Mostrando entradas con la etiqueta Imitar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Imitar. Mostrar todas las entradas

Imita a Cristo

"De aquí, hermanos míos, aprendemos que Cristo únicamente nos enseñó la humildad, puesto que, siendo Dios, se hizo hombre. Esta humildad es la que desagrada a los paganos; por ella nos ultrajan diciendo: '¿Adoráis a un Dios que nació? ¿Adoráis a un Dios crucificado?' La humildad de Cristo desagrada a los soberbios. Si a ti, cristiano, te agrada, imítala. Si imitas a Cristo no te fatigarás, porque él dijo: Venid a mí todos los cansados y sobrecargados y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Esta es la doctrina cristiana: nadie obra bien si no es con la gracia de Cristo. Lo que el hombre obra mal es propio de él; lo que obra bien, lo obra por la gracia de Dios. Al comenzar a obrar bien, no se lo atribuya a sí mismo; cuando ya no se lo atribuye a sí mismo, dé gracias a Aquel de quien lo recibió. Cuando obre bien, no ultraje a aquel que no obra ni se engría sobre él. Pues no se terminó con él la gracia de Dios de suerte que ya no alcance a otro"
(Comentario al salmo 93, 15)    

Siervo que anuncia al Señor

No es necesario indicaros qué fiesta celebramos hoy, pues todos lo habéis oído al leerse el evangelio. Hoy recibimos al santo Juan, precursor del Señor, el hijo de una estéril que anunciaba al hijo de una virgen, pero siempre siervo que anuncia al Señor. Puesto que Dios hecho hombre había de venir mediante una virgen, le precedió un hombre excelente nacido de una mujer estéril para que aquél —refiriéndose al cual dice Juan que es indigno de desatar la correa de su calzado— fuera reconocido como Dios-hombre. Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha, repito, a Cristo no porque tú le ofrezcas algo a él, sino para progresar tú en él
 (Sermón 291, 1).

Sábado después de Ceniza

Cristo padeció por vosotros,
dejándoos un ejemplo
para que sigáis sus huellas.
(1 Pe 2, 21)






Cuaresma, tiempo de humildad

Un año más ha llegado la cuaresma. En la circunstancia os debo una exhortación, porque también vosotros debéis a Dios las obras adecuadas al tiempo litúrgico. Esas obras sólo pueden seros de utilidad a vosotros, no a él. También en las restantes épocas del año tiene que entregarse el cristiano con fervor a la oración, al ayuno y a la limosna. Pero este período debe estimular incluso a quienes de ordinario son perezosos al respecto. Y quienes ya se aplican con esmero a esas actividades deben realizarlas ahora con mayor ardor. La vida en este mundo es el tiempo de nuestra humillación, significado en estos días, como si Cristo el Señor, que padeció y murió una sola vez, fuese a padecer por nosotros todos los años al retornar estas fechas. Lo que tuvo lugar una sola vez en la historia para la renovación de nuestra vida se celebra todos los años para perpetuar su memoria. Por tanto, si debemos ser humildes de corazón y estar llenos del afecto de la verdadera piedad durante toda nuestra peregrinación que transcurre en medio de tentaciones, ¡cuánto más en estos días! En ellos no sólo actuamos con la vida, sino que también simbolizamos en la celebración este tiempo de nuestra humildad. La humildad de Cristo nos enseñó a ser humildes, porque él, al morir, cedió ante los malvados; la excelsitud de Cristo nos hace excelsos, porque él, al resucitar, precedió a los justos. Dice el Apóstol: Si hemos muerto con Cristo, viviremos con él; si con él sufrimos, reinaremos también con él (2 Tim 2, 11. 12). Con la debida veneración celebramos ahora una de estas dos cosas, como si se avecinase su pasión; la otra después de Pascua, como si acabase de tener lugar la resurrección. Entonces, pasados los días de nuestra humildad, llegará el tiempo de nuestra excelsitud. Aunque aún no en el descanso de la visión, sí en la satisfacción de significarlo meditando en él. Recobren ahora intensidad los gemidos de nuestra oración; entonces nuestro regocijo, entre alabanzas, será mayor.
 (Serm. 206, 1)


Nuestro Señor Jesucristo se nos propuso como modelo de imitación, para que, ya que somos cristianos, le imitemos a él o a otros que lo han imitado (Serm. 5, 1)


La Palabra de Dios es como un anzuelo

"Así es la Palabra de Dios y así debe de ser para los fieles, como el anzuelo para el pez, que lo coge cuando es cogido. No se hace un agravio a quienes son cogidos, puesto que lo son para darles la vida y no para destruirlos; por esto dijo el Señor a sus discípulos: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. No eran así estos tales judíos hijos de Abrahán, hijos del hombre de Dios. Eran sus descendientes carnales, pero habían degenerado no imitando la fe de aquel cuyos hijos eran" 
(Comentario a Juan 42, 1).

Día para el corazón

"Esta santa festividad, hermanos, que arrebató la noche a la noche, ahuyentando las tinieblas con estas antorchas y alegrando nuestra fe, día para el corazón, se celebra, como sabéis, en memoria de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Para celebrar en nuestra vigilia su despertar de entre los muertos, los miembros que aún han de dormir, ¿pueden hacer cosa más apropiada que imitar, mientras llegue el momento, a su cabeza, despierta ya para siempre, velando ellos también, puesto que han de hacerlo como Él y han de reinar con Él en una vigilia eterna, en que no habrá sueño alguno? Justamente, pues, cada cierto tiempo esta magna festividad nos indica lo que será la eternidad, donde el tiempo no tendrá fin” 
(Sermón 223 G, 1).

Tejieron una corona de espinas

“Dice a continuación lo que hicieron los soldados, mas no dice que Pilato lo mandara. Dice: Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza y le envolvieron en un manto de púrpura. Y se llegaban a Él y decían: salve rey de los judíos, y le daban de bofetadas. De este modo se cumplía lo que de sí había predicho Cristo; así se informaban los mártires para sufrir cuanto fuese del agrado de sus perseguidores; así, ocultado por breve tiempo su tremendo poder, recomendaba la imitación de su paciencia; así el reino que no era de este mundo vencía al mundo soberbio, no con la atrocidad de la lucha, sino con la humildad del sufrimiento, así aquel grano que había de ser multiplicado, era sembrado entre tanta contumelia para florecer con gloria admirable”
 (Comentario a Juan 116, 1).

Servir a Dios es gratis

"Has de conformar tu vida y costumbres con los preceptos de Dios, pues los hemos recibido para bien obrar, empezando por un religioso temor. Porque el principio de la sabiduría es el temor de Dios, por el que se quebranta y debilita la soberbia humana… Para dirigir la mirada pura y auténtica a la luz, no refiramos al fin de agradar a los hombres o de satisfacer nuestras necesidades corporales el bien que laudablemente hagamos ni la verdad que aguda y sagazmente descubramos. Dios quiere ser servido gratuitamente, pues no hay objeto alguno por el que hayamos de apetecer a Dios… Cuatro son las virtudes que también pudieron los filósofos indagar con memorable industria, a saber: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Si ahora logran perfecto culto de religión, les añadimos y unimos otras tres, a saber: fe, esperanza y caridad. Y así hallamos el número siete. Y no pueden omitirse las tres últimas virtudes, pues sabemos que sin ellas ni se puede ni servir a Dios ni agradarle"
(Epístola 171, bis).

Adherirse a Dios

“El hombre siente su propia inestabilidad tanto más cuanto menos se adhiere a Dios, que es sumamente. Dios es sumamente, porque ni crece ni mengua por mutualidad alguna. El hombre, en cambio, ve que la mutación le conviene cuando le ayuda a unirse perfectamente a Dios, del mismo modo que es viciosa toda mutación que entraña defecto… Los que esto no ven y consideran las facultades del alma humana y la gran hermosura de sus hechos, colocando el sumo bien en el alma, aunque no osen ponerlo en el cuerpo, lo han puesto en lugar inferior a aquel en que por una auténtica razón hay que ponerlo" 
(Epístola 118, 3, 15).

Dios sabe

"Hombre soy y confieso ignorar lo que está escondido en el pensamiento de Dios. Sea lo que sea, es sin duda lo más justo, lo más sabio, lo más firmemente fundado con una incomparable excelencia sobre todos los juicios de los hombres. Porque es cierto lo que se lee en nuestros libros: Muchos pensamientos hay en el corazón del hombre, pero el pensamiento de Dios permanece siempre. Dios sabe y nosotros ignoramos lo que nos traerá el tiempo, las facilidades o dificultades que surgirán entre nosotros, la decisión, en fin, que podemos tomar de pronto en conformidad con la corrección o esperanza de corrección que nos traiga el pleito actual… Dejemos a un lado por un momento este cuidado, cuya hora no ha llegado aún, y, si te place, hagamos lo que siempre urge. Porque no hay tiempo alguno en que no sea conveniente y necesario hacer obras con que podamos agradar a Dios, aunque es imposible, o por lo menos muy difícil en esta vida, cumplir eso con tal perfección que no haya en absoluto pecado alguno en el hombre. Por eso, cortando todas las dilaciones, hemos de recurrir a la gracia de Dios" 
(Epístola 104, 3, 11).

Acercáos a Él y seréis iluminados

“Mas no es así el Dios invisible e incorruptible, quien sólo tiene la inmortalidad y habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver. El hombre no puede verle mediante el órgano corpóreo con que ve los cuerpos. Pero, si fuese inaccesible a las mentes piadosas, no se nos diría Acercaos a Él y seréis iluminados; si a las mentes piadosas fuese invisible, tampoco se nos diría: Le veremos como Él es… Luego en tanto le veremos en cuanto seremos semejantes a Él, puesto que ahora en tanto no le vemos en cuanto que somos desemejantes. Nos permitirá verle aquello que nos asemeja a Él… Esta semejanza debe ponerse, pues, en el hombre interior que se renueva en el conocimiento de Dios según la imagen de aquel que lo creó. Ahora bien, en tanto nos hacemos semejantes a Dios en cuanto progresamos más y más en su conocimiento y amor" 
(Epístola 92, 3).

Vivamos como hijos

“El Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, nos enseñó la oración. Y siendo el mismo Señor, como habéis recibido y proclamado en el símbolo, el Hijo único de Dios, no quiso, sin embargo, ser único. Es el único y no quiso ser único: se dignó tener hermanos. Son aquellos a quienes dijo: Decid: Padre nuestro que estás en los cielos. ¿A quién quiso que llamáramos Padre, sino a su mismo Padre? ¿Tuvo acaso celos de nosotros? A veces los padres, cuando han engendrado uno, dos o tres hijos, tienen miedo a engendrar más, no sea que obliguen a los que vengan a mendigar. Mas, puesto que la herencia que a nosotros se nos promete es tal que, aunque la posean muchos, nadie sufrirá estrecheces, por esto mismo llamó a ser hermanos suyos a los pueblos gentiles, y el que es Hijo único tiene innumerables hermanos que decir: Padre nuestro que estás en los cielos. Pronunciaron estas palabras hombres que nos han precedido y las pronunciarán quienes nos sigan. Ved cuántos hermanos en su gracia tiene el que es Hijo único al hacer partícipes de su herencia a aquellos por quienes sufrió la muerte. Teníamos padre y madre en la tierra, para nacer a las fatigas y a la muerte. Hemos encontrado otros padres de quienes nacemos para la vida eterna: Dios es el Padre; la Madre, la Iglesia. Pensemos, amadísimos, de quién hemos comenzado a ser hijos y vivamos cual conviene a quienes tienen tal Padre. Ved que nuestro Creador se ha dignado ser nuestro Padre” 
(Sermón 57, 3)

Padre de todos los hombres

“Puesto que ya recibisteis, aprendisteis de memoria y recitasteis en público cómo ha de creerse en Dios, recibid hoy cómo se ha de invocar. Cuando se leyó el Evangelio, oísteis de fue el Hijo mismo quien enseñó a sus discípulos y a quienes creen en Él esta oración. Habiéndonos compuesto tales preces tan gran jurista, tenemos esperanza de ganar la causa. Es el asesor del Padre, pues está sentado a su derecha como habéis confesado. Quien ha de ser nuestro juez, ese es nuestro abogado. De allí ha de venir a juzgar a vivos y a muertos. Retened, pues, esta oración que habéis de proclamar en público dentro de ocho días. Quienes de vosotros no supieron bien el Símbolo, apréndanlo, tienen tiempo todavía. El sábado tendréis que darlo de memoria en presencia de todos los asistentes; es el último sábado, aquel en que vais a ser bautizados. Dentro de ocho días a partir de hoy tendréis que recitar de memoria esta oración que hay habéis recibido. La oración empieza así: Padre nuestro que estás en los cielos. Hemos hallado un Padre en los cielos, veamos cómo hemos de vivir en la tierra. Quien ha hallado tal Padre debe vivir de manera tal que sea digno de llegar a su herencia. Todos juntos decimos: Padre nuestro. ¡Cuánta bondad! Lo dice el emperador y lo dice el mendigo; lo dice tanto el siervo como su señor. Uno y otro dices: Padre nuestro que estás en los cielos. Reconocen que son hermanos cuando tienen un mismo Padre. No considere el señor indigno de su persona el tener como hermano a su siervo, a quien quiso tener como hermano Cristo el Señor” 
(Sermón 58, 1, 2).

Sed miembros de Cristo

"Ved que os habéis convertido en miembros de Cristo. Si consideráis en qué os habéis convertido, todos vuestros huesos dirán: Señor, ¿quién como tú? En efecto, nunca se puede considerar como se merece la condescendencia divina; ¿no nos fallan las palabras y los sentidos ente el hecho de que nos haya llegado la gracia gratuita sin mérito alguno precedente? Por eso mismo se llama gracia: porque se nos ha donado gratuitamente. ¿De qué gracia estoy hablando? De la gracia de ser miembros de Cristo e hijos de Dios; de que también vosotros sois hermanos del Hijo único. Si Él es Hijo único, ¿cómo sois vosotros hermanos sino porque Él es Hijo único por naturaleza y vosotros sois hermanos por gracia?... Oídme vosotros los bautizados, oídme vosotros los recién nacidos, escuchadme vosotros los regenerados por Cristo: os suplico por el altar al que os habéis acercado, por los sacramentos que habéis recibido, por el nombre que ha sido invocado sobre vosotros, por el juicio de vivos y muertos, os suplico, os conjuro y os obligo: no imitéis a nadie, a no ser a los que sabéis que son fieles como han de serlo" 
(Sermón 224).