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La mejor limosna

"En efecto, limosna es un término griego que significa «misericordia». ¿Qué misericordia pudo descender sobre los desdichados mayor que aquella que hizo bajar del cielo y revistió de un cuerpo terreno al creador de la tierra? Al que desde la eternidad permanece igual al Padre, le hizo igual a nosotros por la mortalidad, otorgó forma de siervo al Señor del mundo, de forma que el pan sintió hambre, la saciedad sed, la fortaleza se hizo débil, la salud fue herida y la vida murió. Y todo ello para saciar nuestra hambre, regar nuestra sequedad, consolar nuestra debilidad, extinguir la iniquidad e inflamar la caridad. El creador es creado, el Señor sirve, el redentor es vendido, quien exalta es humillado, quien resucita muere: ¿hay mayor misericordia?" 
Sermón 207, 1.

Al Amar a Dios te Amas

En consecuencia, ama a Dios y ama al prójimo como a ti mismo. Veo que al amar a Dios te amas a ti mismo. La caridad es la raíz de todas las obras buenas. Como la avaricia es la raíz de todos los males, así la caridad lo es de todos los bienes. La plenitud de la ley es la caridad. No voy a tardar en decirlo: quien peca contra la caridad, se hace reo de todos los preceptos. En efecto, quien daña a la raíz misma, ¿a qué parte del árbol no daña? ¿Qué hacer, pues? Quien peca contra la caridad se hace reo de todos los preceptos; esto es absolutamente cierto, pero distinto es el modo como peca contra ella el ladrón, el adúltero, el homicida, el sacrílego y el blasfemo. Todos pecan contra la misma caridad, puesto que donde existe la caridad plena y perfecta no puede haber pecado. Es ella misma la que crece en nosotros para llegar alguna vez a la perfección, y a tal perfección que no admita adición alguna
 (Sermón 179 A, 5).

Siervo por Amor

Quien obra bien por temor al castigo, aun no ama a Dios, aun no se cuenta entre los hijos. Con todo, ¡ojalá que al menos tema el castigo! El temor es siervo, y la caridad, libre; y, para decirlo así, el temor es siervo de la caridad. No se adueñe el diablo de tu corazón; vaya el siervo delante y haga reserva del lugar de tu corazón para la dueña que ha de llegar. Haz el bien; hazlo al menos por temor del castigo, si aún no puedes hacerlo por amor a la justicia. Llegará la dueña, y entonces se retirará el esclavo, porque la caridad perfecta expulsa el temor
 (Sermón 156, 14).

Amar Siempre

 Todos, en efecto, hemos sido llamados a la misma gracia; ¿por qué, pues, se dijo a los antiguos: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo? Porque quizás también a ellos se les dijo la verdad, aunque a nosotros, llegado el momento, se nos dijo más claramente mediante la presencia de aquel que sabía qué y a quiénes había que ocultar o descubrir algo. Si tenemos un enemigo al que nunca se nos ordena amar, éste es el diablo: Amarás a tu prójimo, es decir, al hombre y odiarás a tu enemigo, o sea, al diablo... Aun mientras se comporta cruelmente, mientras persigue, se le ha de amar, se ha de orar por él y se le ha de hacer el bien. De esta forma cumples el primer precepto de amar al hombre, tu prójimo, y de odiar al diablo, tu enemigo, y el segundo: amar a los hombres, tus enemigos, y orar por quienes te persiguen

(Sermón 149, 16).

El Espíritu Santo

Por eso, según nuestra capacidad, y en cuanto se nos permite ver estas cosas por espejo y en enigma, especialmente a unos hombres como nosotros, se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y del Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad. Así, lo que es común al Padre y al Hijo, quisieron que estableciera la comunión entre nosotros y con ellos; por ese don nos recogen en uno, pues ambos tienen ese uno, esto es, el Espíritu Santo, Dios y don de Dios. Mediante Él nos reconciliamos con la divinidad y gozamos de ella. ¿De qué nos serviría conocer algún bien si no lo amásemos? Así como entendemos mediante la verdad, amamos mediante la caridad, para conocer más perfectamente y gozar felices de lo conocido. Y la caridad se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado
 (Sermón 71,18)

Fuiste amado

"Oye cómo fuiste amado cuando no eras amable; oye cómo eras amado cuando eras torpe y feo; antes, en fin, de que hubiera en ti cosa digna de amor. Fuiste amado primero para que te hicieras digno de ser amado. Pues bien, Cristo, dice el Apóstol, murió en beneficio de los impíos. ¿Acaso merecía el impío ser amado? Te ruego me digas qué merecía el impío. —La condenación, respondes tú. —Pues, con todo eso, Cristo murió por los impíos. Ahí ves lo que hizo por ti cuando impío; ¿qué reserva para el pío? ¿Qué se hizo a favor del impío? Por los impíos murió Cristo. Tú, que deseabas poseerlo todo, ahí tienes modo de hallarlo todo" 
(Sermón 142, 5).

Dar gusto a Dios

"Observad los amantes deshonestos y lascivos; ved si un hombre lascivo y perverso no se viste de forma contraria a sus gustos por amor de una mujer; observad si en su vestir contradice los gustos de su amada, o se acicala de forma distinta a como a ella le agrada. Si ella le dijera: «No quiero que lleves tal birro», no lo llevará; si en invierno le dice: «Me gustas vestido con la lacerna», prefiere temblar de frío a disgustarla. ¿Acaso puede condenarlo ella si la desagrada? ¿Puede acaso mandarlo a la cárcel o entregarlo a los verdugos? Sólo teme una cosa: «No te volveré a ver»; sólo esto le hace temblar: «No volverás a ver mi cara». Dice esto la mujer impúdica y se aterroriza; ¿y no se aterroriza diciéndolo Dios? Sin duda alguna, pero sólo si le amamos"
 (Sermón 161, 10).

Ley de la Caridad

"Pues si te sientes a disgusto frente al hermano que ha pecado, y él frente a ti, pero os desentendéis mutuamente, cometéis en verdad un gran pecado. Si, por el contrario, toleras tú lo que no puede tolerar él, y él lo que no puedes tú, lleváis mutuamente vuestras cargas, y comportándoos así cumplís la santísima ley de la caridad. Ella es la ley de Cristo; la ley de la caridad es la ley de Cristo. El vino porque nos amó, y aunque no había qué amar, amándonos nos hizo dignos de ser amados"
 (Sermón 163B, 2).

Ama y haz lo que quieras

"Y si levantas la voz, haya amor interiormente. Si exhortas, si acaricias, si corriges, si te muestras duro: ama y haz lo que quieras. El padre no odia al hijo y, sin embargo, si es necesario, le azota; le causa dolor para proteger su salud… No hay duda de que te agradó oírlo, y lo comprendiste: Llevad unos las cargas de los otros. Por ello, si un hombre está envuelto en algún delito, tú, que eres espiritual, instrúyele de esta manera con espíritu de mansedumbre. El, ciertamente, habrá de rendir cuentas de su pecado, dado que cada uno llevará su propia carga, pero si tú te desentiendes de su herida tendrás que dar cuenta negativa de tu pecado de negligencia, y, en consecuencia, si no lleváis mutuamente unos las cargas de los otros, tendréis que rendir cuentas negativas desde el momento en que cada uno llevará su propia carga. Cumplid aquello para llevar mutuamente unos las cargas de los otros, y os perdonará Dios, puesto que cada uno llevará su propia carga"
 (Sermón 163 B, 3).

Ama gratuitamente

"¿Qué otra cosa es tener la altura, sino pensar en Dios y amarle a él? Amar gratuitamente a ese Dios que nos ayuda, que nos contempla, nos corona y otorga el premio, y, finalmente, considerarle a él mismo como el premio y no esperar de él otra cosa que a él mismo. Si amas, ama gratuitamente; si amas en verdad, sea él la recompensa que amas. ¿O acaso consideras todo valioso y, en cambio, te parece vil quien hizo todas las cosas?"
 (Sermón 165, 4).

Amando a Dios

“El mundo fue hecho por el Señor, y el mundo no le conoció. ¿Qué mundo es el hecho por él y qué mundo no le conoció? El mundo, desde luego, que no le conoció no es el mundo hecho por él. ¿Qué mundo es el hecho por él? El cielo y la tierra. ¿No le conoció el cielo, si se oscureció en la pasión? Pero no le conoció el mundo cuyo  soberano es aquel de quien se dijo: Ya viene el príncipe de este mundo, aunque ningún poder tiene sobre mí. Mundo se llama a los hombres malos; se llama también mundo a los hombres sin fe, y recibieron ese nombre de lo que aman. Amando a Dios, nos hacemos dioses; luego amando al mundo, se nos llama mundo” 
(Sermón 121,1).

La anchura de la caridad

"En nosotros, en cambio, se pasea la presencia de la majestad si halla la anchura de la caridad. Exhortándonos a esto, dice el Apóstol: Ensanchaos, para no uniros en yunta con los infieles. Si nos ensanchamos, Dios se pasea en nosotros; pero el que nos ensanchemos es obra del mismo Dios. Si la anchura la produce la caridad que no conoce estrechez, ved que es Dios quien se la procura para sí mismo, según testimonio del Apóstol: La caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones mediante el Espíritu que se nos ha  dado. Gracias a esta anchura, repito, Dios se pasea en nosotros" 
(Sermón 163, 1).

La vida santa y la caridad

"¿Qué decir de la fe? ¿Podemos hallar alguien que tenga la fe y no la caridad? Muchos hay que creen y no aman. Y no se trata de contar los hombres; sabemos que los demonios creyeron lo que creemos y no aman lo que amamos. En efecto, recriminando el apóstol Santiago a aquellos que pensaban que les bastaba con creer y no querían vivir santamente, cosa que no es posible si no hay caridad —pues la vida santa pertenece a la caridad y nadie que tenga caridad puede vivir perversamente, puesto que el vivir santamente no es otra cosa que sentirse llenos de la caridad—; como algunos se jactaban de que creían en Dios y no querían vivir santamente y de forma adecuada a la fe que habían recibido, los comparó a los demonios con estas palabras: Tú dices que no hay más que un Dios. Crees lo recto, pero también los demonios creen, y tiemblan. En consecuencia, si sólo crees y no amas, eso te es común con los demonios" 
(Sermón 162A, 4).

Que no falte la caridad

"Profetizó Caifás y profetizó Saúl: tenían el don de la profecía, pero no la caridad. ¿Acaso tuvo la caridad Caifás que perseguía al Hijo de Dios, que nos trajo la caridad? ¿Por ventura tenía caridad Saúl, que, envidioso además de ingrato, perseguía a aquel cuya mano le había librado de los enemigos? Hemos probado, pues, que puede encontrarse en alguno la profecía sin la caridad. Pero a éstos la profecía de nada les sirve, según lo dicho por el Apóstol: Si no tengo caridad, nada soy. No dice: «Nada es la profecía» o «nada es la fe», sino: «Nada soy yo, si no tengo caridad». A pesar de tener grandes dones, no es nada; esos mismos grandes dones que tiene no le sirven de ayuda, sino que le llevan a la condena. No es gran cosa tener grandes dones, sino el utilizarlos bien; pero no vive bien quien no tiene caridad. En efecto, sólo la buena voluntad se sirve bien de cualquier cosa; pero no puede haber buena voluntad donde falta la caridad" 
(Sermón 162 A, 3).

El cimiento de la caridad

"Buena cosa es hablar de la caridad a quienes la aman; gracias a ella se ama rectamente cualquier cosa que se ame. Según el Apóstol, en la caridad se halla el camino más excelente. Acabamos de oírlo cuando se leyó: Os presento, dice, un camino más excelente. A continuación enumeró multitud de dones, extraordinarios ciertamente, que no han de ser tenidos en poco; al mismo tiempo dijo que, sin embargo, de nada servirán a los hombres que no tengan caridad. Entre tales dones mencionó el hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, el poseer en plenitud la profecía, la ciencia y la fe hasta el punto de trasladar montes; el distribuir los propios bienes a los pobres y entregar el propio cuerpo a las llamas. Dones todos grandiosos y divinos, pero solamente si están fundados sobre el cimiento de la caridad y brotan de la raíz del amor" 
(Sermón 162A, 1).

¡Qué valor el de la Caridad!

"Pero ¿de dónde te viene a ti esa caridad, si es que la tienes?; porque me temo que aún te abstengas de pecar por temor, y, sin embargo, te conceptúas un héroe. Grande verdaderamente lo eres si dejas de hacerlo por caridad. ¿Tienes, pues, la caridad? —La tengo, dices. —¿De dónde la tienes? —De mí mismo. —Si de ti mismo te viene, ¡qué lejos te hallas de la divina dulzura! Te amarás a ti mismo, porque a la fuerza has de amar la fuente del amor. Pero yo te pruebo que no la tienes, y prueba de no tenerla es atribuirte un bien de tanto valor. Si la tuvieras realmente, sabrías de dónde la tienes. ¿Tan liviana cosa, tan de poco más o menos es la caridad, que la tienes de tu cosecha?… ¡Qué valor el de la caridad, que sin ella nada vale nada!... ¿No es empequeñecer a Dios pretender sea tuya esta caridad que sobresale por encima de todo? ¿Qué cosa de más valor podría darte Dios? Cualquiera que te diere será menor"
 (Sermón 145, 4).

Tenga la caridad

"Que nadie, pues, se apene porque no se le ha concedido lo que se ve que se concedió a otro: tenga la caridad, no sienta envidia de quien posee el don y poseerá con quien lo tiene lo que él personalmente no tiene. En efecto, cualquier cosa que posea mi hermano, si no siento envidia por ello y lo amo, es mío. No lo tengo personalmente, pero lo tengo en él; no sería mío si no formásemos un solo cuerpo bajo una misma cabeza" 
(Sermón 162A, 4).

Todo necesita la caridad

"Por esta razón se les compara también con los sarmientos podados, mostrándose de acuerdo la lectura apostólica con la del Evangelio. Para no movernos de aquí, no otra cosa nos recomendó con fuerza el Señor sino la caridad: Yo soy, dice, la vid, y vosotros los sarmientos; mi padre es el agricultor. Todo sarmiento que da fruto en mí lo poda para que dé mayor fruto; en cambio, al que en mi no da fruto, lo corta. El fruto procede de la caridad misma, porque el fruto no procede más que de la raíz. Pues dice el Apóstol: Para que radicados y cimentados en la caridad. En ella está, por lo tanto, la raíz de la que brota todo el fruto. Quien comienza a mostrarse en desacuerdo con la raíz, aunque parezca que permanece durante algún tiempo, o bien está ya separado de ella, aunque no se vea, o bien ha de serlo claramente, pues de ninguna manera puede dar fruto"
 (Sermón 162A, 7).

La caridad nos une a la cabeza

“Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Si así se aman los miembros que tienen su cabeza en la tierra, ¡cómo deben amarse aquellos que la tienen en el cielo! Es cierto que tampoco se aman si se apartan de su cabeza; pero cuando esa cabeza de tal manera lo es, de tal manera ha sido exaltada al cielo y de tal manera colocada a la derecha del Padre, que, no obstante, se fatiga aquí en la tierra; no en sí, sino en sus miembros, hasta el punto de decir al final: tuve hambre, tuve sed, fui huésped cuando se le pregunte: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento?, como si respondiera: «Yo estaba en el cielo en cuanto cabeza; pero en la tierra los miembros tenían sed» —para concluir dice: cuando lo hicisteis a uno de mis pequeños a mi me lo hicisteis; y, a su vez, a los que nada hicieron: cuando no lo hicisteis a uno de mis pequeños, tampoco a mí me lo hicisteis— a esta cabeza no nos unimos si no es por la caridad"
 (Sermón 162A, 5).

Su heredad por la caridad

Por tanto, a fin de curar este vicio se dice en persona del mismo profeta: Levántate, ¡oh Dios!, juzga la tierra. La tierra se pavoneó al crucificarte; levántate de entre los muertos y juzga la tierra. Porque tú aniquilas en todas las naciones. ¿Qué? La tierra. Es decir, a aquellos que tienen sentires terrenos; ya destruyendo en los creyentes la soberbia y el afecto de la terrena codicia; ya separando a los incrédulos, tierra que ha de ser destruida y aniquilada. Así, mediante sus miembros, que tienen el trato en el cielo, juzga a la tierra y destruye en todas las naciones. No ha de pasarse por alto lo que algunos códices escriben: Porque tú heredarás en todas las naciones. Esto no se toma incongruentemente ni se opone en algo a que puedan entenderse ambas cosas. Su heredad se consigue por la caridad, la cual, perfeccionada misericordiosamente con su preceptos y gracia, destruye la codicia terrena
(Comentario al salmo 81, 7).