La Gracia de la Fe

“Quiso que también los magos, a quienes había dado tan inequívoca señal en el cielo y a cuyos corazones había revelado su nacimiento en Judea, creyesen lo que sus profetas habían hablado de él. Buscando la ciudad en que había nacido el que deseaban ver y adorar, se vieron precisados a preguntar a los príncipes de los sacerdotes; de esta manera, con el testimonio de la Escritura, que llevaban en la boca, pero no en el corazón, los judíos, aunque infieles, dieron respuesta a los creyentes respecto a la gracia de la fe”
 (Sermón 199, 2). 

La Fe y la Realidad

 “Luego, a continuación, dice: Por si de algún modo voy a dar en la resurrección de los muertos. En ella creyó que iba a cumplir toda justicia, es decir, que tendría la justicia plena. En comparación de aquella resurrección, toda la vida que llevamos es estiércol. Escucha todavía al Apóstol, que afirma más claramente: Por si de algún modo voy a dar en la resurrección de los justos. No que ya la haya alcanzado o ya sea perfecto. Y añadió seguidamente: Hermanos, yo no pienso haberla alcanzado. ¡Es de ver cómo establece comparación entre una y otra justicia, una y otra salvación, la fe y la realidad, la peregrinación y la ciudad!”
 (Sermón 170, 7). 

Cree y Poseerás

“No obstante, según pienso, quedó suficientemente claro a vuestra caridad que estamos también justificados en la medida en que lo permite nuestro estado de peregrinación, en el que vivimos de la fe hasta que gocemos de la visión. Se comienza, pues, por la fe, para llegar a la visión: se corre por el camino en busca de la patria. En esta peregrinación dice nuestra alma: Ante ti están todos mis deseos y no se te ocultan mis gemidos. En la patria no habrá lugar alguno para la oración, sino sólo para la alabanza. ¿Por qué no para la oración? Porque nada faltará. Lo que aquí es objeto de fe, allí será objeto de visión; lo que aquí se espera, allí se poseerá; lo que aquí se pide, se recibe allí”
 (Sermón 159, 1). 

En ti está tu Fe

“¿Y dónde está: Dichosos quienes no vieron y creyeron? Mira donde está: está en ti, pues en ti está tu misma fe. ¿O nos engaña el Apóstol que dice que Cristo habita por la fe en nuestros corazones? Ahora habita por la fe, luego por la visión; por la fe mientras estamos en camino, mientras dura nuestro peregrinar. Mientras estamos en el cuerpo, peregrinamos lejos del Señor; caminamos en la fe, no en 
la visión”
 (Sermón 158, 8). 

Desarrolla tu Capacidad

 “Y del Señor viene todo. ¿No cabe pensar, hermanos, que algo mejor guarda para los suyos, que algo mejor apercibe para los fieles, para que lo vean quienes ahora creen sin verlo? Creer antes de ver es
merecer la futura visión. Así que la dilación de los bienes desarrolla tu capacidad, aumenta por el deseo, te dispone a recibir la promesa que tanto anhelas” 
(Sermón 142, 8). 

Te exhorto a creer

 “Tales son los que dicen: ¿Cómo me obligas a creer lo que no veo? Vea yo algo, y creeré. Me mandas creer a ciegas, y yo quiero que la fe me entre por los ojos, no por los oídos. Hable el profeta: Si no creéis, no entenderéis. Tú quieres subir, y te olvidas de las escaleras. ¿No es esto ponerlo todo al revés? ¡Hombre, hombre! Si yo pudiese ponerte las cosas delante de los ojos, no te exhortaría a creerlas” 
(Sermón 126, 2). 

Permanece en la Fe

 “Lo que nos enseñó por medio de sus preceptos, lo mostró en su ejemplo; lo que te mostró en su carne, debes esperarlo para la tuya. Esta es la fe; sostén lo que no ves todavía. Es necesario permanezcas ligado por la fe a lo que no ves, para no haber de avergonzarte cuando llegues a verlo” 
(Sermón 119, 7). 

Cree y camina en la Fe

 “¿Cree, acaso, el que ve? Cree quien no ve, una cosa es creer y otra ver. Cree ya que no ves, a fin de que creyendo lo que no ves merezcas ver lo que crees. Lo que merece  la visión es la fe; la recompensa de la fe es la visión. ¿Por qué exiges la recompensa antes del trabajo? Cree, por tanto, y camina en la fe: tu salvación está en la esperanza. Ha comenzado ya a curarte el mejor médico, aquel para quien no hay 
enfermedad incurable”
 (Sermón 97 A, 2). 

Estar lleno de fe

“Así, pues, tres cosas son las que principalmente nos encarece el Apóstol que construyamos en el hombre interior: la fe, la esperanza y el amor; y, tras haber encomiado las tres virtudes, dice para concluir: La mayor de todas es el amor. Perseguid el amor. ¿Qué es, pues, la fe? ¿Qué la esperanza? ¿Qué el amor? ¿Y por qué es mayor el amor? Según la define cierto texto de las Escrituras, la fe es el contenido de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve. Quien espera algo, aún no posee lo que espera, pero mediante la fe se hace semejante a quien lo posee. La fe es, dice, el contenido de lo que se espera; aún no es la realidad misma que poseeremos, pero la fe está en su lugar. No se puede decir que no tiene nada quien tiene la fe o que está vacío quien se encuentra lleno de fe. Por eso es grande la recompensa de la fe: porque, aunque no ve, cree” 
(Sermón 359 A, 3).

Esa Palabra es tu adversario

"¿Quién es, pues, este adversario? La palabra de Dios. Esa palabra de Dios es tu adversario. ¿Y por qué es tu adversario? Porque prescribe todo lo contrario de lo que tú haces… Cuando ordena esto, la palabra de Dios es el adversario. Porque no quieren los hombres hacer lo que quiere la palabra de Dios. ¿Por qué digo que es el adversario la palabra de Dios al mandar eso? Temo que yo mismo me convierta en adversario de algunos por decir estas cosas. ¿Y qué me importa? Hágame fuerte aquel que me intima el hablar, sin temer a las quejas de los hombres" 
(Sermón 9, 3).

Te formó la Palabra de Dios

"La Escritura llamó a la lengua fuego. Al hablar la Escritura sobre la persecución, dice refiriéndose a los mártires matados: Los probó como oro en el fuego y los recibió como ofrenda de holocausto. Oye cómo la lengua de los aduladores es tal fuego: El oro y la plata se prueban por el juego; pero el varón, por la boca de los que le alaban. La persecución es fuego; la alabanza también. De ambos te conviene salir puro, intacto. Te quebró quien te ultrajó; te rompiste en el horno como vaso quebradizo. Te formó la palabra de Dios y vino la tentación de la tribulación; lo que está modelado conviene que sea cocido; si está bien modelado, se acerca al fuego para que le dé consistencia" 
(Comentario al salmo 69, 5).

Sudemos oyendo

"Oír y anunciar la palabra de la verdad es trabajoso. Pero toleraremos este trabajo, hermanos, con buen ánimo si nos acordamos de la sentencia del Señor y de nuestra condición.Desde el mismo origen del género humano oyó el hombre, mas no del hombre mentiroso ni del diablo seductor, sino de la misma verdad, de la boca de Dios: Con el sudor de tu rostro comerás tu pan. Por tanto, si nuestro pan es la palabra de Dios, sudemos oyendo para no morir ayunando" 
(Comentario al Salmo 32, 2, s.2, 1).