Siervo que anuncia al Señor

No es necesario indicaros qué fiesta celebramos hoy, pues todos lo habéis oído al leerse el evangelio. Hoy recibimos al santo Juan, precursor del Señor, el hijo de una estéril que anunciaba al hijo de una virgen, pero siempre siervo que anuncia al Señor. Puesto que Dios hecho hombre había de venir mediante una virgen, le precedió un hombre excelente nacido de una mujer estéril para que aquél —refiriéndose al cual dice Juan que es indigno de desatar la correa de su calzado— fuera reconocido como Dios-hombre. Admira a Juan cuanto te sea posible, pues lo que admiras aprovecha a Cristo. Aprovecha, repito, a Cristo no porque tú le ofrezcas algo a él, sino para progresar tú en él
 (Sermón 291, 1).

Juan estaba lleno de Espíritu

La virtud espiritual del sacramento es como la luz, y la reciben pura quienes han de ser iluminados y sin mancharse aunque pase por medios inmundos. Que sean ministros enteramente justos y que no busquen su gloria, sino la gloria de Aquel de quien son ministros ellos; pero que no digan: El bautismo es mío, porque no es verdad, porque no es de ellos. Fijen la mirada en Juan mismo. Mirad que Juan estaba lleno del Espíritu Santo, y el bautismo lo tenía del cielo y no de los hombres. Pero ¿hasta cuándo lo tuvo? Lo dice él mismo: preparad el camino del Señor. Mas, luego que el Señor fue conocido, él mismo vino a ser el camino
(Comentario al Evangelio de Juan 5, 17).

Bautismo de un hombre

El bautismo es tal cual es la persona por cuya autoridad se da, no cual la persona por cuyo ministerio se administra. El bautismo de Juan era como era Juan: bautismo santo, como era él; pero siempre de un hombre, que había recibido del Señor esta gracia, gracia tan grande como ser el precursor de su Juez, y de mostrarle con el dedo, y de realizar la voz de aquella profecía: Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor. El bautismo del Señor es como el Señor; luego es divino, porque el Señor es Dios
 (Comentario al Evangelio de Juan 5, 6).

Vino a bautizar con agua

Juan fue enviado a bautizar con agua. ¿Y el por qué de este bautismo? Para mostrarlo, dice, a Israel. ¿Para qué sirvió el bautismo de Juan? Si el bautismo de Juan, mis hermanos, era de alguna utilidad, subsistiría todavía hoy y seguirían bautizándose los hombres con el bautismo de Juan y se llegarían así al bautismo de Cristo. Pero ¿qué dice el Precursor? Para que se manifieste a Israel; es decir, que vino a bautizar con agua para que Cristo se mostrase a Israel, al pueblo de Israel. Juan recibió el ministerio de bautizar con agua de penitencia para preparar el camino del Señor cuando aún no había aparecido. Pero, desde el momento que el Señor fue conocido, era ya superfluo prepararle el camino. El mismo era ya el camino para quienes le conocían. Por eso no duró mucho el bautismo de Juan. ¿Cómo se mostró el Señor? Humilde; por eso recibió Juan el bautismo con el que el Señor mismo seria bautizado
(Comentario al Evangelio de Juan 4, 12).

La Palabra envió las voces

Envió a los patriarcas, a los profetas; envió a tan numerosos y grandes pregoneros suyos. La Palabra que permanece envió las voces, y, después de haber enviado por delante muchas voces, vino la voz; en cambio, para que tú puedas comprender llega antes la misma Palabra en su voz, en su carne, cual en su propio vehículo.  Recoge, pues, como en una unidad, todas las voces que antecedieron a la Palabra y resúmelas en la persona de Juan. El personifica el misterio de todas ellas; él, sólo él, era la personificación sagrada y mística de todas ellas. Con razón, por tanto se le llama voz, cual sello y misterio de todas las voces
(Sermón 288, 4).

Creció Cristo, disminuyó Juan

Mostraría ciertamente su humildad aun considerándose digno de ello; mas como no se consideró tal, fue digno de ser levantado desde su humildad. Diga con mayor claridad y mayor nitidez lo que significa: Quien viene después de mí ha sido hecho antes que yo. Adujo también el motivo: Porque existía antes que yo, puesto que en el principio existía la Palabra y, existiendo en la forma de Dios, no consideró una rapiña el ser igual a Dios. Conviene que él crezca y que yo, en cambio, mengüe. Convenía que creciera quien vino después y que disminuyera quien vino antes.  Si creció quien vino después de él, ha sido hecho antes que él al crecer. Conviene, dijo, que él crezca y que yo, en cambio, mengüe; esto significa: Ha sido hecho antes que yo. ¿Y cómo creció Cristo y disminuyó Juan? Juan precedió al Señor en el nacimiento humano; crecieron ambos, con el pasar del tiempo, en estatura, y, como hombres, llegaron a una cierta altura. Pero Juan es hombre, Cristo es Dios y hombre" 
(Sermón 380, 6). 

El mundo de los santos

Los que aman son elegidos porque aman; pero los que no aman, aunque hablen los idiomas de los hombres y de los ángeles, son como un alambre, que suena, y como un címbalo, que tañe; y aunque tengan el don de profecía, conozcan todos los secretos y posean todas las ciencias y tengan tanta fe que puedan trasladar las montañas, nada son; y aunque distribuyan toda su hacienda a los pobres y entreguen su cuerpo al fuego, no les será de ningún provecho. El amor distingue del mundo a los santos y hace que vivan juntos con una sola alma en la casa
 (Comentario a Juan 76, 2).

Amémosle desinteresadamente

Si alguno me sirve, sígame. ¿Cuál es el fruto? ¿Cuál la recompensa? ¿Cuál el premio? Y donde yo estoy, dice, allí estará también mi servidor. Amémosle desinteresadamente, para que el precio de ese servicio sea estar con Él. Porque ¿dónde se estará bien sin Él o dónde se estará mal estando con Él
(Comentario a Juan 51, 11).

Al Amar a Dios te Amas

En consecuencia, ama a Dios y ama al prójimo como a ti mismo. Veo que al amar a Dios te amas a ti mismo. La caridad es la raíz de todas las obras buenas. Como la avaricia es la raíz de todos los males, así la caridad lo es de todos los bienes. La plenitud de la ley es la caridad. No voy a tardar en decirlo: quien peca contra la caridad, se hace reo de todos los preceptos. En efecto, quien daña a la raíz misma, ¿a qué parte del árbol no daña? ¿Qué hacer, pues? Quien peca contra la caridad se hace reo de todos los preceptos; esto es absolutamente cierto, pero distinto es el modo como peca contra ella el ladrón, el adúltero, el homicida, el sacrílego y el blasfemo. Todos pecan contra la misma caridad, puesto que donde existe la caridad plena y perfecta no puede haber pecado. Es ella misma la que crece en nosotros para llegar alguna vez a la perfección, y a tal perfección que no admita adición alguna
 (Sermón 179 A, 5).

Siervo por Amor

Quien obra bien por temor al castigo, aun no ama a Dios, aun no se cuenta entre los hijos. Con todo, ¡ojalá que al menos tema el castigo! El temor es siervo, y la caridad, libre; y, para decirlo así, el temor es siervo de la caridad. No se adueñe el diablo de tu corazón; vaya el siervo delante y haga reserva del lugar de tu corazón para la dueña que ha de llegar. Haz el bien; hazlo al menos por temor del castigo, si aún no puedes hacerlo por amor a la justicia. Llegará la dueña, y entonces se retirará el esclavo, porque la caridad perfecta expulsa el temor
 (Sermón 156, 14).

Amar Siempre

 Todos, en efecto, hemos sido llamados a la misma gracia; ¿por qué, pues, se dijo a los antiguos: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo? Porque quizás también a ellos se les dijo la verdad, aunque a nosotros, llegado el momento, se nos dijo más claramente mediante la presencia de aquel que sabía qué y a quiénes había que ocultar o descubrir algo. Si tenemos un enemigo al que nunca se nos ordena amar, éste es el diablo: Amarás a tu prójimo, es decir, al hombre y odiarás a tu enemigo, o sea, al diablo... Aun mientras se comporta cruelmente, mientras persigue, se le ha de amar, se ha de orar por él y se le ha de hacer el bien. De esta forma cumples el primer precepto de amar al hombre, tu prójimo, y de odiar al diablo, tu enemigo, y el segundo: amar a los hombres, tus enemigos, y orar por quienes te persiguen

(Sermón 149, 16).

El Espíritu Santo

Por eso, según nuestra capacidad, y en cuanto se nos permite ver estas cosas por espejo y en enigma, especialmente a unos hombres como nosotros, se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y del Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad. Así, lo que es común al Padre y al Hijo, quisieron que estableciera la comunión entre nosotros y con ellos; por ese don nos recogen en uno, pues ambos tienen ese uno, esto es, el Espíritu Santo, Dios y don de Dios. Mediante Él nos reconciliamos con la divinidad y gozamos de ella. ¿De qué nos serviría conocer algún bien si no lo amásemos? Así como entendemos mediante la verdad, amamos mediante la caridad, para conocer más perfectamente y gozar felices de lo conocido. Y la caridad se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado
 (Sermón 71,18)