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Viernes de la segunda semana

Jesús respondió: Dichosos más bien
los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen
.
(Lc 11, 28)







Que tu alegría sea escuchar a Dios que te habla

El bienaventurado apóstol Santiago amonesta a los oyentes asiduos de la palabra de Dios diciéndoles: Sed cumplidores de la palabra y no sólo oyentes, engañándoos a vosotros mismo (Sant 1,22). A vosotros mismos os engañáis, no al autor de la palabra ni al ministro de la misma. Partiendo de esa frase que mana de la fuente de la verdad a través de la veracísima boca del apóstol, también yo me atrevo a exhortaros, y mientras os exhorto a vosotros, pongo la mirada en mí mismo. Pierde el tiempo predicando exteriormente la palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior. Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros. Pero nos consuela el que donde está nuestro peligro por causa del ministerio, allí tenemos la ayuda de vuestras oraciones. Y para que sepáis, hermanos, que vosotros estáis en lugar más seguro que nosotros, cito otra frase del mismo apóstol, que dice: Cada uno de vosotros sea rápido para escuchar y lento, en cambio, para hablar (Sant 1,19).
Pensando en esta frase, en la que se nos amonesta a ser rápidos para escuchar y lentos para hablar, hablaré en primer lugar de este mi ministerio; luego, después de haber justificado el ministerio de quienes hablamos con frecuencia, volveré a lo que había propuesto en primer lugar.
Es conveniente que os exhorte a no ser sólo oyentes de la palabra, sino también cumplidores. Así, pues, ¿quién, por el hecho de que os hablo frecuentemente, sin parar mientes en mi obligación, no me juzga cuando lee: Sea todo hombre rápido para escuchar y lento para hablar? Ved que la preocupación por vosotros no me permite cumplir esta norma. Debéis, pues, orar y levantar a quien obligáis a ponerse en peligro. Con todo, hermanos míos, voy a deciros algo a lo que quiero que deis crédito, porque no podéis verlo en mi corazón. Yo, que tan frecuentemente os hablo por mandato de mi señor y hermano, vuestro obispo, y porque vosotros me lo exigís, sólo disfruto verdaderamente cuando escucho. Mi gozo —repito— sólo es auténtico cuando escucho, no cuando predico. Entonces mi gozo carece de temor, pues tal placer no lleva consigo la hinchazón. No se teme el precipicio de la soberbia allí donde está la piedra sólida de la verdad. Y para que sepáis que así es en verdad, escuchad lo que está dicho: Darás regocijo y alegría a mi oído. Entonces es cuando gozo, cuando escucho. A continuación añadió: Se regocijarán los huesos humillados (Sal 50, 10). Así, pues, mientras escuchamos somos humildes; en cambio, cuando predicamos, aun cuando no nos ponga en peligro la soberbia, al menos nos sentimos frenados. Y si no me enorgullezco, corro peligro de enorgullecerme. Sin embargo, cuando escucho, me deleito sin nadie que me engañe, disfruto sin testigos.
 (Serm. 179, 1-2)




EN BREVE...Sean tus Escrituras mis castas delicias; en ellas encuentro mi gozo. (Conf. 11, 25)

Escuchar - El signo de la segunda semana

Este es mi Hijo Amado, Escuchadle (Mt 17,5)

La voz de la montaña abre esta segunda semana de cuaresma. Es la voz de Dios que explica lo que se está viendo. Jesús en medio de Moisés y Elías, el blanco que les envuelve, las tres chozas... Todo ello son imágenes con múltiples significados.
Y entonces la Voz del cielo explica lo que se ve. "Este es mi Hijo Amado". Y todo cobra sentido.

Quien escucha la voz de Dios aprende a ver la vida como Dios la ve, a elegir los caminos de Dios, a ser fiel a su Maestro interior. A veces todo consiste en esto, en escuchar, en no tener el corazón endurecido.... Por eso en mitad del desierto la cuestión no es tanto caminar más o menos, llegar antes o después.... la cuestión es no separarse de quien nos guía, no endurecer el corazón, como les pasó a los hebreos en Meribá (Sal 95 y Sal 106). La cuestión radica en escuchar la voz de Dios

Escucha al Heraldo

"Fue enviado, pues, el hombre más excelente para dar testimonio de quien es más que hombre. En efecto, cuando aquel mayor que el cual no hay nadie entre los nacidos de mujer dice: Yo no soy el Cristo, y se humilla ante Cristo, hay que entender que aquí hay alguien que es más que un hombre. Pues, si vas buscando a Juan, el hombre más excelente, Cristo es más que hombre; advierte que es el precursor para buscar al juez; escucha al heraldo de tal modo que temas al juez. Fue enviado, y predijo éste que había de venir. ¿Y qué testimonio da Juan acerca de Cristo? Escúchalo: No soy digno de desatar la correa de su calzado. ¿Has comprendido, ¡oh hombre!, lo que has de hacer? Todo el que se humilla será ensalzado. ¿Qué decir, pues, de Cristo? Todos nosotros hemos recibido de su plenitud. ¿Qué significa: Todos nosotros? Que también los santos patriarcas, profetas y apóstoles, tanto los enviados antes de la encarnación como los enviados una vez encarnado, todos nosotros hemos recibido de su plenitud. Nosotros somos los recipientes, él la fuente. Por tanto, hermanos míos, si hemos comprendido el misterio, Juan es hombre y Cristo es Dios: humíllese el hombre y sea exaltado Dios. Para que se humille el hombre" 
(Sermón 289, 5).

Creyó lo que oyó

“Para daros cuenta de que aún no veía, considerad que, cuando el Señor le preguntó: ¿Crees tú en el Hijo de Dios?, respondió de esta manera: ¿Quién es ése, Señor, para que crea en él? Y el Señor: Lo has visto; el que está hablando contigo, ése es; lo has visto con los ojos de la carne; vele también con los ojos del corazón. ¿Cuándo lo vio con los ojos del corazón? Cuando le escuchó y creyó lo que oyó”
 (Sermón 136 B).

Sudemos oyendo

"Oír y anunciar la palabra de la verdad es trabajoso. Pero toleraremos este trabajo, hermanos, con buen ánimo si nos acordamos de la sentencia del Señor y de nuestra condición.Desde el mismo origen del género humano oyó el hombre, mas no del hombre mentiroso ni del diablo seductor, sino de la misma verdad, de la boca de Dios: Con el sudor de tu rostro comerás tu pan. Por tanto, si nuestro pan es la palabra de Dios, sudemos oyendo para no morir ayunando" 
(Comentario al Salmo 32, 2, s.2, 1).

Edificar sobre roca

“Hermanos míos, que vinisteis con entusiasmo a escuchar la palabra: no os engañéis a vosotros mismos a la hora de cumplir lo que escucháis. Pensad que, si es hermoso oírla, ¡cuánto más será el llevarla a la práctica! Si no la escuchas, si no pones interés en oírla, nada edificas. Pero si la oyes y no la llevas a la práctica, edificas una ruina… Por tanto, el escuchar la palabra y cumplirla equivale a edificar sobre roca. El sólo escuchar es ya edificar"

(Sermón 179, 8)

Colgados de la Palabra

"Ahora estoy seguro de haber llegado la palabra de Dios a vuestro oídos. Bendito sea por ello el Señor y bendita su gloria. Reunidos aquí hoy y colgados de la palabra del despensero divino, no paréis los ojos en esta carne mía, por cuyo medio se os profiere; cuando hay hambre, no se mira la vileza del plato, sino la calidad del alimento. Dios se encargará de probaros. Ahora estáis aquí juntos, y la palabra divina os parece bien; ya vendrá la prueba, y se verá cómo la oís; asuntos tendréis donde mostrar quiénes sois. Porque también hay quien ayer oía con gran placer, y anda hoy por ahí lanzando insultos a todo pulmón… El sabe en qué manera oyes tú su palabra y con qué rigor ha de pedirte esto que me ordena darte. Ha querido sea yo el proveedor; la cobranza se la reservó él" 
(Sermón 125, 8).

Sed cumplidores de la Palabra

"Es conveniente que os exhortemos a no ser sólo oyentes de la palabra, sino también cumplidores. ¿Quién, por el hecho de que os hablamos frecuentemente, sin parar mientes en nuestra obligación, no nos juzga cuando lee: Sea todo hombre rápido para escuchar y lento para hablar? Ved que la preocupación por vosotros no nos permite cumplir esta regla. Debéis, pues, orar y levantar a quien obligáis a ponerse en peligro. Con todo, hermanos míos, voy a deciros algo a lo que quiero que deis crédito, porque no podéis verlo en mi corazón. Yo, que tan frecuentemente os hablo por mandato de mi señor y hermano, vuestro obispo y porque vosotros me lo pedís, sólo disfruto verdaderamente cuando escucho" 
(Sermón 179, 2).

Hervir en caridad por la Palabra

"Entiende todo esto de la palabra de Dios, reconoce todo esto del espíritu de Dios. Comienza a hervir en caridad por la palabra que oyes y ve lo que ejecutó en ti el fuego, ministro de Dios. Que hace a sus espíritus ángeles, y fuego abrasador a sus ministros"
(Comentario al salmo 103, 16).

Eres justo si cumples la Palabra

"Bendecid al Señor todos sus ángeles, poderosos en fortaleza, ejecutores de su palabra. Luego tú sólo eres justo o fiel cuando cumples la palabra de Dios. Poderosos en fortaleza y ejecutores de su palabra a fin de que sea oída su voz" 
(Comentario al salmo 102, 27).

Edifica sobre piedra

“Edifica sobre piedra, no sobre arena: oír y obrar, es edificar sobre piedra; no oír ni hacer, es no edificar. Si edificas sobre arena, edificas la ruina. Si nada edificas, te hallas expuesto a la lluvia, a las avenidas de los ríos, al viento, y serás arrastrado en lugar de permanecer en pie. Luego no hay que cruzarse de brazos, sino edificar; ni edificar de tal suerte, que se edifique la ruina; sino que ha de edificarse sobre piedra" 
(Comentario al salmo 102, 28).

Alabar con la vida la Palabra

"Vuestra caridad ha escuchado al mismo tiempo que yo el santo Evangelio. Quiera el Señor ayudarme para que, al hablaros del capítulo que hemos leído, lo que os diga sea adecuado para vosotros y fructifique en vuestras costumbres. Todo el que escucha la palabra de Dios debe pensar que acontecerá lo que en ella escucha. No busques alabar con la lengua la palabra de Dios y despreciarla con la vida. Lo que dice se siente suave cuando se escucha; ¡cuánto mayor será esa suavidad una vez realizado!"
(Sermón 53A, 1).

El Maestro será la Palabra

"Nadie será entonces maestro de la palabra, sino que el Maestro será la Palabra. Se sigue, pues, que a vosotros os toca realizarla y a nosotros amonestaros a ello. Vosotros sois, en efecto, los oyentes de la palabra, nosotros los predicadores. Pero dentro, donde nadie ve, somos todos oyentes; en el interior, en el corazón, en la mente, donde os enseña aquel que os exhorta a la alabanza. Yo os hablo exteriormente, él os despierta en el interior.Todos somos oyentes en el interior y todos debemos ser cumplidores de la palabra externa e internamente en la presencia de Dios...” 
(Sermón 179, 7).

Venid, comed bien, digeridlo mejor


"Es alimento que fortalece y no escasea; un alimento que no se acaba con la consumición; un alimento que sacia a los hambrientos y queda íntegro. Cuando vayáis de aquí a vuestras mesas no comeréis otro igual. Puesto que habéis venido a este banquete, comedio bien; y cuando os hayáis marchado, digeridlo mejor. Come bien y digiere mal quien oye la palabra de Dios y no la pone en práctica. No hace llegar a su cuerpo el jugo conveniente, sino que por la indigestión eructa una cruda molestia"
(Sermón 28, 2).

Escuchemos el Evangelio

"A la lección del santo evangelio que expliqué hace tiempo a vuestra caridad, sigue la lección de hoy, que ahora se ha leído. Oían hablar a la Verdad los veraces y los mentirosos, e igualmente oían amigos y enemigos a la Caridad, que hablaba, y al Bien, que estaba hablando, le oían buenos y malos. Oían ellos, pero el Señor discernía y veía y preveía a quiénes serviría de provecho el sermón. En los entonces presentes veía, y en nosotros, lo que en el futuro seríamos, preveía. Nosotros escuchemos el evangelio lo mismo que si estuviera el Señor presente. No se diga: ¡Oh, qué felices los que pudieron oírle!, ya que muchos que le vieron lo mataron, y, por el contrario, muchos entre nosotros, que no le vieron, creyeron en El. Lo que brotaba, como algo precioso, de la boca del Señor, se escribió y se guarda y se lee para nosotros, y se leerá para nuestros descendientes hasta que se acaben los siglos. El Señor está arriba, pero también está aquí el Señor Verdad. El cuerpo del Señor resucitado puede estar en un lugar, pero su verdad está difundida en todas partes. Escuchemos, pues, al Señor, y lo que de sus palabras nos diere a entender, digámoslo nosotros también"
 (Comentario a Juan 30, 1).

Oír, creer y comprender


"Porque, si oír y creer su palabra es la vida eterna, con más razón será comprenderla. Mas la fe es uno de los grados de la piedad, y el fruto de la fe es la inteligencia, que nos hace llegar a la vida eterna, donde no se nos leerá el Evangelio; sino que aquel que ahora nos lo dispensa (retiradas ya para siempre todas las páginas de las lecciones y la voz del lector y del expositor) aparecerá a todos los suyos, que con corazón limpio estarán presentes en cuerpo incorruptible para nunca más morir"
 (Comentario a Juan 22,2).

Escudriñar la Palabra


"Esto nos llena de turbación; mas con esta nuestra turbación no dejemos de sudar y de trabajar, y con el sudor llegaremos a purificarnos. Esforcémonos, cuanto con el socorro de Dios podamos, en penetrar en el abismo profundo de estas palabras. Tal vez sea temeridad querer discutir y escudriñar las palabras de Dios. Pero ¿para qué se dicen sino para que se sepan? Y ¿para qué han sonado sino para que se oigan? Y ¿para qué se oyen sino para que se entiendan? Que nos dé, pues, Él fuerzas y que nos conceda algo, cuanto Él se digne, y si aun con esto llegamos a la fuente, bebamos de los riachuelos"
 (Comentario al evangelio de Juan 21,12).