Celebramos la humillación


"Eso es lo que hace el cuerpo entero de Cristo extendido por todo el orbe, es decir, la Iglesia universal, el ser único que habla en el salmo: Desde los confines de la tierra clamé a ti cuando mi corazón estaba en aprieto. De aquí aparece ya claro por qué se instituyó la cuaresma como solemnidad que celebra esta humillación. La Iglesia, que clama desde los confines de la tierra cuando su corazón está en aprieto, clama desde las cuatro partes del orbe, que también la Escritura menciona con frecuencia: oriente y accidente, norte y sur. Por todo esto fue promulgado el decálogo de la ley, que ya no ha de infundir temor por su letra, sino que ha de cumplirse mediante la gracia de la caridad. Sabemos que 4 multiplicado por 10 da 40. Pero ahora nos hallamos todavía envueltos en la fatiga de la tentación, necesitando el perdón de los pecados. ¿Quién cumplirá con perfección aquello de no tendrás deseos perversos? De aquí la necesidad de ayunar y orar, pero sin cesar de hacer el bien”
(Sermón 210, 8).

Abstenerse de iniquidades


"Nosotros observamos en este mundo como unos cuarenta días de abstinencia cuando vivimos bien, cuando nos abstenemos de las iniquidades y de los placeres ilícitos; porque esta abstinencia no será sin recompensa, esperamos aquella bienaventurada esperanza y la revelación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo"
(Comentario a Juan 17, 5).

Tiempo de fatiga


“Que dicho número es signo de este tiempo de fatiga en el que luchamos contra el diablo bajo la obediencia a Cristo lo manifiesta también el hecho de que consagraron al ayuno de cuarenta días tanto la ley y los profetas, por medio de Moisés y Elías, que ayunaron durante ese número de días, como el Evangelio, mediante los días de ayuno del Señor, durante los cuales fue tentado por el diablo… Como motivo que explique que este número significa esta vida temporal y terrena, se me ocurre de inmediato, aunque quizá haya otro más secreto, que los años transcurren divididos en cuatro estaciones y que el mundo mismo se constituye en cuatro partes que la Escritura menciona a veces con el nombre de los vientos, (que soplan) de oriente y occidente, del norte y del ser. Ahora bien, cuatro por diez dan cuarenta. Más aún, el diez se forma de la suma progresiva de los cuatro primeros números"
 (Concordancia de los evangelistas 2, 4,9).

Vivir bien el número cuarenta


"De aquí también que el pueblo de Israel fuera conducido durante cuarenta años por el desierto antes de entrar a reinar en la tierra de promisión. De idéntica manera, también nosotros, con dispensación temporal, somos llevados como por el desierto en esta vida, donde todo son preocupaciones, temores y peligros de tentaciones. Pero, una vez que hayamos pasado bien el número cuarenta, es decir, una vez que hayamos vivido bien en esta dispensación temporal, caminando en conformidad con los preceptos de Dios, recibiremos como salario aquel denario que corresponde a los fieles"
(Sermón 252, 11).

La vida murió


"Al que desde la eternidad permanece igual al Padre, le hizo igual a nosotros por la mortalidad, otorgó forma de siervo al señor del mundo, de forma que el pan sintió hambre, la saciedad sed, la fortaleza se hizo débil, la salud fue herida y la vida murió. Y todo ello para saciar nuestra hambre, regar nuestra sequedad, consolar nuestra debilidad, extinguir la iniquidad e inflamar la caridad. El creador es creado, el señor sirve, el redentor es vencido, quien exalta es humillado, quien resucita muere: ¿hay mayor misericordia?"
(Sermón 207, 1).

Estudia las letras santas


"Te exhorto con todas mis fuerzas a que no te duela entregarte de lleno al estudio de las Letras auténticas y ciertamente santas. Es una realidad auténtica y sólida, no fascina al alma con palabras seductoras ni repite una vana cantinela velada con los celajes de la lengua. Impresiona mucho al que está ávido de realidades y no de palabras. Mucho aterra al que vive seguro de su conducta. Te exhorto a que leas con preferencia las Epístolas apostólicas, pues por ellas te animarás a leer los profetas, de cuyo testimonio usan los apóstoles. Y si, cuando lees o meditas, surge algún problema para cuya solución pueda yo parecerte necesario, pídeme una contestación. Quizá, con la ayuda de Dios, podré mejor hacerlo que hablar cara a cara contigo"
 (Carta 132).

Pedir, llamar, buscar


"Me atrevo a confesar que conozco lo que atañe a mi propia salud. Mas ¿cómo he de administrarlo a los demás sin buscar mi propia utilidad, sino la salvación de los otros? Quizá haya ciertos consejos en los Sagrados Libros (y no cabe duda de que los hay), cuyo conocimiento y comprensión ayudan al hombre de Dios a tratar con más orden los asuntos eclesiásticos, o por lo menos a vivir o morir con una conciencia más tranquila entre las manos de los inicuos. Así no perderá aquella vida por la que suspiran exclusivamente los corazones cristianos, humildes y mansos. Y ¿cómo puede eso lograrse, sino pidiendo, llamando y buscando, es decir, orando, estudiando y llorando, como el mismo Señor preceptuó?"
 (Carta 21, 4).

Experiencia orante


"¡Qué voces te di, Dios mío, cuando, todavía novicio en tu verdadero amor y siendo catecúmeno, leía descansado en la quinta los salmos de David –cánticos de fe, sonidos de piedad, que excluyen todo espíritu hinchado- en compañía de Alipio, también catecúmeno, y de mi madre, que se nos había juntado con traje de mujer, fe de varón, seguridad de anciana, caridad de madre y piedad cristiana! ¡Qué voces, sí, te daba en aquellos salmos y cómo me inflamaba en ti con ellos y me encendía en deseos de recitarlos, si me fuera posible, al mundo entero, contra la soberbia del género humano! Aunque cierto es ya que en todo el mundo se cantan y que no hay nadie que se esconda de tu calor" (Confesiones 9, 4, 8).

Humildad y Escrituras


"Os hablo yo que, engañado en otro tiempo, siendo aun jovenzuelo, quería acercarme a las divinas Escrituras con el prurito de discutir, antes que con el afán de buscar. Yo mismo cerraba contra mí la puerta de mi Señor con mis perversas costumbres: debiendo llamar para que se me abriese, empujaba la puerta para que se cerrase. Me atrevía a buscar, lleno de soberbia, lo que no se puede encontrar sino desde la humildad. ¡Cuánto más dichosos sois vosotros ahora! ¡Cuánto mayor es vuestra seguridad en aprender, cuánto mayor la protección de que gozáis quienes, aún pequeñuelos, estáis en el nido de la fe y recibís el alimento espiritual!"
(Sermón 51, 6).

La escuela de las Escrituras


"Los que conocen las Escrituras divinas, los que asiduamente concurren a esta escuela, los que no odian al maestro como alumnos desesperanzados y prestan atención a los lectores en la Iglesia y abren completamente el recipiente de su corazón a lo que fluye de la Escritura divina... Sin embargo, pensando en otros que, al menos ahora, están aquí prestando atención, aunque en otras ocasiones no estén tan atentos, o que tal vez acostumbrados a sofocar en su corazón la semilla, es decir, la palabra útil, con las espinas del siglo, o, con otras palabras, con las preocupaciones mundanas; pensando en ellos narremos también estas cosas, aunque son antiquísimas y muy conocidas para quienes suelen estar atentos y dedicarse al estudio de las letras divinas"
(Sermón 32, 2).

La fecundidad de la Palabra


"Pero los apóstoles les consolaron. Habiéndoseles prometido el perdón y la impunidad, creyeron, y, vendiendo cuanto poseían, pusieron el precio de la venta de sus cosas a los pies de los apóstoles, tanto más aterrados cuanto más buenos. Un temor mayor apagó en ellos la sed de placeres. Esto lo hicieron quienes dieron muerte al Señor. Lo hicieron y siguen haciéndolo muchos otros después. Lo sabemos; tenemos los ejemplos ante los ojos; son muchos los que producen consuelo y satisfacción, puesto que la palabra de Dios no queda infecunda en quienes la escuchan con fe"
(Sermón 301, 4).

Mirad la Palabra de Dios


"No me miréis a mí, sino mirad a la Palabra de Dios. No os enojéis con vuestros medicamentos; no hallé otro sitio por donde pasar. Llegué como hombre a la quinta cuerda al tocar el salterio de diez cuerdas. ¿Iba a pasar por alto la quinta? Por el contrario, tenía que pulsar con más fuerza; ya que veo que en ella cae casi todo el género humano, en ella veo que hay que trabajar más"
(Sermón 9,11).