Los crucificados de la historia

Hay muchas palabras de Jesús que impresionan. Pero como siempre impresionan más los silencios. De chaval una vez me dijeron que en la cruz de Jesús donde está la Palabra y el silencio locuaz de Dios existía el reverso y que ese estaba ahí para subir y ayudar a desclavar a los crucificados de la historia. Me impresionó y quise apuntarme. Confieso que no lo he logrado pero me sigue impresionando y me invito e invito a intentar desclavar tantos rostros, tantos hermanos… para ello evidentemente no hace falta ser religioso ni sacerdote, pero este ser ayuda a intentarlo. Doy fe.



Otra palabra a escuchar de Jesús es: “no tires piedras”. Yo no he roto muchas farolas, y solo recuerdo haber participado ocasionalmente en unas pandillas de esas de puños, piedras y descalabros. Pero fue suficiente para pensar en la angustia y en la liberación del Señor Jesús sobre la delicada mujer que iba a ser apedreada. Me conmovió. Y quiero y quise estar en el bando de los que no tiran piedras, ni juzgan, y se callan y escriben en el suelo, y miran a los ojos y quieren, porque al hombre hay que quererle. Eso me llevó a estudiar y a acercarme a esos mundos. La familia de Agustín me lo pareció. Es un lugar donde no se tiran piedras, es más siempre hay un hermano que para las que vienen. Y aquí estoy parando y evitando tirar piedras o ponerlas en los caminos.

Fr. José Luis del Castillo

Martes de la segunda semana

Hijo mío, atiende a mis palabras,
presta oído a mis consejos:
que no se aparten de tus ojos,
guárdalos dentro del corazón;
pues son vida para el que los consigue,
son salud para su carne.
.
(Pro 4, 20-22)




La Palabra de Dios es el papel de tornasol de tu comportamiento

El domingo pasado hablé acerca del juicio para que te juzgues a ti mismo y, al hallarte malvado, no te halagues, sino que te endereces, te hagas recto, y te agrade el Dios recto. De hecho, Dios, al ser recto, no agrada al malvado torcido. ¿Quieres que te agrade el Dios recto? Sé tú mismo recto. Júzgate a ti mismo; no te agrades. Castiga, corrige, endereza lo que justamente te desagrada en ti. Sea para ti la Sagrada Escritura como un espejo. Este espejo tiene un brillo que ni miente, ni adula ni prefiere a nadie. Eres hermoso; hermoso te ves allí; eres feo, feo te ves allí. Pero si te acercas siendo feo, y feo te ves en él, no acuses al espejo. Vuelve a tu interior; el espejo no te engaña; no te engañes a ti mismo. Júzgate, entristécete de tu fealdad, para que al marchar y alejarte triste, corregida la fealdad, puedas retornar hermoso. Pero, aunque te juzgues a ti mismo sin adulación, juzga al prójimo con amor. Para juzgar tienes ahí lo que tú ves. Puede acontecer que veas algo malo que te ensucie; puede suceder que tu mismo prójimo te confiese su mal y declare al amigo lo que había encubierto al enemigo. Juzga lo que ves; lo que no ves, déjalo a Dios. Cuando juzgues, ama al hombre, odia el vicio. No ames el vicio por el hombre ni odies al hombre por el vicio. El hombre es tu prójimo; el vicio es el enemigo de tu prójimo. Amas al amigo cuando detestas lo que le daña. Si crees, estás obrando porque el justo vive por la fe (Hab 2, 4; Rom 1, 17)..
Sé semejante al médico. El médico no ama al enfermo si no odia la enfermedad. Para librar al enfermo, persigue la fiebre. No améis los vicios de vuestros amigos si en verdad amáis a vuestros amigos
 (Serm. 49, 5-6)



EN BREVE...A nosotros se nos ha dado la dulzura de las Escrituras para resistir en este desierto de la vida humana. (Serm. 4, 10)

Dejarse llevar por la "Voz del Hijo"

Responder a la llamada de Dios lleva en si una paradoja: por un lado, la promesa de realización y liberación, poder hacer cosas nuevas, hacer lo que querría: el que hacer; por otro lado, es una vocación que lleva en si un proyecto de vida teniendo en cuenta que el llamado no tiene el dominio de su propia vida sino que debe dejarse llevar por ‘la Voz del Hijo’. Es una experiencia de verdadera libertad. Sólo eres libre si elijes, si tomas decisiones, decisiones que determinaran tu vida y tu identidad. Es una llamada que tansforma toda una historia. La ‘Voz del Hijo’ en mi caso no me ha forzado a decir ‘si’. Al contrario me dejó libre sin dejar de llamarme. Yo tenía que eligir.
Todo empezó durante la catequesis en preparación para la primera comunión. Seguí una catequesis pre-bautismal cuando tenía yo doce años. No era cosa fácil empezar esta catequesis ya que mis padres no eran cristianos. Mi vocación a la vida religiosa y al sacerdocio complicaron todo. Ya no había otra manera que de dejar por un lado aquella llamada. Gracias a Dios pude continuar el curso del catecismo hasta al final. Después del bautismo y de la primera comunión, ya no hablé de vocación hasta que tuve el bachillerato en 2006. Este tiempo de silencio vocación llevó consigo muchos obstáculos o mejor dicho unos desafíos. No era fácil tomar ciertas decisiones. Durante ese tiempo de silencio vocacional, la llamada de Dios no abandonó mi corazón, por el contrario, se hizo más ardiente. El ‘si’ decisivo me dio la paz (interior). Fue – y sigue siendo – la experiencia de la primera comunidad cristiana la fuente de inspiración que refuerza mi vocación en todas las circunstancias. La Voz del Hijo no ha dejado de llamarme. Por eso  tengo que responder. Esta Voz no me obliga sino que me deja eligir. Nada más he de hacer que de dejarme llevar por El, decir que ‘si’ todos los días, en todas las circunstancias. Entiendo mi vocación como una acción de gracias a Dios que me ha dado la vida sin que yo la haya pedido. A través del sacrificio de mi vida a su servicio, quiero decirle ¡gracias por todo!

      Fr. Martin Davakan, O.S.A

Lunes de la Segunda Semana

Con quien tienes pleito busca rápidamente un acuerdo, mientras vas de camino con él.
Si no, te entregará al juez, el juez al alguacil y te meterán en la cárcel.
.
(Mt 5, 25)






¡La Palabra es tu adversario!

Mas, si hay que estar a la espera de ese día incierto como si llegase cada día, arréglate con el adversario mientras va contigo de camino 4. Pues se llama camino a esta vida, por el que todos pasan. Y ese adversario no se aleja.
Pero ¿quién es ese adversario? No es el diablo, pues la Escritura nunca te exhortaría a ponerte de acuerdo con él. Es, pues, otro el adversario, a quien el hombre mismo convierte en su propio adversario,
Chi è dunque l'avversario? La Parola di Dio. La Parola di Dio è il tuo avversario. Perché è avversario? Perché comanda cose contrarie a quelle che fai tu. Ti dice: Unico è il tuo Dio (Dt 6, 4; cf. Es 20, 2-3), adora l'unico Dio. Tu invece, abbandonato l'unico Dio, che è come il legittimo sposo della tua anima vuoi fornicare con molti demoni e, ciò che è più grave, non lo lasci e non lo ripudi apertamente come fanno gli apostati, ma rimanendo nella casa del tuo sposo, fai entrare gli adulteri. Cioè, come cristiano non abbandoni la Chiesa, ma consulti gli astrologi o gli aruspici o gli indovini o i maghi. Da anima adultera, non abbandoni la casa dello sposo, ma ti dai all'adulterio, pur rimanendo sposata con lui. Ti si dice: Non assumere invano il nome del Signore Dio tuo (Es 20, 7), perché non pensi che sia creatura Cristo, per il fatto che per te ha assunto la creatura. E tu disprezzi lui che è uguale al Padre e una sola cosa con il Padre (cf. Gv 10, 30).

. ¿Quién es, entonces, el adversario? La palabra de Dios. La palabra de Dios es tu adversario. ¿Por qué es tu adversario? Porque prescribe lo contrario de lo que haces. Ella te dice: Tu Dios es único (Dy 6,4; Ex 20,2-3), adora a un único Dios. Tú, abandonando a tu único Dios, que es como el marido legítimo del alma, quieres fornicar con muchos demonios y, lo que es más grave, no abandonándolo y repudiándolo abiertamente, como hacen los apóstatas; lo que haces es permanecer en la casa de tu marido y admitir en ella a los adúlteros. Con otras palabras: como cristiano, no abandonas la Iglesia, consultas a los astrólogos, o a los arúspices, o a los augures o a los hechiceros. Como alma adúltera, no dejas la casa de tu marido y, sin romper el matrimonio con él, te entregas al adulterio. Se te dice: No tomes en vano el nombre del Señor tu Dios (Ex 20,7). No pienses que Cristo es una criatura, porque tomó por ti una criatura. Y tú desprecias al que es igual al Padre y una sola cosa con el Padre (cfr. Jn 10,30)..
Se te dice que guardes espiritualmente el sábado (cfr. Ex 20,8), no como lo observan los judíos, evitando todo trabajo físico, pues quieren quedar libres para ocuparse en sus bagatelas y lujurias. Mejor estaría el judío haciendo algo útil en su campo que alborotando en el teatro. Y mejor estarían sus mujeres trabajando la lana en sábado que danzando impúdicamente todo el día en sus balcones.
A ti, en cambio, se te ordena que guardes espiritualmente el sábado: en la esperanza del futuro descanso que el Señor te promete. Pues todo el que hace lo que puede en pro de ese descanso futuro, aunque parezca trabajoso lo que hace, si lo refiere a la fe del descanso prometido, todavía no goza el sábado en la realidad, pero lo posee en la esperanza. En cambio, tú quieres descansar para sufrir fatiga, siendo así que deberías sufrir fatiga para descansar. Se te dice: Honra a tu padre y a tu madre (Ex 20,12); tú, en cambio, haces a tus padres la afrenta que no quieres sufrir de tus hijos. Se te dice: No matarás (Ex 20,13); tú, sin embargo, quieres matar a tu enemigo, y quizá tal vez no lo haces por temor al juez humano, no porque pienses en Dios. ¿Ignoras que él es testigo de tus pensamientos? Aunque siga en vida el que tú quieres que muera, Dios te considera homicida en tu corazón (1Jn 3,15). Se te dice: No cometerás adulterio (Ex 20,14), esto es, no te acercarás a otra mujer que no sea la tuya. En cambio tú exiges eso de tu mujer y no quieres corresponderle con lo mismo, y, no obstante, que debas ir por delante de tu mujer en la virtud, puesto que la castidad es una virtud, caes a la primera acometida de la pasión, y queriendo que tu mujer salga vencedora, tú yaces por tierra derrotado.
Cuando ordena esto, la palabra de Dios es el adversario. Pues los hombres no quieren hacer lo que quiere la palabra de Dios. Y ¿qué diré? ¿Qué es adversario la palabra de Dios porque manda? Yo mismo temo convertirme en adversario de algunos por decir estas cosas. ¿Y qué me importa? Hágame fuerte aquel que me infunde temor para que hable sin temer las lamentaciones de los hombres. Los que no quieren ser fieles a sus mujeres -y abundan los tales- no quieren que yo diga esto. Pero he de decirlo, lo quieran o no. Porque, si no os exhorto a poneros de acuerdo con el adversario, entraré yo en conflicto con él. Quien os manda a vosotros que seáis fieles a vuestras mujeres es el que me manda a mí hablar. Si vosotros os convertís en adversario suyo cuando no hacéis lo que os manda, yo me constituiré en adversario suyo si no digo lo que me manda decir.
   (Serm. 9, 2-3)




EN BREVE...Preocupáos ante todo de no dejaros tentar si no entendéis aún las Escrituras santas; si las entendéis, de no ensoberbeceros; lo que no entendéis dejadlo para otro momento con respeto, y lo que entendéis, acogedlo con sentimientos de caridad. (Serm. 51, 35)

II Domingo de Cuaresma

De la nube salió una voz que decía:
Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escuchadle.
(Mt 17, 5)
(Jesucristo) quien ha destruido la muerte
e iluminado la vida inmortal
por medio del Evangelio.
(2 Tim 1, 10)



Dios no te reserva algo suyo, sino a sí mismo
Así, pues, al cubrirlos a todos la nube y haciendo en cierto modo una sola tienda para ellos, sonó también desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado. Allí estaba Moisés, allí Elías. No se dijo: «Estos son mis hijos amados». Una cosa es, en efecto, el Hijo único, y otra los adoptados. Se encarecía a aquel de quien se gloriaban la Ley y los Profetas. Este es —dice— mi hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle(Mt 17,5; Lc 9,35), puesto que es él a quien habéis escuchado en los Profetas y en la Ley. Y ¿dónde no 1e oísteis a él? Al oír esto, ellos cayeron a tierra18. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. Aquí está el Señor, aquí la Ley y los Profetas; el Señor, en cuanto Señor; la Ley, personificada en Moisés, la Profecía, personificada en Elías. Pero estos en condición de siervos, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.
Por tanto, el que ellos cayeran a tierra simbolizó nuestra muerte, puesto que se dijo a la carne: Eres tierra y a la tierra irás (Jn 3,19) . A su vez, el que el Señor los levantase simbolizó nuestra resurrección. Una vez que esta haya tenido lugar, ¿de qué te sirve la Ley? ¿De qué te sirve la Profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés. Te queda el que en el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Te queda el que Dios es todo en todo (cfr. 1Cor 15,28). Allí estará Moisés, pero no ya la Ley. Allí veremos también a Elías, pero ya no al profeta. Pues la Ley y los Profetas dieron testimonio de Cristo, esto es, que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de entre los muertos y entrase en su gloria (cfr. Lc 24,44-47). Tras la resurrección tendrá lugar lo que Dios prometió a los que lo aman: El que me ame será amado de mi Padre y yo también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?» Y me manifestaré a él (Jn 14,21). ¡Gran don, gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo promete? Te crees rico; pero si no tienes a Dios, ¿qué tienes? Otro es pobre pero, si tiene a Dios, ¿qué no tiene?
Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña: desciende, predica la palabra, insta a tiempo y a destiempo, arguye, exhorta, reprende con toda longanimidad y doctrina (cfr. 2Tim 4,2). Fatígate, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad, por la blancura y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor. En efecto, cuando se leyó al Apóstol, le oímos decir en elogio de la caridad: No busca sus cosas (1Cor 13,5). No busca sus cosas, puesto que dona las que posee. Lo mismo dice en otro lugar pero en términos más peligrosos, si no los entiendes bien. Pues, siempre con referencia a la caridad misma, el Apóstol, dando órdenes a los fieles, los miembros de Cristo, dice: Nadie busque lo suyo, sino lo del otro. Efectivamente, nada más oír esto, el avaro, como buscando lo ajeno en actitud de negociante, maquina fraudes para así embaucar a quien sea y buscar, en vez de lo propio, lo ajeno. Eche el freno la avaricia y suéltelo la justicia; escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo propio, sino lo del otro. Pero si tú, avaro, te opones a este precepto y prefieres ampararte en él para desear lo ajeno, renuncia a lo tuyo. Mas como te conozco, quieres poseer lo tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para obtener lo ajeno; sufre un robo que te haga perder lo tuyo. No quieres buscar lo tuyo, sino que quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, ¡oh avaro!; escucha. En otro pasaje te expone el Apóstol con más claridad el texto: Nadie busque lo suyo, sino lo del otro. Dice de sí mismo: Pues no busco mi utilidad, sino la de muchos, para que se salven (1Cor 10,33). Pedro aún no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Lo que te dice ahora es: «Desciende a fatigarte en la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la vida para encontrar la muerte; bajó el pan para sentir hambre; bajó el camino para cansarse en el trayecto; descendió el manantial para tener sed, y ¿rehúsas fatigarte tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad».
 (Serm. 78, 3-6)




EN BREVE...No te quedes vacía, alma mía, no endurezcas el oído del corazón con el tumulto de tus vanidades. Escucha también tú: la Palabra misma te grita que vuelvas.... Pon, pues, en Él tu morada, alma mía, confía en Él todo lo que de Él recibes (Conf. 4,11)

Escuchar - El signo de la segunda semana

Este es mi Hijo Amado, Escuchadle (Mt 17,5)

La voz de la montaña abre esta segunda semana de cuaresma. Es la voz de Dios que explica lo que se está viendo. Jesús en medio de Moisés y Elías, el blanco que les envuelve, las tres chozas... Todo ello son imágenes con múltiples significados.
Y entonces la Voz del cielo explica lo que se ve. "Este es mi Hijo Amado". Y todo cobra sentido.

Quien escucha la voz de Dios aprende a ver la vida como Dios la ve, a elegir los caminos de Dios, a ser fiel a su Maestro interior. A veces todo consiste en esto, en escuchar, en no tener el corazón endurecido.... Por eso en mitad del desierto la cuestión no es tanto caminar más o menos, llegar antes o después.... la cuestión es no separarse de quien nos guía, no endurecer el corazón, como les pasó a los hebreos en Meribá (Sal 95 y Sal 106). La cuestión radica en escuchar la voz de Dios

Sábado de la primera semana

No os acomodéis a este mundo,
antes transformaos con una mentalidad nueva,
para discernir la voluntad de Dios,
lo que es bueno y aceptable y perfecto.
.
(Rom 12, 2)








DE LOS "SERMONES" DE SAN AGUSTÍN, OBISPO  (Serm. 216, 4)

La conversión es el paso necesario para alcanzar la vida eterna

Acercaos, pues, a él con corazón contrito, puesto que está cerca de los contritos de corazón, y os salvará a vosotros, los humildes de espíritu. Acercaos a porfía para que os ilumine (cf. Sal 33, 6). Vivís todavía en las tinieblas y las tinieblas moran en vosotros; pero seréis luz en el Señor (cf. Ef 5, 8) que alumbra a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9). Fortaleceos frente al mundo, reformaos para Dios. Comience ya a hastiaros la cautividad babilónica. Ved que Jerusalén, la madre celestial, llena de alegría os sale al encuentro en los caminos, os solicita que deseéis la vida, que améis ver días buenos (cf. Sal 33, 13), esos de que nunca disfrutasteis ni disfrutaréis en este mundo. En él se disipaban, cual humo, vuestros días; su ir a más fue ir a menos, su crecer fue desfallecer y su ascender desvanecerse. Quienes vivisteis para el pecado durante muchos y malos años, desead vivir para Dios; no por muchos años, que alguna vez han de acabarse y que se apresuran a perecer en las sombras de la muerte, sino años buenos y cercanos en verdad a la verdadera vida, donde no sentiréis la fatiga de hambre o sed alguna, porque vuestro alimento será la fe y vuestra bebida la sabiduría. Ahora, poseyendo la fe, bendecís al Señor en la Iglesia; pero entonces, poseyendo ya la realidad, os regarán con toda abundancia las fuentes de Israel.


EN BREVE...Ponte a prueba también tú mismo. Desagrádete siempre lo que eres si quieres llegar a lo que aún no eres, pues donde hallaste complacencia en ti, allí te quedaste. Mas si has dicho: «Es suficiente», también pereciste. Añade siempre algo, camina continuamente, avanza sin parar; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Quien no avanza, queda parado; quien vuelve a las cosas de las que se había alejado, retrocede; quien apostata, se desvía. Mejor va un cojo por el camino que un corredor fuera de él. Vueltos al Señor... (Serm. 169, 18)

Viernes de la primera semana

Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos
y no somos sinceros.
Si confesamos nuestros pecados,
él es fiel y justo para perdonarnos los pecados
y limpiarnos de todo delito.

(1Jn 1, 8-9)





Condena tus pecados para unirte a Dios

Pues muchos han amado sus pecados y muchos han confesado sus pecados, ha puesto el acento ahí: en que quien confiesa sus pecados y acusa sus pecados ya obra con Dios. Dios acusa tus pecados; si también tú los acusas, te unes con Dios. Hombre y pecador: son como dos realidades. Dios ha hecho lo que oyes nombrar «hombre»; ese hombre mismo ha hecho lo que oyes nombrar «pecador». Para que Dios salve lo que ha hecho, destruye tú lo que has hecho. Es preciso que odies en ti tu obra y ames en ti la obra de Dios. Ahora bien, cuando empiece a disgustarte lo que has hecho, a partir de entonces empiezan tus obras buenas, porque acusas tus obras malas. Inicio de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Haces la verdad y vienesa la luz. ¿Qué significa «haces la verdad»? No te halagas, no te lisonjeas, no te adulas; porque eres inicuo no dices «soy justo», y comienzas a hacer la verdad. Por otra parte, vienes a la luz, para que se manifiesten tus obras, porque están hechas según Dios, ya que esto mismo, que te desagrada tu pecado, no sucedería si Dios no te iluminase y su verdad no te lo mostrase. Pero quien, aun amonestado, ama sus pecados, odia la luz amonestadora y la rehúye, para que no sean argüidas sus malas obras que ama. Quien, en cambio, hace la verdad, acusa en su persona sus males, no se tiene consideración, para que Dios le perdone no se perdona porque él mismo reconoce lo que quiere que Dios perdone, y viene a la luz, a la que agradece haberle mostrado lo que él había de odiar en su persona. Dice a Dios: Aparta de mis pecados tu rostro. Y ¿con qué cara lo dice, si no dijera a su vez: Porque yo reconozco mi fechoría y mi pecado está delante de mí? Esté ante ti lo que no quieres que esté ante Dios. Si, en cambio, pones detrás de ti tu pecado, Dios te lo dirigirá ante tus ojos, y lo dirigirá cuando ya no habrá fruto alguno de la enmienda.
Corred, hermanos míos, para que no os envuelvan las tinieblas. Sin tregua trabajad para vuestra salvación; trabajad sin tregua, mientras hay tiempo: nadie permita que se le impida venir al templo de Dios, nadie permita que se le impida hacer la obra del Señor, nadie permita que se le impida la oración continua, nadie permita que se le distraiga de la devoción habitual. Trabajad, pues, sin tregua, cuando es de día, luce el día: Cristo es el día. Está dispuesto a perdonar, pero a los que reconocen su pecado; en cambio, lo está a castigar a quienes se defienden, se jactan de ser justos y suponen ser algo, aunque son nada. Ahora bien, quien camina en su amor y en su misericordia, liberado también de pecados cuales son crímenes, homicidios, hurtos, adulterios y robos —letales y grandes por relación a los que parecen ser menudos, pecados de la lengua o de los pensamientos o de inmoderación en cosas lícitas—, hace la verdad de la confesión y por las obras buenas viene a la luz, porque muchos pecados menudos matan si se los descuida. Menudas son las gotas que llenan los ríos; menudos son los granos de arena; pero, si se amontona mucha arena, oprime y aplasta. La sentina, si se la descuida, hace lo que al precipitarse hace el oleaje: paulatinamente entra por la sentina; pero, si entra largo rato y no se lo saca, hunde la nave. Ahora bien, ¿qué significa sacar, sino con obras buenas —gimiendo, ayunando, repartiendo, perdonando— tratar de que los pecados no ahoguen?
Por otra parte, el viaje de este mundo es molesto, está lleno de tentaciones: ¡en la prosperidad no encumbre, en la adversidad no desanime! Quien te ha dado la felicidad de este mundo, te la ha dado para tu consuelo, no para tu seducción. A la inversa, quien te flagela en este mundo lo hace para tu enmienda, no para tu condena. Soporta al padre educador, para que no sientas al juez castigador. Cotidianamente os digo estas cosas y han de decirse con frecuencia, porque son buenas y saludables.
 (In Io. Ev. tr. 12, 13-14)



Pero Tú, Señor, eres bueno y misericordioso; con tu mano entras en mis entrañas de muerte y purificas el abismo de corrupción que hay en mi alma, en el momento en que no quise ya lo que antes quería y quise, en cambio, lo que tu querías. (Confess. 9, 1)


Borrada la iniquidad

¿Qué aconteció después de mi juventud? Me enseñaste, dice, desde mi juventud. Luego ¿qué sucedió después de mi juventud? En tu primera conversión aprendiste que antes de ella no fuiste justo, sino que precedió a ella la iniquidad; mas, borrada la iniquidad, sucedió la caridad. Y, ya renovado en nuevo hombre, en esperanza únicamente, mas no aún en realidad, aprendiste que no precedió bien alguno tuyo y que por la gracia de Dios te convertiste al Señor. ¿Quizá convertido tendrás algo propio, por lo que podrás presumir de tus propias fuerzas?" 
(Comentario al Salmo 70, 2, 3).

La utilidad del Ayuno




EXORDIO

El ayuno como ofrenda a Dios

El ayuno como ofrenda a Dios es propio de los hombres y no de los ángeles. He sido invitado a hablaros sobre la utilidad del ayuno. También Dios nos invita, y el tiempo mismo nos apremia. Esta práctica, esta virtud del alma, esta pérdida de la carne y ganancia del espíritu los ángeles no se la pueden ofrecer a Dios. En efecto, allí en el cielo todo es abundancia y seguridad sempiterna; y por eso no hay defecto alguno, porque todo el amor es hacia Dios. Allí Dios es el pan de los ángeles, y Dios se hace hombre para que el hombre coma el pan de los ángeles1. Aquí en la tierra, todas las almas, que tienen una carne terrena, sacian sus vientres de la tierra; allí los espíritus racionales, gobernando a los cuerpos celestes, llenan de Dios sus mentes. Tanto aquí como allí hay alimento, pero el alimento de aquí, cuando nutre, se acaba, y llena el vientre de modo que él se disminuye; en cambio, el alimento de allí, a la vez que llena, permanece igualmente entero. De este alimento Cristo nos ha indicado que tengamos hambre, cuando dice: Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados2.

Jueves de la primera semana

Os digo que, de la misma manera, habrá más fiesta en el cielo
por un pecador que se arrepienta
que por noventa y nueve justos
que no necesitan arrepentirse.e
.
(Lc 15, 7)




Este es el tiempo de la misericordia en el que se nos concede corregirnos

Pues ahora, cuando obras el mal, piensas que eres bueno porque no quieres verte. Reprendes a otros, pero no te miras a ti mismo; acusas a otros, pero no piensas en ti; pones a otros ante tus ojos, pero a ti te pones a tu espalda. Cuando yo te arguyo, hago justamente lo contrario. Te aparto de tu espalda y te coloco ante tus propios ojos. Te verás y llorarás y entonces no habrá ya modo de que te corrijas. Desprecias el tiempo de la misericordia, pero vendrá el tiempo del juicio, puesto que tú mismo me cantaste en la iglesia: Te cantaré, Señor, la misericordia y el juicio (Sal 100,1). De nuestra propia boca sale y por doquier las Iglesias proclaman: Te cantaré, Señor, la misericordia y el juicio. Es tiempo de misericordia, para que nos corrijamos; aún no ha llegado el momento del juicio. Hay lugar, hay espacio; hemos pecado, corrijámonos. Aún no ha llegado a su término nuestra vida, aún quedan días, aún no hemos entregado el aliento; no perdamos la esperanza que es aún peor. En efecto, en atención a los pecados excusables de los hombres, tanto más frecuentes cuanto menores, estableció Dios en la Iglesia, durante este tiempo, una medicación diaria para otorgar la misericordia, de modo que podemos decir: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6,12), para que, lavada nuestra cara con estas palabras, nos acerquemos al altar, y lavada nuestra cara con estas palabras, participemos del cuerpo y de la sangre de Cristo.
 (Serm. 17, 5)


Os gustan estas palabras; en cambio yo quiero hechos. no queráis entristecerme con vuestro comportamiento malvado, porque mi alegría en esta vida no es otra que vuestra vida buena. (Serm. 17, 7)


Miércoles de la primera semana

Dios creó al hombre para la inmortalidad
y lo hizo imagen de su propio ser;
24 pero la muerte entró en el mundo por la envidia del Diablo
y los de su partido pasarán por ella.
.
(Sab 2, 23-24)







El bien que haces es Dios quien lo hace; el mal que haces, eres tú quien lo hace

Si -como dije- pretendes atribuir tus pecados a otros: o al destino, o al hado o al diablo, y no a ti mismo y, a su vez, pretendes atribuirte a ti mismo las buenas obras y no a Dios, andas fuera del camino. La verdad, en cambio, es esta: todo lo malo que haces, lo haces por tu propia maldad; lo que haces bien, lo haces por la gracia de Dios.

Pero considerad cómo no sé que hombres, sin quererlo, acaban blasfemando hasta el punto de querer acusar a Dios. Pues cuando uno comienza a echar la culpa al destino, sosteniendo que él le obligó a pecar y que fue él mismo el que pecó en él; cuando comienza a echar la culpa al hado, se le pregunta: «¿Qué es el destino, qué es el hado?» Y comienza a decir que los astros le forzaron a pecar. Considerad cómo de un modo paulatino su blasfemia se dirige contra Dios ¿Quién puso los astros en el cielo? ¿No fue Dios, el creador de todas las cosas? Por tanto, si él puso allí los astros que te fuerzan a pecar, ¿no te parece que es él mismo el causante de tus pecados? Advierte cuán fuera de camino andas tú, oh hombre, que, mientras Dios te acusa de tus pecados, no para castigarte, sino para liberarte a ti, corregidos ellos, tú, al contrario, a causa de tu mismo extravío, cuando haces algún bien te lo asignas a ti, y cuando haces algún mal lo cargas a Dios. Da marcha atrás de ese extravío; entra en el recto camino, comienza a oponerte a ti mismo y a llevarte la contraria. ¿Qué te decías antes?: «Lo que hago bien, lo hago yo; lo que hago mal, lo hace Dios». La verdad suena, más bien, así: el bien que haces, lo hace Dios; el mal que haces, lo haces tú mismo. Si te dices esto último, no cantas en vano: Yo dije apiádate de mí, Señor, y sana mi alma, porque he pecado contra ti (Sal 40,5). Pues si, cuando obras el mal, lo hace Dios y, cuando obras el bien, lo haces tú, hablas de manera inicua contra Dios. Escucha también a este propósito lo que dice el salmo: No alcéis vuestra frente, ni habléis inicuamente contra Dios (Sal 74,6). Hablabas inicuamente contra Dios cuando querías atribuirte a ti todo el bien y a Dios todo el mal. Cuando alzabas tu frente con orgullo, hablabas inicuamente contra Dios; cuando hablas con humildad, mantienes la equidad. ¿Cuál es la equidad que hablas mantienes al hablar con humildad? Yo dije, apiádate de mí, Señor, y sana mi alma, porque he pecado contra ti (Sal 40,5).
  (Serm. 16/B, 1-2)



La caridad es la raíz de todas las obras buenas. Como la codicia es la raíz de todos los males (1 Tim 6, 10), así también la raíz de todos los bienes es la caridad. (Serm. 223/E, 2)