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Su resurrección es nuestro germinar

“Como dice el Apóstol, nuestro Señor Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. Su muerte es nuestra siembra, y su resurrección nuestro germinar. Su muerte, en efecto, significa la muerte de nuestra vida. Escucha al Apóstol al respecto: Hemos sido sepultados con Cristo por el bautismo para la muerte, para que como Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros caminemos en la novedad de vida. El no tuvo nada que reparar en la cruz, puesto que subió a ella sin pecado alguno. Reparémonos nosotros en su cruz, clavando en ella el mal que hemos contraído, para poder ser justificados por su resurrección. Debéis distinguir las dos cosas: Fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación. No dijo: Fue entregado para nuestra justificación y resucitó por nuestros delitos. Su entrega suena a pecado, y su resurrección a justicia. Muera, pues, el pecado y resucite la justicia”
 (Sermón 236, 2)

Lo que fui ha sido borrado


"¡Ojalá quisieras imitarme, para que tu error se hiciese en algún tiempo pasado! Conocen los pecados pasados cometidos por mí de modo especial en esta ciudad. Aquí viví mal, lo confieso. Y en cuanto me gozo de la gracia de Dios, ¿qué diré de mis iniquidades pasadas? ¿Me duelo? Me dolería si aun permaneciese en ellas. Pues, ¿qué diré entonces? ¿Me alegro? Tampoco puedo decir esto: ¡Ojalá nunca hubiera cometido tal cosa! Lo que fui ha sido borrado en nombre de Cristo. Lo que ahora censuran lo ignoran. Hay muchas cosas que aún vituperan en mí; sin embargo, dista mucho de ellos el conocerlas. Trabajo mucho contra mis pensamientos, luchando contra mis malas incitaciones y combatiendo permanentemente, y casi de continuo, con las tentaciones del enemigo, que quiere echarme por tierra"
(Comentario al Salmo 36, s.2, 19).

No echarnos a dormir


"Todo proviene de Dios, sin que esta afirmación signifique que podemos echarnos a dormir o que nos ahorremos cualquier esfuerzo o hasta el mismo querer (la gracia de Dios no se impone al hombre por la fuerza, se requiere siempre su aceptación). Si tú no quieres, no residirá en ti la justicia de Dios. Pero aunque la voluntad no es sino tuya, la justicia no es más que de Dios... Pero Dios te hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo podías dar el consentimiento si no existías? Quien te hizo sin ti, no te justificará sin ti. Por lo tanto, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él. Con todo, es él quien justifica: para que no sea justicia tuya, para no volver a lo que para ti es daño, perjuicio, estiércol, hállate en él desprovisto de justicia propia"
(Sermón 169, 13).