Jusn y los dos tesamentos

Juan, pues, parece ser una especie de límite entre los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo. Que él es, en cierta manera, un límite, como acabo de afirmar, lo atestigua el mismo Señor al decir: La ley y los profetas llegan hasta Juan Bautista. Es, pues, la personificación de la antigüedad y el anuncio de la novedad. En atención a lo primero, nace de padres ancianos, y en atención a lo segundo, se muestra como profeta ya en el seno de la madre. Aun antes de nacer exultó de gozo en el seno de su madre ante la presencia de Santa María. Ya entonces se declaró; se declaró aun antes de nacer; aparece de quien es precursor antes de que le vea. Son misterios divinos que exceden la medida de la fragilidad humana
 (Sermón 293, 2).

Nace Juan crece la noche

Por último, nace Juan cuando la luz del día comienza a disminuir y a crecer la noche; Cristo nace cuando las noches decrecen y los días se alargan. Y como si el mismo Juan hubiese advertido el simbolismo de los dos nacimientos, dijo: Conviene que él crezca y yo mengüe. He aquí lo que propuse para investigar y discutir. Os he anticipado esto; pero, si soy incapaz de escrutar toda la profundidad de tan gran misterio por falta de luces o de tiempo, mejor os enseñará quien habla dentro de vosotros incluso en ausencia mía, en quien pensáis devotamente, a quien recibisteis en el corazón, convirtiéndoos en templos suyos”
(Sermón 293, 1).

Celebremos el nacimiento de Juan

¡Cuál no será la gloria del juez si es tanta la del heraldo! ¡Cómo será el camino que ha de venir si es tal quien lo prepara! La Iglesia considera, en cierto modo, sagrado el nacimiento de Juan. No se encuentra ningún otro entre los Padres cuyo nacimiento celebremos solemnemente. Celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo, lo cual no puede carecer de significado, y, aunque quizá yo sea incapaz de explicarlo como merece la grandeza del asunto, da origen a pensamientos fructíferos y profundos. Juan nace de una anciana estéril, y Cristo de una jovencita virgen. A Juan lo da a luz la esterilidad, y a Cristo la virginidad. En el nacimiento de Juan, la edad de los padres no era la adecuada, y en el de Cristo no hubo abrazo marital. Juan es anunciado por un ángel que lo proclama; Cristo es concebido por el anuncio del ángel. No se da crédito al nacimiento de Juan, y su padre queda mudo; se cree el de Cristo, y es concebido por la fe. Primero llega la fe al corazón de la virgen; luego le sigue la fecundidad en el seno de la madre
 (Sermón 293, 1).

Reconoció quién era

Lo toman por Cristo, y dice que no es aquel por quien lo toman; no se apropia del error ajeno ni siquiera para alimentar su orgullo. Si hubiese dicho que era él, ¡qué fácilmente hubiesen creído a quien ya creían antes de decir nada él! Pero no lo dijo; reconoció quien era, se diferenció de Cristo y se humilló. Vio donde estaba su salvación; comprendió que era una lámpara, y temió que el viento de la soberbia la apagara
(Sermón 293, 3).

La Natividad del Señor

En primer lugar, debes saber que el día de la Natividad del Señor no se celebra como sacramento. Sólo se hace conmemoración del nacimiento, y para eso basta señalar, como festividad, el día correspondiente del año en que el suceso tuvo lugar. Hay sacramento en una celebración cuando la conmemoración se hace de modo que se sobrentienda al mismo tiempo que hay un oculto significado y que ese significado debe recibirse santamente. Cuando celebramos la Pascua, no nos contentamos con traer a la memoria el suceso, esto es, que Cristo murió y resucitó. En la celebración de ese sacramento ejecutamos las demás cosas que el sacramento entraña... Lo que se celebra, pues, en la pasión y resurrección del Señor, es el tránsito de esta vida mortal a la inmortal, de la muerte a la vida
 (Epístola 55, 2).

Los profetas desearon verlo

De aquí es que el mismo Señor dijo a sus discípulos: Muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron; de suerte que también de ellos es esta voz: Mi alma desfalleció por tu salud. Luego, ni antes cesó este deseo de los santos, ni cesa ahora hasta el fin del siglo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, hasta tanto que venga el Deseado de todas las gentes, como se prometió por el profeta Ageo. Por esto dice el Apóstol: Sólo me resta la corona de justicia, la cual me dará el Señor, justo juez, en aquel día; y no solamente a mí, sino también a todos los que aman su manifestación o aparición. Así, pues, este deseo del que ahora tratamos procede del amor de su manifestación de la cual dice así mismo: Cuando apareciere Cristo nuestra vida, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con Él, en gloria
(Comentario al Salmo  118, s.20, 1).

Anunciemos su salvación

Y, cuando se leyó el evangelio, escuchamos que el bienaventurado anciano Simeón había recibido un oráculo divino según el cual no probaría la muerte hasta no ver al Ungido del Señor. El, tras haber tomado en sus manos a Cristo niño y haber reconocido la grandeza del pequeño, dijo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra, pues mis ojos han visto tu salvación. Es cosa justa, pues, que anunciemos al día del día, su salvación. Anunciemos en los pueblos su gloria, en todas las naciones sus maravilla
 (Sermón 190, 4).

La voz y la Palabra

Por tanto, considerad ahora ya el alcance de aquellas palabras: Conviene que él crezca y que yo mengüe. Prestad atención, por si consigo expresarme; y, si eso no es posible, por si soy capaz de insinuar, o al menos de pensar, en qué modo, con qué sentido, con qué intención, por qué motivo —de acuerdo con la distinción mencionada entre la voz y la palabra —, dijo la misma voz, el mismo Juan: Conviene que él crezca y que yo mengüe. ¡Oh sacramento grande y admirable! Considerad cómo la persona de la voz, personificación misteriosa de todas las voces, dice de la persona de la Palabra: Conviene que él crezca y yo mengüe. ¿Por qué? Estad atentos
 (Sermón 288, 5).

No era hijo de la Soberbia

Ved empero cuánto se abaja el precursor de su Señor, Dios y hombre. A aquel, mayor que el cual nadie ha surgido entre los nacidos de mujeres, se interroga si es el Mesías. Tan importante era, que los hombres podían engañarse. Hubo dudas sobre él, si él sería el Mesías, y las hubo hasta el punto de que se le interrogó. Si fuese hijo de soberbia, no doctor de humildad, no se opondría a los hombres equivocados; tampoco haría porque supusieran aquello, mas aceptaría lo que suponían… La correa de cuyo calzado no soy digno de soltar. Ved cuánto menor sería si fuese digno, cuánto se abajaría si dijese esto –Mayor que yo es ese, la correa de cuyo calzado soy digno de soltar-, pues había dicho ser el digno de curvarse a sus pies. Ahora, en cambio, ¡qué altura encomió cuando se dijo indigno de los pies de él, más aún, de su calzado! Ha venido, pues, a enseñar humildad a los soberbios, a anunciar el camino de la enmienda
 (Sermón de san Agustín sobre el día del nacimiento de san Juan Bautista, 4, Sermones Nuevos).

María creyó

Este es la Palabra que existe en el principio antes del mundo; aquél es la voz que aparece al final, antes de la Palabra. La palabra sale después del entendimiento; la voz, después del silencio; así, María creyó al engendrar a Cristo, Zacarías enmudeció cuando iba a engendrar a Juan. Además, Cristo nació de una jovencita en la flor de la vida; Juan, de una anciana en declive: la palabra se multiplica en el corazón del que piensa, la voz se consume en el oído de quien la oye. Quizá se refieran también a esto las palabras: Conviene que él crezca y yo mengüe, pues todos los anuncios de la ley y los profetas enviados delante de Cristo, cual voz ante la palabra, llegan hasta Juan, en quien cesaron ya las últimas figuras; a partir de entonces fructifica y crece en todo el mundo la gracia del Evangelio y la predicación manifiesta del reino de los cielos, que no tendrá fin
(Sermón 293 C, 1).

Medida de la grandeza humana

¿Por qué, pues, vino Juan? A mostrar el camino de la humildad, para que disminuyese la presunción del hombre y se aumentara la gloria de Dios. Vino, pues, Juan, importante, encomiando al Importante; ha venido Juan, medida de hombre. ¿Qué significa medida de hombre? Ningún hombre había podido ser más que Juan; cualquier realidad que era más que Juan, era ya más que hombre. En efecto, si la medida de la grandeza humana hubiera quedado terminada en Juan, no encontrarías ya hombre mayor; y empero has encontrado uno mayor; confiesa que es Dios ese al que has podido encontrar mayor que un hombre perfecto
 (Sermón de san Agustín sobre el día del nacimiento de san Juan Bautista 3, Sermones Nuevos).

Escucha a Juan

Te será mejor escuchar a Juan, ¡oh hereje!; te será mejor retornar y escuchar al Precursor; mejor es para ti, ¡oh soberbio!, escuchar al humilde; mejor para ti, ¡oh lámpara apagada! escuchar a la lámpara encendida. Escucha a Juan. A los que se acercaban a él les decía: Yo os bautizo con agua. También tú, si te conoces, eres ministro del agua. Yo, dijo, os bautizo con agua; pero el que ha de venir es mayor que yo. ¿En qué medida? No soy digno de desatar la correa de su calzado. ¡Cuánto no se habría humillado aunque se hubiese declarado digno de tal cosa! Pero ni siquiera se consideró digno de desatar la correa de su calzado. El es quien bautiza en el Espíritu Santo. ¿Por qué suplantas la persona de Cristo? El es quien bautiza en el Espíritu Santo
 (Sermón 292, 8).