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Padre, centro de la vida fraterna

“Os exhortamos en el Señor, hermanos, a que os mantengáis en vuestros compromisos y perseveréis hasta el fin. Si la Iglesia reclama vuestro concurso, no os lancéis a trabajar con orgullo ávido ni huyáis del trabajo con torpe desidia. Obedeced a Dios con humilde corazón, llevando con mansedumbre a quien os gobierna a vosotros. El dirige a los mansos en el juicio y enseña a los humildes sus caminos. No antepongáis vuestro ocio a las necesidades de la Iglesia, pues si no hubiese buenos ministros que se determinasen a asistirla, cuando ella da a luz, no hubiésemos encontrado medio de nacer. Como entre el fuego y el agua hay que caminar sin ahogarse ni abrasarse, del mismo modo hemos de gobernar nuestros pasos entre la cima del orgullo y el abismo de la pereza, como está escrito, no declinando ni hacia la derecha ni hacia la izquierda. Porque hay quienes, por excesivo temor de verse arrebatados hacia la cumbre de los soberbios, van a sumergirse en la sima de la izquierda. Y hay asimismo quienes se apartan con exceso de la izquierda, para no verse absorbido por la torpe blandura de la inacción, y se desvanecen en pavesas y en humo, corrompidos y consumidos de la parte contraria, por el fasto de la jactancia. Amad vuestro ocio, carísimos, de modo que os moderéis en toda terrena satisfacción, recordando que no existe lugar alguno donde no pueda tender sus lazos el diablo, que teme vernos volar a Dios. Juzguemos al enemigo de todos los buenos, cuyos cautivos fuimos, pensando que no habrá para nosotros tranquilidad perfecta hasta que pase la iniquidad y el juicio se convierta en justicia” 
(Epístola 48, 2).

Reconocer al Señor en la Fracción del Pan


"Atención, hermanos; ¿dónde quiso que le reconocieran?
En la fracción del pan. No nos queda duda: partimos el pan y reconocemos al Señor…
Cuando el Señor hablaba con ellos, no tenían ni siquiera fe, puesto que no creían que hubiese resucitado, ni tenían esperanza de que pudiera hacerlo. Habían perdido la fe y la esperanza.
Muertos ellos, caminaban con el vivo; los muertos caminaban con la vida misma. La vida caminaba con ellos, pero en sus corazones aún no residía la vida.
También tú, pues, si quieres poseer la vida, haz lo que hicieron ellos para reconocer al Señor. Lo recibieron como huésped… Dale hospitalidad si quieres reconocerlo como salvador.
La hospitalidad les devolvió aquello de lo que les había privado la incredulidad.
Así, pues, el Señor se hizo presente a sí mismo en la fracción del pan. Aprended dónde debéis buscar al Señor, dónde podéis hallarlo y reconocerlo: cuando lo coméis. "
(Sermón 235, 3).

Reconcíliate

"Quien odia a su hermano camina, sale, entra, se mueve sin el peso de cadena alguna y sin verse recluido en ninguna cárcel; no obstante, está aprisionado por la culpa. No pienses que está libre de la cárcel; su cárcel es su corazón. Cuando escuchas: Quien odia a su hermano está aún en las tinieblas, no has de despreciar tales tinieblas. Por eso añadió: Quien odia a su hermano es un homicida. ¿Caminas tranquilo odiando a tu hermano? ¿Rehúsas reconciliarte con él a pesar de que Dios te concede tiempo para ello? Advierte que eres un homicida, y sigues con vida; si el Señor se airase contra ti, al instante serías arrebatado envuelto en el odio a tu hermano. Dios te perdona, perdónate a ti mismo; haz las paces con tu hermano. ¿Acaso quieres tú pero no quiere él? A ti te basta con eso. Tienes un motivo más para compadecerte de él, pero tú estás libre y puedes decir con tranquilidad: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Sermón 211, 2).

La concordia fraterna

"Estos días santos en que nos entregamos a las prácticas cuaresmales nos invitan a hablaros  de la concordia fraterna, para que quien tenga alguna queja contra otro acabe con ella antes que ella acabe con él. No echéis en saco roto estas cosas, hermanos míos. En esta vida frágil y mortal, llena de peligros por las numerosas tentaciones de esta tierra, ningún justo que ora para no verse sumergido en ellas puede hallarse libre de todo pecado; y único es el remedio que nos permite vivir: lo que Dios, nuestro maestro, nos mandó decir en la oración: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Hemos llegado a un acuerdo con Dios y hemos pactado con Él las condiciones de nuestro perdón; en señal de garantía hemos plasmado allí nuestra firma. Con plena confianza pedimos que nos perdone, pero a condición de perdonar también nosotros; si no perdonamos nosotros, no soñemos en que se nos perdonen nuestros pecados; no nos hagamos ilusiones. Que ningún hombre se llame a engaño, pues a Dios nadie le engaña" (Sermón 211, 1).