padre queda mudo; se cree el de Cristo, y es concebido por la fe. Primero llega la fe al corazón de la virgen; luego le sigue la fecundidad en el seno de la madre
(Sermón 293, 1).
Reconoció quién era
Lo toman por Cristo, y dice que no es aquel por quien lo toman; no se apropia del error ajeno ni siquiera para alimentar su orgullo. Si hubiese dicho que era él, ¡qué fácilmente hubiesen creído a quien ya creían antes de decir nada él! Pero no lo dijo; reconoció quien era, se diferenció de Cristo y se humilló. Vio donde estaba su salvación; comprendió que era una lámpara, y temió que el viento de la soberbia la apagara
(Sermón 293, 3).
Los profetas desearon verlo
De aquí es que el mismo Señor dijo a sus discípulos: Muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron; de suerte que también de ellos es esta voz: Mi alma desfalleció por tu salud. Luego, ni antes cesó este deseo de los santos, ni cesa ahora hasta el fin del siglo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, hasta tanto que venga el Deseado de todas las gentes, como se prometió por el profeta Ageo. Por esto dice el Apóstol: Sólo me resta la corona de justicia, la cual me dará el Señor, justo juez, en aquel día; y no solamente a mí, sino también a todos los que aman su manifestación o aparición. Así, pues, este deseo del que ahora tratamos procede del amor de su manifestación de la cual dice así mismo: Cuando apareciere Cristo nuestra vida, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria
(Comentario al Salmo 118, s.20, 1).
Anunciemos su salvación
Y, cuando se leyó el evangelio, escuchamos que el bienaventurado anciano Simeón había recibido un oráculo divino según el cual no probaría la muerte hasta no ver al Ungido del Señor. El, tras haber tomado en sus manos a Cristo niño y haber reconocido la grandeza del pequeño, dijo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra, pues mis ojos han visto tu salvación. Es cosa justa, pues, que anunciemos al día del día, su salvación. Anunciemos en los pueblos su gloria, en todas las naciones sus maravilla
(Sermón 190, 4).
María creyó
Este es la Palabra que existe en el principio antes del mundo; aquél es la voz que aparece al final, antes de la Palabra. La palabra sale después del entendimiento; la voz, después del silencio; así, María creyó al engendrar a Cristo, Zacarías enmudeció cuando iba a engendrar a Juan. Además, Cristo nació de una jovencita en la flor de la vida; Juan, de una anciana en declive: la palabra se multiplica en el corazón del que piensa, la voz se consume en el oído de quien la oye. Quizá se refieran también a esto las palabras: Conviene que él crezca y yo mengüe, pues todos los anuncios de la ley y los profetas enviados delante de Cristo, cual voz ante la palabra, llegan hasta Juan, en quien cesaron ya las últimas figuras; a partir de entonces fructifica y crece en todo el mundo la gracia del Evangelio y la predicación manifiesta del reino de los cielos, que no tendrá fin
(Sermón 293 C, 1).
Juan estaba lleno de Espíritu
La virtud espiritual del sacramento es como la luz, y la reciben pura quienes han de ser iluminados y sin mancharse aunque pase por medios inmundos. Que sean ministros enteramente justos y que no busquen su gloria, sino la gloria de Aquel de quien son ministros ellos; pero que no digan: El bautismo es mío, porque no es verdad, porque no es de ellos. Fijen la mirada en Juan mismo. Mirad que Juan estaba lleno del Espíritu Santo, y el bautismo lo tenía del cielo y no de los hombres. Pero ¿hasta cuándo lo tuvo? Lo dice él mismo: preparad el camino del Señor. Mas, luego que el Señor fue conocido, él mismo vino a ser el camino
(Comentario al Evangelio de Juan 5, 17).
Bautismo de un hombre
El bautismo es tal cual es la persona por cuya autoridad se da, no cual la persona por cuyo ministerio se administra. El bautismo de Juan era como era Juan: bautismo santo, como era él; pero siempre de un hombre, que había recibido del Señor esta gracia, gracia tan grande como ser el precursor de su Juez, y de mostrarle con el dedo, y de realizar la voz de aquella profecía: Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor. El bautismo del Señor es como el Señor; luego es divino, porque el Señor es Dios
(Comentario al Evangelio de Juan 5, 6).
La Palabra envió las voces
Envió a los patriarcas, a los profetas; envió a tan numerosos y grandes pregoneros suyos. La Palabra que permanece envió las voces, y, después de haber enviado por delante muchas voces, vino la voz; en cambio, para que tú puedas comprender llega antes la misma Palabra en su voz, en su carne, cual en su propio vehículo. Recoge, pues, como en una unidad, todas las voces que antecedieron a la Palabra y resúmelas en la persona de Juan. El personifica el misterio de todas ellas; él, sólo él, era la personificación sagrada y mística de todas ellas. Con razón, por tanto se le llama voz, cual sello y misterio de todas las voces
(Sermón 288, 4).
Creció Cristo, disminuyó Juan
Mostraría ciertamente su humildad aun considerándose digno de ello; mas como no se consideró tal, fue digno de ser levantado desde su humildad. Diga con mayor claridad y mayor nitidez lo que significa: Quien viene después de mí ha sido hecho antes que yo. Adujo también el motivo: Porque existía antes que yo, puesto que en el principio existía la Palabra y, existiendo en la forma de Dios, no consideró una rapiña el ser igual a Dios. Conviene que él crezca y que yo, en cambio, mengüe. Convenía que creciera quien vino después y que disminuyera quien vino antes. Si creció quien vino después de él, ha sido hecho antes que él al crecer. Conviene, dijo, que él crezca y que yo, en cambio, mengüe; esto significa: Ha sido hecho antes que yo. ¿Y cómo creció Cristo y disminuyó Juan? Juan precedió al Señor en el nacimiento humano; crecieron ambos, con el pasar del tiempo, en estatura, y, como hombres, llegaron a una cierta altura. Pero Juan es hombre, Cristo es Dios y hombre"
(Sermón 380, 6).
Preparad el Camino
“Decía: Preparad el camino al Señor, enderezad sus senderos. El Señor quiso ser bautizado por su siervo para mostrar lo que reciben quienes son bautizados por el Señor. Comenzó, pues, debajo de él. ¿Cuánto? No soy digno, dice, de desatar la correa de su sandalia. Este profeta, mejor, este que es más que profeta, mereció ser preanunciado por otro profeta. De él, en efecto, dijo Isaías en el texto que hoy se nos ha leído: Voz que clama en el desierto: «Preparad el camino al Señor y enderezad sus senderos. Todo valle será rellenado, y todo monte y colina, allanado; lo torcido se tornará recto y lo áspero se hará camino llano, y toda carne verá la salvación de Dios.» —Grita. —¿Qué he de gritar? —Toda carne es heno, y todo su resplandor, como la flor del heno: el heno se seca y la flor cae, pero la palabra del Señor permanece para siempre. Preste atención vuestra caridad. Habiendo preguntado a Juan quién era él, si el Cristo, o Elías, o algún otro profeta, respondió: Yo no soy el Cristo, ni Elías, ni un profeta. Y ellos: Entonces, ¿quién eres? Yo soy la voz que clama en el desierto. Dijo que él era la voz. Observa que Juan es la voz. ¿Qué es Cristo sino la Palabra? Primero se envía la voz para que luego se pueda entender la Palabra”
(Sermón 288, 2).
Testimonio sublime de Humildad
"Antes de Juan hubo profetas; hubo muchos, grandes y santos, dignos y llenos de Dios, anunciadores del Salvador y testigos de la verdad. Sin embargo, de ninguno de ellos pudo decirse lo que se dijo de Juan: Entre los nacidos de mujer, no ha habido ninguno mayor que Juan el Bautista. ¿Qué significa esta grandeza enviada delante del Grande? Es un testimonio de sublime humildad. Era, en efecto, tan grande que podía pasar por Cristo. Pudo Juan abusar del error de los hombres y, sin fatiga, convencerles de que él era el Cristo, cosa que ya habían pensado, sin que él lo hubiese dicho, quienes lo escuchaban y veían. No tenía necesidad de sembrar el error; le bastaba con confirmarlo. Pero él, amigo humilde del esposo, lleno de celo por él, sin usurpar adúlteramente la condición de esposo, da testimonio a favor del amigo y confía la esposa al que es el auténtico esposo"
(Sermón 288, 2).
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