La imagen del ciego de nacimiento y de la ceguera de los fariseos, incapaces de reconocer la bendición de Dios en la persona de Jesús, os acompaña esta semana.
La naturaleza humana nos hace juzgar por apariencias, equivocarnos al valorar. Pero Dios sana esta ceguera de nacimiento desde nuestra propia naturaleza. No nos transforma en "super hombres", sino que se hace hombre para que seamos capaces de mirar como mira Él.
Mirar - El signo de la cuarta semana
Sábado III Semana de Cuaresma
"Os exhorto, hermanos, a presentar vuestros cuerpos
como hostia viva, santa, agradable a Dios;
este es vuestro culto espiritual".(Rom 12, 1)
como hostia viva, santa, agradable a Dios;
este es vuestro culto espiritual".(Rom 12, 1)
El sacrificio de la comunidad cristiana
Así, pues, el verdadero sacrificio es toda obra hecha para unirnos a Dios en santa alianza, es decir, referido a la meta de aquel bien que puede hacernos de verdad felices. Y así, aun la misericordia con que se socorre al hombre, si no se hace por Dios, no es sacrificio. Pues aunque sea hecho u ofrecido por el hombre, el sacrificio es una obra divina. Tal es el significado que aun los latinos antiguos dieron a esta palabra. De ahí viene que el mismo hombre, consagrado en nombre de Dios y ofrecido a Dios, en cuanto muere para el mundo a fin de vivir para Dios, es sacrificio. Pues esto pertenece a la misericordia que cada uno practica para sí mismo. Por eso está escrito: Compadécete de tu alma haciéndola agradable a Dios (Sir 30,24).
También es sacrificio el castigo que infligimos a nuestro cuerpo por la templanza si, como debemos, lo hacemos por Dios, a fin de no usar de nuestros miembros como arma de iniquidad para el pecado, sino como arma de justicia para Dios. Exhortándonos a esto dice el Apóstol: Por ese cariño de Dios os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vuestra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico (rom 12,1). Si el cuerpo, pues, de que usa el alma como un siervo inferior o como un instrumento, cuando su uso bueno y recto se refiere a Dios, es sacrificio, ¿cuánto más se hace sacrificio la misma alma cuando se refiere a Dios, para que, encendida en el fuego de su amor, pierda la forma de la concupiscencia del siglo, y se reforme como sometida a la forma inconmutable, resultándole así agradable por ser iluminada de su hermosura? Esto mismo añade el Apóstol de inmediato: Y no os amoldéis al mundo éste, sino id transformándoos con la nueva mentalidad para ser vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado (Rom 12,2).
Los verdaderos sacrificios, pues, son las obras de misericordia, sea para con nosotros mismos, sea para con el prójimo; obras de misericordia que no tienen otro fin que librarnos de la miseria y así ser felices; lo cual no se consigue sino con aquel bien, del cual está escrito: Para mí lo bueno es estar junto a Dios (Sal 72,28). De aquí ciertamente se sigue que toda la ciudad redimida, o sea, la congregación y sociedad de los santos, se ofrece a Dios como un sacrificio universal por medio del gran Sacerdote, que en forma de esclavo se ofreció a sí mismo por nosotros en su pasión, para que fuéramos miembros de tal Cabeza; según ella, es nuestro Mediador, en ella es sacerdote, en ella es sacrificio.
Por eso nos exhortó el Apóstol a ofrecer nuestros propios cuerpos como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como nuestro culto auténtico, y a no amoldarnos a este mundo, sino a irnos transformando con la nueva mentalidad; y para demostrarnos cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, conveniente y agradable, ya que el sacrificio total somos nosotros mismos, dice: En virtud del don que he recibido, aviso a cada uno de vosotros, sea quien sea, que no se tenga en más de lo que hay que tenerse, sino que se tenga en lo que debe tenerse, según el cupo de fe que Dios haya repartido a cada uno. Porque en el cuerpo, que es uno, tenemos muchos miembros, pero no todos tienen la misma función; lo mismo nosotros, con ser muchos, unidos a Cristo formamos un solo cuerpo, y respecto de los demás, cada uno es miembro, pero con dotes diferentes, según el regalo que Dios nos haya hecho. Éste es el sacrificio de los cristianos: unidos a Cristo formamos un solo cuerpo (Rom 12,3-5). Éste es el sacramento tan conocido de los fieles que también celebra asiduamente la Iglesia, y en él se le demuestra que es ofrecida ella misma en lo que ofrece.
(Civ Dei X, 6)
Viernes III Semana de Cuaresma
"Un espíritu humillado es sacrificio a Dios,
un corazón desgarrado y humillado, Dios no lo desprecias".(Sal 51, 19)
un corazón desgarrado y humillado, Dios no lo desprecias".(Sal 51, 19)
Hacer el bien es el verdadero sacrificio
Por consiguiente, hemos de estar convencidos de que Dios no necesita no sólo del ganado ni de cualquier otra cosa corruptible o terrena, sino ni siquiera de la misma justicia del hombre; y todo aquello con que se da culto a Dios cede en provecho del hombre, no de Dios. Como nadie pensará que favorece a la fuente, cuando bebe, o a la luz, cuando ve.Ni el hecho de los sacrificios hechos por los antepasados en las víctimas de los animales, que hoy lee el pueblo de Dios y ya no practica, se ha de pensar significaba otra cosa que por aquellas cosas se significaba lo que se realiza en nosotros para unirnos a Dios y conducir al mismo fin a nuestro prójimo. El sacrificio visible, pues, es el sacramento o signo sagrado del sacrificio invisible. Por eso dice el penitente en el profeta, o el mismo profeta, buscando tener propicio a Dios por sus pecados: Si hubieras querido un sacrificio, te lo hubiera ofrecido; Tú no te deleitarás con los holocaustos. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado Tú no lo desprecias (Sal 50,18-19) Veamos cómo donde dice que Dios no quiere sacrificio, allí muestra que sí lo quiere. No quiere el sacrificio del animal muerto, pero quiere el sacrificio del corazón contrito.
Por eso se dice en otro lugar de otro salmo: Si tuviera hambre, no te lo diría; pues el orbe y cuanto lo llena es mío. ¿Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos? Como si dijera: Si me fueran ciertamente necesarios, no te pediría a ti lo que está en mi poder. Luego, añadiendo lo que significan, dice: Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza, cumple tus votos al Altísimo e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria (Sal 49,14-15)
.También en la epístola a los Hebreos se dice: No os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son los que agradan a Dios (Heb 13,16). Por eso aquel texto quiero lealtad, no sacrificios (Os 6,6) debe entenderse como la preferencia de un sacrificio sobre el otro, ya que lo que todos llaman sacrificio es el signo del verdadero sacrificio. Pero la misericordia es el verdadero sacrificio
(Civ Dei X, 5)
Jueves III Semana de Cuaresma
"No quieres sacrificio ni ofrenda…
Por eso he dicho: Aquí estoy.
Señor, esto deseo,
tu Ley en lo profundo de mi corazón".(Sal 40, 7.8.9)
Por eso he dicho: Aquí estoy.
Señor, esto deseo,
tu Ley en lo profundo de mi corazón".(Sal 40, 7.8.9)
El culto verdaderamente agradable a Dios
A éste le debemos el servicio, llamado en griego λατρεία, ya en algunos ritos sagrados, ya en nosotros mismos. Somos, en efecto, todos a la vez y cada uno en particular, templos suyos, ya que se digna morar en la concordia de todos y en cada uno en particular (1Cor 3,16-17), sin ser mayor en todos que en cada uno, puesto que ni se distiende por la masa ni disminuye por la participación. Cuando nuestro corazón se levanta a Él, se hace su altar: lo aplacamos con el sacerdocio de su primogénito; le ofrecemos víctimas cruentas cuando por su verdad luchamos hasta la sangre; le ofrecemos suavísimo incienso cuando en su presencia estamos abrasados en religioso y santo amor; le ofrendamos y devolvemos sus dones en nosotros, y a nosotros mismos en ellos; en las fiestas solemnes y determinados días le dedicamos y consagramos la memoria de sus beneficios a fin de que con el paso del tiempo no se nos vaya introduciendo solapadamente el olvido; con el fuego ardiente de caridad le sacrificamos la hostia de humildad y alabanza en el ara de nuestro cuerpo. Para llegar a verlo como Él puede ser visto, y para unirnos a Él, nos purificamos de toda mancha de pecado y malos deseos, y nos consagramos en su nombre. Él es fuente de nuestra felicidad, es meta de nuestro apetito. Eligiéndolo a Él, o mejor reeligiéndolo, pues lo habíamos perdido por negligencia; reeligiéndolo a Él, de donde procede el nombre de «religión», tendemos a Él por amor para descansar cuando lleguemos; y de este modo somos felices, porque en aquella meta alcanzamos la perfección. Nuestro bien, sobre cuya meta tal debate hay entre los filósofos, no es otro que unirnos a Él: su abrazo incorpóreo, si se puede hablar así, fecunda el alma inmortal y la llena con verdaderas virtudes. Se nos manda amar este bien con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. A este bien debemos llevar a los que amamos y ser llevados por los que nos aman. Así se cumplen los dos mandamientos en que consiste la Ley y los Profetas: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda su mente, y Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,32-37) Para que el hombre supiese amarse se le puso delante la meta, adonde tenía que dirigir todo lo que hacía para ser feliz. Y esta meta es unirse a Dios (Sal 72,28). Ahora bien, cuando se manda a uno, que sabe amarse a sí mismo, que ame al prójimo como a sí mismo, ¿qué otra cosa se le manda sino que le recomiende, cuando puede, que ame a Dios? Éste es el culto de Dios; ésta, la verdadera religión; ésta, la piedad recta; ésta, la servidumbre debida sólo a Dios.
(Civ Dei X, 3.2)
Miércoles - III semana
"Buscad primero el reino de Dios y su justicia,
y todo lo demás se os dará por añadidura".(Mt 6, 33)
y todo lo demás se os dará por añadidura".(Mt 6, 33)
Cristo habita en el hombre interior
De todos modos, este esperad en el Señor está expresado de una manera un tanto misteriosa. ¿Cuál es el objeto de la espera, sino el bien? Pero como cada cual pretende pedirle a Dios el bien que ama, y como, por otra parte, no resulta nada fácil encontrar personas que amen los bienes interiores, o sea, tocantes al hombre interior -los únicos que hay que amar, porque del resto sólo hay que hacer uso para subvenir las necesidades perentorias, no para recabar gozo-, tras haber dicho esperad en el Señor, sorprendentemente añadió: Hay muchos que dicen: ¿quién nos hará ver el bien? Este apóstrofe y esta pregunta se la formulan a diario todos los tontos y malvados por dos motivos: primero, porque anhelan la paz y la tranquilidad de la vida mundana y no la encuentran a causa de la degeneración de la raza humana, teniendo al mismo tiempo la osadía de criticar la situación real del mundo cuando, arropados en sus propios merecimientos, estiman que cualquier tiempo pasado fue mejor. Segundo, cuando dudan o desesperan de la vida futura que nos está prometida y repiten con machaconería: ¿Quién sabe si todo eso es verdad? ¿Quién ha vuelto de entre los muertos para decirnos que todo eso es así? De manera espléndida, pero en síntesis, el profeta ha puesto de relieve a los que tienen una visión interior cuáles son los bienes que deben constituir objeto de su búsqueda, dando respuesta a la pregunta de aquellos que dicen: ¿quién nos hará ver el bien? Y sigue diciéndoles: La luz de tu rostro, Señor, está grabada en nosotros. Esta luz es el bien total y auténtico del hombre, oculta a los ojos, pero visible a la razón. Y dijo grabada en nosotros, usando el símil de las monedas, que llevan acuñada la efigie del rey. En efecto, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios (Gen 1,26), pero la echó a perder con el pecado. Por tanto, el bien verdadero y eterno del hombre es troquelar esa moneda mediante la regeneración, o sea, volviendo a nacer. (...) Has puesto en mi corazón la alegría. No deben buscar fuera esta alegría quienes, siendo aún pesados de corazón, aman la falsedad y buscan el engaño. Deben buscarla dentro, donde está grabada la imagen de tu rostro. Cristo habita en el hombre interior (Ef 3,17), en expresión del Apóstol. Competencia de Cristo es ver la verdad, pues fue él quien dijo: Yo soy la verdad (Jn 14,6).
Pero los hombres que van en pos de las realidades temporales -y realmente son muchos-, al no ser capaces de ver dentro de sí mismos los bienes auténticos y garantizados, no saben sino repetir: ¿Quién nos hará ver el bien?
(En. in Ps. 4, 8-9)
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Martes - III semana
"Venid los sedientos todos, acudid por agua
quien no tenga dinero venga igualmente,
comprad y comed sin dinero
vino y leche de balde".(Is 55, 1)
quien no tenga dinero venga igualmente,
comprad y comed sin dinero
vino y leche de balde".(Is 55, 1)
La justa sed de Dios
Mi alma tiene sed de ti. He aquí el desierto de Idumea. Mirad cómo aquí siente sed, pero fijaos cómo esta sed es buena: Tiene sed de ti. Porque hay quienes tienen sed, pero no de Dios. Todo el que desea conseguir alguna cosa, arde en deseos de ella: este deseo es la sed del alma. Y fijaos cuántos deseos hay en el corazón de los hombres: uno desea oro, otro plata; éste desea propiedades, aquél otro herencias; uno dinero en abundancia, el otro abundantes ganados; éste desea una casa grande, el otro tener una esposa; uno honores, el otro hijos. Ya veis cómo todos estos deseos están en el corazón del hombre. Todos los hombres arden en estos deseos; y apenas se encuentra uno que diga: Mi alma tiene sed de ti. Tienen los hombres sed del mundo, sin darse cuenta de que se encuentran en el desierto, donde su alma debe sentir sed de Dios.
Debemos, pues, estar sedientos de la sabiduría, debemos estar sedientos de la justicia. Y no nos saciaremos de ella, ni sentiremos su hartura, hasta que termine esta vida, y se cumplan en nosotros las promesas de Dios. Dios nos ha prometido que seremos como los ángeles. y los ángeles no tienen sed como la sentimos nosotros ahora, ni tienen hambre como nosotros; están saciados de verdad, de luz, de sabiduría inmortal. Por eso son felices; y lo son con una tan grande felicidad porque están en aquella ciudad, la Jerusalén celestial, hacia la que nosotros vamos ahora caminando, y ellos nos ven como desterrados, se compadecen de nosotros, y por mandato del Señor nos prestan auxilio para que volvamos en algún momento a aquella patria común, y allí, junto con ellos, nos saturemos por fin de la verdad y la eternidad en la fuente que el Señor nos tiene preparada. Que ahora nuestra alma tenga sed. ¿Pero cómo tendrá sed nuestra carne, y esto de una manera ardiente y ansiosa? Y mi carne, dice, está suspirando ansiosamente por ti. Tiene esto sentido porque a nuestra carne también se le ha prometido la resurrección. Así como a nuestra alma se le promete la felicidad, así también a nuestro cuerpo se le promete la resurrección. Sí, esa resurrección de la carne se nos ha prometido; oídlo y aprendedlo, guardad en la memoria cuál es la esperanza de los cristianos, por qué somos cristianos. No somos cristianos para alcanzar con nuestras súplicas una felicidad terrena, que poseen incluso muchos ladrones y delincuentes. No, los cristianos estamos destinados a otra felicidad, que la recibirnos cuando la vida de este mundo haya pasado completamente. Así que también se nos promete la resurrección de la carne, pero una resurrección tal, que este cuerpo que ahora llevamos, al final resucitará. No, no os parezca increíble. Porque si Dios nos ha creado a nosotros, que no existíamos, ¿le será muy costoso reparar lo que éramos? […] La resurrección de la carne que se nos promete, es tal, que aunque resucite la misma carne que ahora tenemos, no va a ser corruptible como lo es ahora.
(En. in Ps. 62, 5-6)
Lunes III semana
"¡Qué preciosa es tu gracia, oh Dios!
En ti está la fuente de la vida,
tu luz nos hace ver la luz".(Sal 36, 8.10)
En ti está la fuente de la vida,
tu luz nos hace ver la luz".(Sal 36, 8.10)
La dulzura interior por Dios
Ánimo, hermanos, tratad de comprender mi anhelo, haceos partícipes conmigo de este mi deseo; tengamos juntos este amor, juntos tengamos esta sed ardiente, corramos juntos a la fuente para comprender. Suspiremos como el ciervo por la fuente, pero no la fuente del bautismo, que los catecúmenos desean para alcanzar el perdón de sus pecados, sino como ya bautizados, suspiremos por la otra fuente de que habla la Escritura: Porque en ti está la fuente de la vida. Sí, él es la fuente, él es la luz; porque tu luz nos hace ver la luz (Sal 35,10). Si es la fuente y es la luz, con toda razón es también la sabiduría, puesto que sacia el alma ávida de saber; y todo aquel que entiende, es iluminado por una cierta luz no material, no corporal, no exterior, sino interior. Porque existe, hermanos, una luz interior que no la tienen los que no comprenden. Por eso el Apóstol, a los que anhelan esta fuente de vida, y algo perciben de ella, les dirige la palabra el Apóstol con esta recomendación: No viváis ya más como los paganos, que tienen la mente vacía, a oscuras en sus pensamientos, ajenos a la vida de Dios, por la ignorancia que hay en ellos, por la ceguera de su corazón (Ef 4,17-18). Si éstos están a oscuras en su mente, es decir, porque no entienden, andan a ciegas; y por tanto, los que entienden, son iluminados. Corre hacia las fuentes, suspira por las fuentes de agua. En Dios está la fuente de la vida, una fuente inagotable; y su luz es una luz que nunca se oscurece. Suspira por esta luz, por esa fuente y esa luz que tus ojos no conocen. Cuando se ve con esta luz, se habilita tu ojo interior; cuando bebes de esta fuente, la sed interior se inflama. Corre hacia la fuente, suspira por la fuente; pero no de cualquier modo, no corras como cualquier animal: corre como el ciervo. ¿Qué significa como el ciervo? No lo hagas con lentitud; corre veloz, anhela con prontitud la fuente.
(En. in Ps. 41, 2)
...si por un lado me atemoriza lo que soy...
Solemnidad de san José.
Día del Seminario.
Estimado amigo:
Recibí con agrado tu correo electrónico. Mil gracias por tus amables palabras y tu invitación a escribir en el blog del Centro de Espiritualidad Agustiniana Monasterio de la Vid: la Vid digital.
Hablar de la propia experiencia vocacional y lo que ha supuesto en la vida no es un tema nada fácil. ¿Por dónde empezar? ¿Qué decir y cómo?... Muchas preguntas que responder. Opino que, aún siendo un tema rico – la vida de cualquier persona lo es, de hecho, en cualquier lugar y tiempo-, el contenido en sí es complejo. Un buen resumen, compartido por quienes juntos respondimos hace bastantes años con un «Heme aquí», sería el siguiente: a lo largo de estos años, cada uno de nosotros, en parroquias, colegios, en el servicio a Dios y a los hermanos, hemos tratado de ser fieles al Señor, a pesar de nuestra torpeza e indignidad. En la escuela de san Agustín hemos vivido la gracia de la fraternidad y la entrega sacerdotal. ¡Buen resumen!, ¿no te parece?
Es verdad. Tienes razón. Demasiado conciso. Quizás en este párrafo hay algunas expresiones que necesitan ser explicadas. Por ejemplo, la palabra ‘hermanos’, ‘Escuela de san Agustín’, ‘fraternidad’,… Conviene precisarlas más.
Te invito a «dar un paso adelante» juntos. Podemos comenzar por aclarar qué se entiende por ‘cristiano’. A continuación debemos precisar de qué estamos hablando cuando hablamos sobre el ‘sacerdocio ordenado’ o ‘sacerdocio ministerial’. Y, finalmente, ...
El sacerdote es un cristiano. Y eso significa mucho. San Agustín (354-430), obispo de Hipona, hablando a sus feligreses lo resume en la conocida frase: «mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro lado me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo [sacerdote] para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo [sacerdote] connota una obligación, la de cristiano un don» (Serm. 340,1). Somos cristianos. Y, no hay que olvidar que «en la escuela del Señor todos somos condiscípulos» (Serm. 242, 1), hermanos.
Me dices: «De acuerdo, OK» (¡veo que dominas el inglés, felicidades!). Pero al mismo tiempo te cuestionas y me preguntas: «¿Qué entendemos por ser cristiano?» ¡Buena demanda!
Escucha las palabras de Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Deus caritas est, n. 1). ¿Podrías decirme de quién estamos hablando? Perfecto. Veo que nos entendemos. Avancemos y demos un paso más.
Si preguntamos a un teólogo qué es un católico nos hablará seguramente de una persona que cree, celebra y vive el misterio de Jesucristo en el seno de una Iglesia local que está en comunión con la Iglesia de Roma.
Nosotros debemos estar agradecidos a nuestros padres porque un día se preocuparon por acercarnos a Jesús, a la parroquia y/o al colegio, para vivir la fe en el seno de la comunidad cristiana. Un servidor lo está. Es en el regazo de una familia cristiana y en los brazos de la Iglesia local, es decir, en la parroquia/colegio, donde nace la vocación al sacerdocio o la vida religiosa. También otras. Tienes razón. No me olvido de ellas. Todas tienen en común que responden a una invitación del Señor: «¡Ven y sígueme!» (Mt. 19, 21). Por ese motivo, es importante cooperar con los dones recibidos al bien común.
Tracemos un surco más. La solemnidad de San José, día del Seminario, es una buena ocasión para fijar la atención y reflexionar sobre la especificidad del religioso sacerdote.
Los presbíteros, escribe san Agustín, son «los servidores de Cristo, los ministros de su palabra y sacramento» (Ep. 228,2). Y los religiosos sacerdotes aportan, además, en la acción pastoral de la Iglesia lo específico de su carisma. ¿Cuál es lo específico de los agustinos? Como agustinos manifestamos la consagración a Dios por los votos religiosos. San Agustín enseña que nuestra castidad, pobreza y obediencia están especialmente marcados por la vida común: «En primer término, ya que con este fin os habéis congregado en comunidad […], tened una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios» (Regla I,3; I,1). Este signo confiere a nuestra profesión su carácter específico (Cfr. Const. 59). Por ser la Orden de San Agustín una Orden mendicante, el religioso, presbítero o no, se entrega al servicio de la sociedad, conviviendo con ella y proponiéndole un estilo de vida en que sobresale la fraternidad. ¿Qué te parece? ¡Apasionante! En el monasterio de Santa María de la Vid, aprendimos las primeras letras de este NUEVO ABECEDARIO: «...No es los mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón» (Evangelii Gaudium, 266).
Porque no es lo mismo, pongámonos de nuevo en camino como los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-35). Seguro que sale el Señor a nuestro encuentro. ¡Genial! Que así sea. Amén.
A lo largo de estos años uno descubre, al ver a sus propios hermanos y amigos, que el sacerdote y los religiosos sacerdotes «siguen con la mano puesta en el arado, a pesar de la dureza de la tierra y la inclemencia del tiempo» (Mensaje de la XCIV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, 27-11-2009). Comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal en la Iglesia particular.
Estimado amigo: creo que, como cada año, la celebración del Día del Seminario es una buena ocasión para dar un gran salto que permita quitarse el polvo del camino, recoger lo bueno de la vida y lanzarse con ilusión renovada al seguimiento de Jesús con un «Aquí estoy, mándame» (Is. 6, 8) como respuesta. El modelo a seguir, sin duda, es María, Santa María de la Vid: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc. 1, 38).
Ojalá, que las tareas que fueron, las que son y las que vendrán, si Dios quiere, sean un grano que fructifique en la Nueva Evangelización marcada por esa alegría del Evangelio «que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Evangelii Gaudium, 1) y que nos propone la Iglesia.
Un abrazo.
DC
Me invita a salir de la mediocridad
Confieso que El ha sido y está siendo muy "elocuente" conmigo. Aunque no siempre le escucho, casi continuamente le oigo. Me ha hablado cada vez que el dolor, el limite, la enfermedad, el fracaso... han llamado a mi puerta ("estoy a tu puerta y llamo"). Llega para cambiar mis planes y llamarme al desprendimiento.Me habla dentro, "dentro", en lo interior, y me invita a huir de la mediocridad, a no caer en el juicio y el chisme, a quitarme el plomo de las alas, a orar mejor, a acudir al sacramento del perdón.
La Vid es todavía el remanso donde El me habla: a la orilla del rio, a la sombra de las choperas, a los pies de la Virgen...
Me habló siempre por el superior.
Domingo III semana
"Si alguno tiene sed, que venga
y beba quien cree en mí".(Jn 7, 37-38)
y beba quien cree en mí".(Jn 7, 37-38)
Jesús y la Samaritana
Jesús, pues, fatigado del viaje, estaba sentado así sobre la fuente. Era como la hora sexta (Jn 4,6). Ya comienzan los misterios, pues no en vano se fatiga Jesús; no en vano se fatiga la Fuerza de Dios; no en vano se fatiga quien reanima a los fatigados; no en vano se fatiga quien, si nos abandona, nos fatigamos; si está presente, nos afianzamos. Se fatiga empero Jesús y se fatiga del viaje, se sienta; se sienta junto al pozo, y fatigado se sienta a la hora sexta. Todo eso insinúa algo, quiere indicar algo, llama nuestra atención, nos exhorta a aldabear. Abra, pues, a mí y a vosotros quien se dignó exhortar, diciendo: Aldabead y se os abrirá (Mt 7,7). Por ti está Jesús fatigado del viaje. Hallamos a Jesús fuerte y hallamos a Jesús débil; a Jesús fuerte y débil: fuerte porque en el principio existía la Palabra, y la Palabra existía en Dios, y la Palabra era Dios; ésta existía al principio en Dios. ¿Quieres ver cuán fuerte es ese Hijo de Dios? Todo se hizo mediante ella, y sin ella no se hizo nada y todo se hizo sin esfuerzo. ¿Qué, pues, más fuerte que ese mediante quien todo se hizo sin esfuerzo? ¿Quieres conocer que es débil? La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. La fortaleza de Cristo te creó y la debilidad de Cristo te reanimó. La fortaleza de Cristo hizo que existiera lo que no existía; la debilidad de Cristo hizo que lo que existía no pereciese. Con su fortaleza nos creó, con su debilidad nos buscó.
Y llega una mujer, forma de la Iglesia, no ya justificada, sino por justificar ya, porque de ello trata la conversación. Viene ignorante, lo halla y con ella se desarrolla algo. Veamos qué, veamos por qué. Llega una mujer de Samaría a sacar agua (Jn 4,7).
Le dice Jesús: Dame de beber. Por cierto, sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar alimentos. Le dice, pues, la mujer samaritana: ¿Cómo tú, aunque eres judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana? Los judíos, en efecto, no se tratan con samaritanos (Jn 4,7-9). Veis que son extranjeros: en absoluto usaban sus recipientes los judíos. Y, precisamente porque la mujer llevaba un recipiente con que sacar agua, se extrañó de que un judío le pedía de beber, cosa que no solían hacer los judíos. Ahora bien, quien pedía de beber, tenía sed de la fe de esa misma mujer.
Finalmente oye quién pide de beber. Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios y quién es quien te dice: «Dame de beber», tú le habrías tal vez pedido y él te habría dado agua viva. Pide de beber y promete beber. Necesita como para recibir, y está sobrado como para saciar. Si conocieras, dice, el don de Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero a la mujer habla todavía veladamente y poco a poco entra en su corazón. Tal vez instruye ya, pues ¿qué más suave y amable que esta exhortación? Si conocieras el don de Dios y quién es quien te dice: «Dame de beber», tú le habrías tal vez pedido y él te habría dado agua viva.
Sin embargo, la mujer afirma indecisa: Señor, no tienes con qué sacar, y el pozo es hondo (Jn 4,11). Ved cómo entendió ella el agua viva, o sea, el agua que había en aquella fuente: «Tú quieres darme agua viva y yo llevo con qué sacar, mas tú no llevas. El agua viva está ahí; ¿cómo vas a dármela?». Porque entiende y saborea carnalmente otra cosa, aldabea en cierto modo, para que el Maestro abra lo que está cerrado. Aldabeaba con ignorancia, no con afán; todavía es digna de lástima, aún no ha de instruírsela.
Sin embargo, la mujer está aún centrada en la carne. Le complació no tener sed y suponía que el Señor le había prometido esto según la carne.
Prometía, pues, cierta comida sustanciosa y la saciedad del Espíritu Santo, y ella no entendía aún y, al no entender, ¿qué respondía? Le dice la mujer: Señor, dame esta agua para que no tenga sed ni venga acá a sacar (Jn 4,15). La carencia forzaba al esfuerzo y la debilidad rehusaba el esfuerzo. ¡Ojalá oyera: Venid a mí todos los que os fatigáis y estáis abrumados, y yo os devolveré las fuerzas! De hecho, se lo decía Jesús para que ya no se fatigase. Pero ella no entendía aún.
(In Io. Ev. tr. 15, 6.10-17)
Beber - El signo de la tercera semana
El agua es la vida. Más de la mitad de nuestro cuerpo es agua y sin ella no sobreviviríamos ni una semana. Y sin embargo, para muchos de nosotros - sobre todo en el norte - es algo tan fácil de tener, tan cercano, que perdemos la atención a su importancia.
La experiencia de la sed nos recuerda lo que necesitamos el agua. Y es una experiencia que nos va haciendo perder el control de nuestra humanidad. Cuando falta el agua la mente razona peor y llega a ver visiones, nuestro organismo se atrofia y dejamos de comportarnos como querríamos. Cuando encontramos la fuente del agua, la vida regresa.
El bautismo es la fuente de un agua y una vida renovada en el Espíritu, la que nos da la nueva identidad y dignidad de hijos de Dios. La fuente a la que beber este agua es el mismo Cristo.
La experiencia de la sed nos recuerda lo que necesitamos el agua. Y es una experiencia que nos va haciendo perder el control de nuestra humanidad. Cuando falta el agua la mente razona peor y llega a ver visiones, nuestro organismo se atrofia y dejamos de comportarnos como querríamos. Cuando encontramos la fuente del agua, la vida regresa.
El bautismo es la fuente de un agua y una vida renovada en el Espíritu, la que nos da la nueva identidad y dignidad de hijos de Dios. La fuente a la que beber este agua es el mismo Cristo.
Viernes de la segunda semana
Jesús respondió: Dichosos más bien
los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.
(Lc 11, 28)
los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.
(Lc 11, 28)
Que tu alegría sea escuchar a Dios que te habla
El bienaventurado apóstol Santiago amonesta a los oyentes asiduos de la palabra de Dios diciéndoles: Sed cumplidores de la palabra y no sólo oyentes, engañándoos a vosotros mismo (Sant 1,22). A vosotros mismos os engañáis, no al autor de la palabra ni al ministro de la misma. Partiendo de esa frase que mana de la fuente de la verdad a través de la veracísima boca del apóstol, también yo me atrevo a exhortaros, y mientras os exhorto a vosotros, pongo la mirada en mí mismo. Pierde el tiempo predicando exteriormente la palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior. Quienes predicamos la palabra de Dios a los pueblos no estamos tan alejados de la condición humana y de la reflexión apoyada en la fe que no advirtamos nuestros peligros. Pero nos consuela el que donde está nuestro peligro por causa del ministerio, allí tenemos la ayuda de vuestras oraciones. Y para que sepáis, hermanos, que vosotros estáis en lugar más seguro que nosotros, cito otra frase del mismo apóstol, que dice: Cada uno de vosotros sea rápido para escuchar y lento, en cambio, para hablar (Sant 1,19).
Pensando en esta frase, en la que se nos amonesta a ser rápidos para escuchar y lentos para hablar, hablaré en primer lugar de este mi ministerio; luego, después de haber justificado el ministerio de quienes hablamos con frecuencia, volveré a lo que había propuesto en primer lugar.
Es conveniente que os exhorte a no ser sólo oyentes de la palabra, sino también cumplidores. Así, pues, ¿quién, por el hecho de que os hablo frecuentemente, sin parar mientes en mi obligación, no me juzga cuando lee: Sea todo hombre rápido para escuchar y lento para hablar? Ved que la preocupación por vosotros no me permite cumplir esta norma. Debéis, pues, orar y levantar a quien obligáis a ponerse en peligro. Con todo, hermanos míos, voy a deciros algo a lo que quiero que deis crédito, porque no podéis verlo en mi corazón. Yo, que tan frecuentemente os hablo por mandato de mi señor y hermano, vuestro obispo, y porque vosotros me lo exigís, sólo disfruto verdaderamente cuando escucho. Mi gozo —repito— sólo es auténtico cuando escucho, no cuando predico. Entonces mi gozo carece de temor, pues tal placer no lleva consigo la hinchazón. No se teme el precipicio de la soberbia allí donde está la piedra sólida de la verdad. Y para que sepáis que así es en verdad, escuchad lo que está dicho: Darás regocijo y alegría a mi oído. Entonces es cuando gozo, cuando escucho. A continuación añadió: Se regocijarán los huesos humillados (Sal 50, 10). Así, pues, mientras escuchamos somos humildes; en cambio, cuando predicamos, aun cuando no nos ponga en peligro la soberbia, al menos nos sentimos frenados. Y si no me enorgullezco, corro peligro de enorgullecerme. Sin embargo, cuando escucho, me deleito sin nadie que me engañe, disfruto sin testigos.
(Serm. 179, 1-2)
EN BREVE...Sean tus Escrituras mis castas delicias; en ellas encuentro mi gozo. (Conf. 11, 25)
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