Mostrando entradas con la etiqueta Discípulo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Discípulo. Mostrar todas las entradas

La escuela de las Escrituras


"Los que conocen las Escrituras divinas, los que asiduamente concurren a esta escuela, los que no odian al maestro como alumnos desesperanzados y prestan atención a los lectores en la Iglesia y abren completamente el recipiente de su corazón a lo que fluye de la Escritura divina... Sin embargo, pensando en otros que, al menos ahora, están aquí prestando atención, aunque en otras ocasiones no estén tan atentos, o que tal vez acostumbrados a sofocar en su corazón la semilla, es decir, la palabra útil, con las espinas del siglo, o, con otras palabras, con las preocupaciones mundanas; pensando en ellos narremos también estas cosas, aunque son antiquísimas y muy conocidas para quienes suelen estar atentos y dedicarse al estudio de las letras divinas"
(Sermón 32, 2).

Mirad la Palabra de Dios


"No me miréis a mí, sino mirad a la Palabra de Dios. No os enojéis con vuestros medicamentos; no hallé otro sitio por donde pasar. Llegué como hombre a la quinta cuerda al tocar el salterio de diez cuerdas. ¿Iba a pasar por alto la quinta? Por el contrario, tenía que pulsar con más fuerza; ya que veo que en ella cae casi todo el género humano, en ella veo que hay que trabajar más"
(Sermón 9,11).

Aprender en las Santas Escrituras


"En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar. Aprenda en las divinas y santas Escrituras a dirigir a ellas la vista de la fe como a una lámpara colocada en un tenebroso lugar hasta que nazca el día y el lucero brille en nuestros corazones. Como una fuente inefable de ese resplandor es aquella luz, que reluce en las tinieblas de tal modo que las tinieblas no la envuelven. Para verla hemos de limpiar nuestros corazones por medio de la fe, pues bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, y sabemos que cuando apareciere seremos semejantes a Él, porque le veremos como El es"
 (Carta 130, 2, 5).

Sed cumplidores de la Palabra


"Sed cumplidores de la palabra y no sólo oyentes, engañándoos a vosotros mismos. A vosotros mismos os engañáis, no al autor de la palabra ni al ministro de la misma. Partiendo de esta frase que mana de la fuente de la verdad a través de la veracísima boca del apóstol, también yo me atrevo a exhortaros, y mientras os exhorto a vosotros, pongo la mirada en mí mismo. Pierde el tiempo predicando exteriormente la palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior. Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros"
(Sermón 179,1).

Avanza con la Escritura


"Mas si aun tú no puedes comprenderlo, deja estas cosas para que las contemplen otros más capaces, y tú sigue avanzando con la Escritura, que no te abandona en tu debilidad, y que con paso materno anda contigo más lentamente, la cual habla de este modo para reírse de la hinchazón de los soberbios, para atemorizar a los observadores con su profundidad, para saciar a los doctores con la verdad y para alimentar a los niños con su afabilidad"
(Del Génesis a la letra 5, 3, 6).

El salmo se aplica a Cristo


"Todo él (el salmo) se le apliquemos a Cristo si queremos retener el camino del recto entender. No nos alejemos de la piedra angular para que nuestro entendimiento no desbarre y vaya a la ruina. Afiáncese en ella lo que con inestable movimiento se bambolea, apóyese en ella lo vacilante. Por grande que sea la duda que pueda suscitarse en el ánimo del hombre al oír la Escritura de Dios, no se aleje de Cristo. Cuando le hubiese sido revelado Cristo en las palabras de ella, comprenda que entendió, pues antes de llegar al entendimiento de Cristo no presuma haber entendido"
 (Comentario al salmo 96,2).

El evangelio es la boca de Cristo


"Lo que escuchó él, lo hemos escuchado también nosotros. El Evangelio es la boca de Cristo; está sentado en el cielo, pero no cesa de hablar en la tierra. No seamos, pues, sordos, dado que Él clama. No seamos muertos, pues Él atruena. Si no quieres hacer lo más, haz lo menos. Si es excesivo para ti el peso de lo mayor, toma lo menor al  menos. ¿Por qué eres perezoso para lo uno y lo otro? ¿Por qué te opones a ambas cosas? Las mayores son: Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y sígueme. Las menores: No matarás, no adulterarás, no buscarás un falso testimonio, no robarás, honra a tu padre y a tu madre, amarás a tu prójimo como a ti mismo. Haz esto"
 (Sermón 85,1).

Que nos alumbre el sol

"Que nos alumbre el sol en que se encendió aquella candela. De ese modo la solución es una solución evidente. Juan tenía sus propios discípulos; no estaba separado, pero era testigo preparado. Convenía, pues, que ante ellos diese testimonio de Cristo, el cual reunía también discípulos: podían sentir celos si no podían ver. Y como los discípulos de Juan estimaban tanto a su maestro Juan, oían el testimonio de Juan sobre Cristo y se maravillaban; por eso, antes de morir, quiso que él los confirmara. Sin duda decían ellos dentro de sí: éste dice de él tan grandes cosas, pero él no las dice de sí mismo. Id y decidle, no porque yo dude, sino para que vosotros os instruyáis. Id y decidle; lo que yo suelo decir, oídselo a él; habéis oído al pregonero, oíd ahora al juez la confirmación. Id y decidle: ¿Eres tú el que vienes o esperamos a otro? Fueron y lo dijeron; por ellos, no por Juan"
(Sermón 66, 4).

Juan y su escuela

“¡Cuántas cosas dijo de Cristo! ¡Qué excelentes, qué elevadas, qué dignas! Eso suponiendo que alguien pueda decir algo digno de Él. Y, sin embargo, no forma parte de los discípulos del Señor ni lo sigue como Pedro, Andrés, Juan y los demás. Al contrario, él mismo tuvo sus propios discípulos, y, aun establecido  aquí el Señor con los suyos, seguía teniendo discípulos Juan. Preguntaron al mismo Señor: ¿Por qué ayunan los discípulos de Juan, mientras que los tuyos no? Esto era, sin duda alguna, una necesidad para el precursor fiel: que Cristo fuese anunciado por alguien que pudiera ser su émulo. Tenía discípulos Juan, los tenía también Cristo; parecía tener una escuela aparte, pero estaba unido a Él en calidad de testigo. Por eso, entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie mayor que Juan Bautista”
(Sermón 293, 6).

Llevaba la cruz

“Marchaba, pues, Jesús para el lugar donde debía ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: a los ojos de la impiedad, grande irrisión; a los ojos de la piedad, grande misterio; a los ojos de la impiedad, grande documento de ignominia; a los ojos de la piedad, firmísimo cimiento de la fe; a los ojos de la impiedad, la mofa de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva, para en ella ser crucificado, la cruz que había de fijar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado por los ojos de los impíos, y ella ha de ser la gloria del corazón de los santos, como diría después san Pablo: No quiero gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Él recomendaba su cruz llevándola sobre sus hombros; llevaba el candelabro de la lucerna encendida, que no debía ser puesta debajo del celemín. Llevando a cuestas la cruz, salió para el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Según la narración de los otros evangelistas, estos dos con los cuales y en medio de los cuales fue crucificado Jesús eran dos ladrones, cumpliéndose así la profecía acerca de Jesús: y fue contado entre los malvados” (Comentario a Juan 117, 3).