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Si tuvierais Fe

“¿No es un hortelano quien sembró el grano de mostaza, esa semilla pequeñísima y llena de vigor? Semilla que creció, se elevó y se convirtió en un árbol tan grande que hasta las aves del cielo reposan en sus ramas. Si tuvierais fe, dice el mismo Señor, como un grano de mostaza... Poca cosa parece el grano de mostaza; nada es más despreciable a la vista, y, sin embargo, nada tiene más vigor. Todo lo cual, ¿qué otra cosa significa sino el entusiasmo extraordinario y la fuerza íntima de la fe en la Iglesia?” 
(Sermón 246, 3).

Edificar la Fe

“Se alejó de ellos corporalmente, a la vez que lo tenían consigo mediante la fe. He aquí el motivo por el que nuestro Señor se ausentó de toda Iglesia y subió al cielo: para edificar la fe. Si no conoces más que lo que ves, ¿dónde está la fe? Si, en cambio, crees hasta lo que no ves, cuando lo veas te llenarás de gozo. Se edifica la fe, porque después se recompensará con la visión. Llegará lo que no vemos; llegará, hermanos, llegará. Atento a cómo vaya a encontrarte. Llegará también el momento por el que preguntan los hombres: «¿Dónde, cuándo, cómo será?» «¿Cuándo sucederá eso?» «¿Cuándo ha de venir?» Ten la seguridad: llegará. Llegará, aunque tú no lo quieras. ¡Ay de los que no lo creyeron! ¡Qué gozo para quienes lo creyeron! ¡Se llenarán de alegría los fieles, y de confusión los infieles!” 
(Sermón 235, 4).

Gozar de haber comprendido

"Lo que ahora se ha oído y con atención escuchado al leerse el santo evangelio no dudo de que hemos puesto todo empeño en comprenderlo, y que cada uno de nosotros ha comprendido según su capacidad lo que ha podido de esta materia tan elevada que se ha terminado de leer, y que nadie se lamentará de no haber gustado del pan de la palabra que en la mesa se ha puesto. Sin embargo, si existe también alguien que ha calado suficientemente el sentido de todas las palabras de nuestro Señor Jesucristo oídas ahora, que lleve con paciencia el ejercicio de nuestro ministerio hasta que (si nos es posible en el curso de la exposición con la ayuda de Cristo) consigamos que todos o muchos lleguen a comprender lo que unos pocos solamente se gozan de haberlo comprendido ya"
 (Comentario a Juan 34, 1).

La Palabra de Dios es tu amiga


"La palabra de Dios es tu adversaria, si tú eres amigo de tu perversidad. Por el contrario, si tú te opones a tu iniquidad, la palabra de Dios es tu amiga, y adversaria de tu iniquidad. Luego si odiaste tu iniquidad, te unes a la palabra de Dios, y así seréis dos los que lucháis contra ella para aniquilarla: tú y la palabra de Dios. Tú, por tus fuerzas, no puedes nada, pero te ayuda aquel que te entregó su palabra, y de este modo la iniquidad es vencida"
(Comentario al Salmo 35, 1).

Alegrarse en la Palabra de Dios


“Pero ¿de dónde les vienen estos goces a los que se hallan aún en la tierra si no es de los divinos discursos, de las palabras de Dios, de alguna parábola inquirida e investigada de la Escritura, de la dulzura del hallazgo, al cual precede el trabajo de la investigación? En los libros se encuentran ciertas alegrías santas y buenas, mas no en el oro, ni en la plata, ni en los banquetes, ni en la molicie, ni en la pesca, ni en la caza, ni en el juego, ni en la danza, ni en los teatros frívolos, ni en la búsqueda y consecución de los honores ruinosos. En estas cosas y en esta clase de libros no hay gozos verdaderos. Por tanto, si el alma atravesó estas hondonadas, deleitada por haber atravesado estas cosas, diga, porque lo dice segura y con verdad: Me contaron los impíos sus deleites, pero no son como tu ley, ¡oh Señor! Venga aún este Idito y atraviese a los que se gozan en las cosas deleznables, y se deleite en estos preceptos, y se alegre en la palabra del Señor, en el goce de la ley del Altísimo"
(Comentario al salmo 38,2).

Ved que Alegría

"Ved qué alegría, hermanos míos;
alegría por vuestra asistencia,
alegría de cantar salmos e himnos,
alegría de recordar
la pasión y resurrección de Cristo,
alegría de esperar la vida futura.

Si el simple esperarla nos causa tanta alegría, ¿qué será el poseerla?
Cuando estos días escuchamos el 'Aleluya', ¡cómo se transforma el espíritu! ¿No es como si gustáramos un algo de aquella ciudad celestial?
Si estos días nos producen tan grande alegría, ¿qué sucederá aquel en que se nos diga:
Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino; cuando todos los santos se encuentren reunidos,
cuando se encuentren allí quienes no se conocían de antes, se reconozcan quienes se conocían;
allí donde la compañía será tal que nunca se perderá un amigo ni se temerá un enemigo?"
 (Sermón 229 B,2).