Jornada de Reflexión

Queridos amigos, con motivo de la cuaresma tendremos una jornada de reflexión y encuentro, el día 2 de abril sábado, en el Monasterio de Santa María de La Vid, para todo el que quiera y pueda y abierto a todos vuestros amigos. El progrma será muy sencillo:
A las 11 de la mañana, tendríamos un primer encuentro-reflexión
A las 13 misa.
A las 14 comida.
A las 16,30 un segundo encuentro y despedida.
El precio de la jornada es de 15 €
Para poder tener los datos para la comida, envía un correo a santisie51@gmail.com antes del jueves 31 de marzo.
Esperamos veros..

Haciendo misericordia

"En cualquier caso, es casi un deber acrecentar las limosnas en estas fechas. ¿Hay forma más justa de gastar lo que os ahorráis con vuestra abstinencia que haciendo misericordia? ¿Y hay algo más perverso que entregar a la custodia de la avaricia siempre presente o a que lo consuma la lujuria aplazada lo que se gasta de menos a causa de la abstinencia? Considerad, pues, a quiénes debéis aquello de que os priváis para que la misericordia añada a la caridad lo que la templanza sustrae al placer" (Sermón 208, 2).

Oraciones más fervorosas

"En estos días, nuestras oraciones han de ser más fervorosas; y para que sean auxiliadas con los apoyos pertinentes, demos también limosnas con mayor fervor. Añádase a lo que dábamos lo que ahorramos con el ayuno y la abstinencia de los alimentos acostumbrados. Si alguien, por alguna necesidad corporal o régimen alimenticio, no puede abstenerse de nada, ni, por tanto, a pesar de que sus limosnas debían ser más generosas, añadir a lo que suele dar a los pobres lo que se quita a sí mismo, por el hecho de que él de nada se priva, muestre su piedad dando al pobre; si no puede ayudar a sus oraciones con la mortificación corporal, introduzca en el corazón del pobre una limosna más generosa que pueda rogar por él" (Sermón 209, 2).

Imitemos su crucifixión

"Ayunemos también con la humildad de nuestras almas al acercarse el día en que el maestro de la humildad se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte de cruz. Imitemos su crucifixión traspasando las pasiones indómitas con los clavos de la continencia. Castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre y para que la carne indómita no nos conduzca a lo ilícito, quitémosle algo de lo lícito para dominarla. Siempre ha de evitarse la crápula y la embriaguez; pero en estos días ha de prescindirse de los banquetes lícitos... La carne te obedecerá dócilmente en no irse tras lo ajeno si está acostumbrada a dominarse en lo suyo. Estate atento a no cambiar en vez de disminuir tus placeres. Hay quienes, en lugar del vino acostumbrado, buscan licores raros, y, privándose del de la uva, se sienten compensados con los jugos más deliciosos de otras frutas; con tal que no sean carnes, se procuran con diligencia los más variados y suculentos manjares, y se entregan en este tiempo, como si fuera el más adecuado, a exquisiteces que en otra ocasión sería vergonzoso buscar. De esta forma, la observancia de la cuaresma, en lugar de ser freno a las antiguas pasiones, sirve de ocasión para nuevos deleites. Vigilad cuanto podáis, hermanos, para que estas cosas no se introduzcan, sin daros cuenta, en vuestra vida" (Sermón 207, 2).

La concordia fraterna

"Estos días santos en que nos entregamos a las prácticas cuaresmales nos invitan a hablaros  de la concordia fraterna, para que quien tenga alguna queja contra otro acabe con ella antes que ella acabe con él. No echéis en saco roto estas cosas, hermanos míos. En esta vida frágil y mortal, llena de peligros por las numerosas tentaciones de esta tierra, ningún justo que ora para no verse sumergido en ellas puede hallarse libre de todo pecado; y único es el remedio que nos permite vivir: lo que Dios, nuestro maestro, nos mandó decir en la oración: Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Hemos llegado a un acuerdo con Dios y hemos pactado con Él las condiciones de nuestro perdón; en señal de garantía hemos plasmado allí nuestra firma. Con plena confianza pedimos que nos perdone, pero a condición de perdonar también nosotros; si no perdonamos nosotros, no soñemos en que se nos perdonen nuestros pecados; no nos hagamos ilusiones. Que ningún hombre se llame a engaño, pues a Dios nadie le engaña" (Sermón 211, 1).

Reducir y no cambiar los placeres

"Ha llegado el momento solemne de amonestar y exhortar en el Señor a vuestra caridad a que os entreguéis, con fervor más intenso y alegre de lo acostumbrado, al ayuno, a la oración y a la limosna. En realidad, esa amonestación y exhortación os la brinda ya la misma época, aunque yo me calle. Pero se añade el servicio de nuestra palabra, para que, con el sonido de trompeta de esta voz, vuestro espíritu recoja sus fuerzas para la lucha contra la carne. Vuestros ayunos han de estar libres de querellas, gritos y muertes, de manera que hasta quienes os están sometidos experimenten un alivio prudente y benigno, que no signifique echar por tierra la disciplina siempre saludable, sino moderar su severidad y aspereza. Cuando os abstenéis de alguna clase de alimento, incluso de los permitidos y lícitos, para mortificar el cuerpo, acordaos de que todos son puros para los puros; a ninguno consideréis impuro, si no lo ha manchado la infidelidad, pues, como dice el Apóstol, para los impuros e infieles nada hay puro. Cuando los cuerpos de los fieles son sometidos a servidumbre, toda disminución del placer corporal va en provecho de la salud del espíritu. Por ello debéis guardaros de buscar manjares exquisitos, bajo la excusa de no comer carne. La mortificación del cuerpo y su reducción a servidumbre conlleva reducir los placeres, no cambiarlos por otros. ¿Qué importa un alimento u otro, si la culpa está en el deseo inmoderado del mismo" (Sermón 208, 1).

El ejemplo de Cristo

"Por el hecho de que Cristo ayunó inmediatamente después de recibir el bautismo, no hemos de creer que estableció una norma de observancia, como si necesariamente hubiera que ayunar después de la recepción del bautismo de Cristo. Con su ejemplo nos indicó que debemos ayunar, sobre todo, si se diera el caso de entrar en lucha encarnizada con el tentador. He aquí el motivo por el que Cristo, que se dignó nacer como hombre, no rechazó el ser tentado como hombre: para que el cristiano, amaestrado con su ejemplo, pueda vencer al tentador. Ha de ayunarse, pues, sea inmediatamente después del bautismo, sea después de un indeterminado espacio de tiempo, cuando el hombre se encuentre en este tipo de lucha contra la tentación, para que el cuerpo cumpla su milicia con la mortificación y el alma consiga la victoria con su humillación" (Sermón 210, 3).

La Palabra alimenta el corazón

"Es deber mío, dirigiros una exhortación también solemne, para que la Palabra de Dios, servida por nuestro ministerio, alimente el corazón de quienes van a ayunar corporalmente; de esta forma, vigorizado el hombre interior por su propio alimento, podrá llevar a cabo y mantener con fortaleza la mortificación del exterior. Se ajusta a nuestra devoción el que quienes vamos a celebrar la pasión, ya cercana, del Señor crucificado, nos hagamos nosotros mismos una cruz con los placeres de la carne, que han de ser domados, conforme a las palabras del Apóstol: 'Los que son de Jesucristo crucificaron la carne con sus pasiones y concupiscencias'. El cristiano debe permanecer siempre pendiente de esta cruz durante toda esta vida, que transcurre en medio de tentaciones. No es este el tiempo de arrancarse los clavos de los que se dice en el salmo: 'Traspasa mi carne con los clavos de tu temor'. 'Carne' equivale aquí a concupiscencia carnal; los clavos son los preceptos de la justicia; con ellos clava a la carne el temor de Dios, que nos crucifica cual hostias aceptables para Él. Por eso dice también el Apóstol: 'Os suplico, por tanto, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios'. Es ésta una cruz en la que el siervo de Dios no sólo no se siente confundido, sino que hasta se gloría, diciendo: 'Lejos de mí el gloriarme a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo'. Esta cruz, repito, no sólo dura cuarenta días, sino la totalidad de esta vida, simbolizada en el número místico de estos cuarenta días" (Sermón 205, 1).

Limosna, ayuno y oración

"Las tentaciones del mundo, las asechanzas del diablo, la fatiga de esta vida, los placeres de la carne, el oleaje de estos tiempos tumultuosos y todo tipo de adversidad, corporal o espiritual, han de ser superados, contando con la ayuda misericordiosa de Dios nuestro Señor, mediante la limosna, el ayuno y la oración. Estas tres cosas han de enfervorizar la vida entera del cristiano, pero sobre todo cuando se acerca la solemnidad de la Pascua, que, al repetirse todos los años, estimula nuestras mentes, renovando en ellas el saludable recuerdo de que nuestro Señor, el Hijo único de Dios, nos otorgó su misericordia, ayunó y oró por nosotros. En efecto, limosna es un término griego que significa "misericordia". ¿Qué misericordia pudo descender sobre los desdichados mayor que aquella que hizo bajar del cielo y revistió de un cuerpo terreno al creador de la tierra?... Con frecuencia a la limosna, se nos ordena que demos pan al necesitado; Él, para darse a nosotros que estábamos hambrientos, se entregó antes por nosotros a gente desalmada. Se nos manda que recibamos al peregrino; Él vino por nosotros a su propia casa, y los suyos no lo recibieron. Bendígalo nuestra alma a Él, que se muestra misericordioso con todas sus iniquidades; a Él, que sana todas sus dolencias, que libra su vida de la corrupción, que la corona en su compasión y misericordia; Él, que sacia de bienes sus deseos" (Sermón 207, 1).

Dar y perdonar

"Añadamos a nuestras oraciones la limosna y el ayuno, cual alas de la piedad con las que puedan llegar más fácilmente hasta Dios. A partir de aquí puede comprender la mente cristiana cuán lejos debe mantenerse de robar lo ajeno, si advierte que es una especie de robo el no dar al necesitado lo que le sobra. Dice el Señor: Dad, y se os dará; perdonad, y seréis perdonados. Entreguémonos con fervor a estos dos modos de limosna: el dar y el perdonar, nosotros que pedimos al Señor que nos otorgue sus bienes y no nos pida cuenta de nuestros males… Dios, que no sufre hambre, quiso, no obstante, ser alimentado en la persona del pobre, para que, cuando nos sintamos necesitados, nos saciemos en quien es rico… Que el siervo se reconcilie con el consiervo para no ser castigado con justicia por el Señor. Para este tipo de limosna nadie es pobre y puede hacer que viva eternamente quien no tiene con qué vivir temporalmente. Se da gratuitamente; a base de dar se acumulan riquezas que sólo se consumen cuando no se dan. Sean confundidas y perezcan las enemistades, de quien sean, que hayan resistido hasta estas fechas. Déseles muerte, para que no la causen ellas; sean dominadas, para que no dominen ellas; elimínelas el que redime, para que no eliminen ellas a quien las retiene" (Sermón 206, 2).

Revistiéndonos del Señor Jesucristo

"Esta es la razón por la que tanto Moisés y Elías como el mismo Señor ayunaron durante cuarenta días; y para darnos a entender que en Moisés, Elías y en el mismo Cristo, es decir, en la Ley, los Profetas y el Evangelio, estamos nosotros en el punto de mira, para que no nos acomodemos y adhiramos a este mundo, sino que crucifiquemos el hombre viejo, ocupándonos no en comilonas y en borracheras, no en deshonestidades e inmundicias, no en pendencias o envidias, sino revistiéndonos del Señor Jesús, sin hacer caso de la carne y sus apetencias" (Sermón 205, 1).

El número cuarenta

"Luego, ya en la ley, ya en los Profetas, ya en el Evangelio, el número cuarenta se nos recomienda en el ayuno. El grande y general ayuno consiste en abstenerse de las iniquidades y placeres ilícitos; este es el ayuno perfecto... Nosotros observamos en este mundo como unos cuarenta días de abstinencia cuando vivimos bien, cuando nos abstenemos de las iniquidades y de los placeres ilícitos; y porque esta abstinencia no será sin recompensa, esperamos aquella bienaventurada esperanza y la revelación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo" (Comentario al Evangelio de Juan 17, 4).