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La mejor limosna

"En efecto, limosna es un término griego que significa «misericordia». ¿Qué misericordia pudo descender sobre los desdichados mayor que aquella que hizo bajar del cielo y revistió de un cuerpo terreno al creador de la tierra? Al que desde la eternidad permanece igual al Padre, le hizo igual a nosotros por la mortalidad, otorgó forma de siervo al Señor del mundo, de forma que el pan sintió hambre, la saciedad sed, la fortaleza se hizo débil, la salud fue herida y la vida murió. Y todo ello para saciar nuestra hambre, regar nuestra sequedad, consolar nuestra debilidad, extinguir la iniquidad e inflamar la caridad. El creador es creado, el Señor sirve, el redentor es vendido, quien exalta es humillado, quien resucita muere: ¿hay mayor misericordia?" 
Sermón 207, 1.

La Fuerza de la Palabra

"Mis fuerzas, hermanos, son escasas, pero son grandes las de la palabra de Dios. Demuestre su poder en vuestros corazones. Por lo tanto, lo que yo digo despacio lo habréis oído bien si obedecéis. Como por medio de una nube, el profeta Isaías, tronó el Señor. Si le oísteis, sin duda os habéis asustado. Lo dijo claramente, de modo que estas cosas no necesitan quien las explique, sino quien las cumpla.¿Para qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios? ¿Quién solicitó esto de vuestras manos? Dios nos busca a nosotros mismos, no nuestras cosas. El sacrificio del cristiano es el socorro del pobre"
(Sermón 42, 1).

Dios ha ablandado mi corazón

"Para que mi santidad sea lo suficientemente grande como para acercarme a quienes son asiento de Dios. Entonces podré decir y escuchar verdades. Razón por la que a los santos se les llama cielos… Por lo demás, cuando me llegue a Él: en aquella libertad con que me acercaré a su trono, lo amaré todo, y su poder no será impedimento, aunque ahora pueda abusar de mí, pecador como soy. Es decir, que haga de mí lo que quiera, incluso castigándome, aunque justamente… Y Dios ha ablandado mi corazón: atribuye a la misericordia de Dios ese mismo temor con que evita los castigos futuros. Porque desconocería los castigos y tinieblas que caerán sobre los malvados si Dios no hubiera ablandado su corazón con el sufrimiento actual" (Anotaciones a Job, 23).

Padre de Misericordia

“El hombre que tuvo dos hijos es Dios, que tiene dos pueblos. El hijo mayor es el pueblo judío; el menor, el gentil. La herencia recibida del padre es la inteligencia, la mente, la memoria, el ingenio y todo aquello que Dios nos dio para que le conociésemos y alabásemos. Tras haber recibido este patrimonio, el hijo menor se marchó a una región lejana. Lejana, es decir, hasta olvidarse de su creador. Disipó su herencia viviendo pródigamente; gastando y no adquiriendo, derrochando lo que poseía y no adquiriendo lo que le faltaba; es decir, consumiendo todo su ingenio en lascivias, en vanidades, en toda clase de perversos deseos a los que la Verdad llamó meretrices. No es de admirar que a este despilfarro siguiese el hambre. Reinaba el hambre en aquella región: no hambre de pan visible, sino hambre de la verdad invisible… Al fin se dio cuenta en qué estado se encontraba, qué había perdido, a quién había ofendido y en manos de quién había caído. Y volvió en sí; primero el retorno a sí mismo y luego al Padre. Pues quizá se había dicho: mi corazón me abandonó, por lo cual convenía que ante todo retornase a sí mismo conociendo de este modo que se hallaba lejos del padre… Se levantó y retornó. Había permanecido o bien en tierra, o bien con caídas continuas. Su padre lo ve de lejos y le sale al encuentro” 
(Sermón 112 A, 2-3).

Padre rico en misericordia

“Si buscáis la salvación, poned vuestra esperanza en quien salva a los que esperan en Él. Si deseáis la embriaguez y las delicias, tampoco os las negará. Sólo es preciso que vengáis, lo adoréis, os prosternéis y lloréis en presencia de quien os hizo, y Él os embriagará de la abundancia de su casa y os dará a beber del torrente de sus delicias. Pero estad atentos, no entre a vosotros el pie de la soberbia; vigilad para que no os arrastren las manos de los pecadores. A fin de que no acontezca lo primero, orad para que purifique cuanto oculto hay en vosotros; para que no sobrevenga lo segundo y os tire por tierra, pedid que os libre de los males ajenos. Si estáis tumbados, levantaos; una vez levantados, poneos de pie; puestos de pie, quedad firmes y manteneos en esa postura… El Padre misericordioso saldrá a vuestro encuentro con el vestido originario, Él que no dudó en inmolar el becerro cebado para que desapareciera vuestra pestífera hambre. Comed su carne, bebed su sangre; con su derramamiento se perdonan los pecados, se anulan las deudas y se quitan las manchas. Comed como pobres que sois y quedaréis saciados; entonces os contaréis también vosotros entre aquellos de quienes se dice: Comerán los pobres, y serán saciados. Una vez que estéis saludablemente saciados, eructad su pan y su gloria. Corred a Él y os hará volver; Él es, en efecto, quien hace volver a los alejados, persigue a los fugitivos, encuentra a los perdidos, humilla a los soberbios, alimenta a los hambrientos, suelta a los encarcelados, ilumina a los ciegos, limpia a los inmundos, reconforta a los cansados, resucita a los muertos y libera a los poseídos y cautivos de los espíritus perversos. Os he demostrado que vosotros estáis ahora libres de ellos; al mismo tiempo que os felicito, os exhorto a conservar también en vuestros corazones la salud que se ha manifestado en vuestro corazón”
(Sermón 216, 9-11).