Escuchar en el ruido

El encuentro verdadero y auténtico con Jesucristo remueve el corazón y desestabiliza la vida. La experiencia de recibir un amor tan grande, que no eres capaz de explicar, te lleva a plantear la vida desde ese mismo encuentro: un discernimiento a dos.
El ejercicio de escuchar al Señor se da mediante un proceso, que requiere perseverancia y decisión, confianza y amor recíproco. Escuchar a Cristo es ver la vida desde sus ojos y adherirse a Él es luchar por la verdadera felicidad. Además, Jesús no pedirá jamás algo que supere tus fuerzas. Él es el maestro interior, más íntimo que tu misma intimidad.
Por ello, al escuchar su voz en mi interior y al reconocer su rostro en tantos y tantos hermanos, decidí, con 18 años, entregarme en sus manos, bajo la mirada dulce y siempre atenta María, nuestra Señora de La Vid. Le agradezco a Dios el don de haber podido cobijarme bajo esa mirada.
Ante un mundo con tanto ruido, escuchar la voz de Cristo no es tarea fácil, aunque esté gritando en la inquietud de cada corazón humano. Yo lo escuchado, y no me arrepiento de haberle dicho sí y adherido a su proyecto. ¡Ánimo, "levantaos, no temáis"!

Jueves de la II semana

Uno solo es vuestro Maestro, el Cristo.
(Mt 23, 10)
Que Cristo habite por la fe en vuestrso corazones.
(Ef 3, 17)






Que sea Cristo a hablar dentro de vosotros

El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos, pero el maestro está dentro. No penséis que alguien aprende algo de otro hombre. Podemos poner alerta mediante el sonido de nuestra voz, pero si no se halla dentro alguien que enseñe, el sonido que emitimos sobra. ¿Queréis una prueba, hermanos? ¿Acaso no habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia. El magisterio exterior no es más que una cierta ayuda, un poner alerta. Quien tiene su cátedra en el cielo es quien instruye los corazones. Por eso dice también él mismo en el evangelio: No permitáis que os llamen maestros en la tierra; único es vuestro maestro, Cristo (Mt 23, 8-9). Así, pues, que él os hable interiormente, cuando no está presente ningún hombre. Porque aunque haya alguien a tu lado, nadie hay en tu corazón. Que no haya nadie en tu corazón, que esté sólo Cristo; esté en tu corazón su Unción, para que no se halle como corazón sediento en el desierto y sin fuentes que lo rieguen. Quien instruye, pues, es el maestro interior; quien instruye es Cristo, quien instruye es su Inspiración. Donde falta su Inspiración y su Unción, en vano suenan exteriormente las palabras, por alto que suenen. Las palabras que emitimos al exterior son, hermanos, lo mismo que el agricultor respecto del árbol: actúa exteriormente, le aporta el agua y el cultivo esmerado. Pero ¿acaso lo que aporta él desde el exterior origina el fruto? ¿Acaso viste la desnudez de los troncos con el sombrío follaje? ¿Acaso su actuar obra algo en el interior del árbol? ¿A quién se debe? Escuchad al Apóstol en condición de agricultor y ved lo que somos; escuchad quién es el maestro interior: Yo planté, Apolo regó, pero Dios dio el crecimiento; ni el que planta ni el que riega es algo, sino quien da el crecimiento, Dios (1 Cor 3, 6-7). He aquí, pues, lo que os decimos: ya plantemos, ya reguemos al hablar, no somos nada; quien da el crecimiento es Dios, es decir, su Unción que os instruye sobre todas las cosas.
 (In 1 Io. Ep. tr. 3, 13)




EN BREVE...Entrrad en vuestros corazones, vosotros que estáis lejos de Dios, y adheriros a Dios que os ha creado. Permaneced estables con Él y estaréis seguros, reposad en Él y tendréis Paz. ¿A dónde queréis ir? ¿En busca de sufrimientos? ¿A dónde queréis ir? El bien que desideráis viene de Él. (Conf. 4, 12, 18)

...para hacer tu voluntad


¡Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad!

Hace 7 años que estaba haciendo un año en La Vid, un año lleno de experiencias y de momentos profundos donde podía escuchar mejor la voz del Señor. Durante este año he dejado la voz del Señor entrando en mi corazón. Aparte de la oración que era muy esencial en aquel año, seguí las clases sobre algunos aspectos de la Orden, S. Agustín, la vida de comunidad etc… Otro deber fue el trabajo en el jardín del monasterio, un trabajo que me ayudé para discernir esta voz en el silencio de la natura.

Esta voz que escuché en La Vid, ha sido mi compañera en mi vida hasta hoy. Después de este año, en 2008 he hecho la profesión Simple, un momento en mi vida donde comprometí para vivir los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.  En los año siguientes, he continuado mis estudios en teología y en febrero 2012 he hecho la profesión solemne, esta vez quería seguir esta voz para siempre atreves los consejos evangélicos.  En el verano siguiente he ido para una experiencia en Argentina, una experiencia misionera donde podía sentir la voz del Señor en la gente pobre e las personas que trabajan allí como misioneros.

En octubre de aquel año, he empezado mi especialización en teología bíblica, en Roma. En este tiempo de estudio hasta hoy, la voz del Señor me acompañe en la búsqueda de la verdad y también atreves de mis hermanos de la comunidad.


En noviembre del 2012 he sido ordenado diacono y después en julio del 2013 me ordenaron sacerdote. En estas dos etapas grandes de mi vida, la voz del Señor no me ha dejado nunca y esta llamada ha sido tan grande hasta que podía aceptar esta invitación para dejar todo y seguir Cristo, humilde y pobre. El año del noviciado che viví en La Vid, no lo olvido porque ha sido año donde la voz del Señor estaba entrando en mi vida. 

Escuchando el susurro de Dios

El modo en que Dios me llamó a la vida religiosa, como casi todas las cosas verdaderamente importantes de mi vida, tuvo muy poco que ver con acontecimientos fuera de lo común. Fue un susurro más que un grito. La idea de ser agustino me pareció aceptable, aunque sin exageraciones, y decidí probar. Nunca me he arrepentido de una decisión que me ha conducido a muchos lugares del mundo, pero sobre todo a mí mismo. Mi primera estancia en la Vid, que duró casi un año, constituye sin duda el periodo más feliz de toda mi vida.
Es más, a pesar de que nada lo hacía prever, las cosas discurrieron de tal manera que no fui ordenado en Roma, sino en la Iglesia de la Santa María de la Vid, ante su incomparable Señora, y con mis compañeros de curso. He vuelto desde entonces a La Vid con regularidad, unas veces como profesor y otras como simple miembro de la Comunidad. Pero siempre me he sentido subyugado por un algo que no sabría describir. Algo que me hace ser más piadoso y reflexivo.

P. Marceliano Arranz

Rector Emérito de la Universidad Pontificia de Salamanca

La Escucha del Maestro interior

La escucha es un ingrediente imprescindible en la vida. No se puede andar por el mundo SIN ESCUCHAR. 
Hoy se escucha poco. Todos andamos frenéticos, sin tiempo para escuchar. Y sin una escucha  valiente y crítica ni la sociedad, ni la Iglesia funcionan.

Pero en mi vida ha contado más la escucha al “maestro interior”. Desde que me inicié en el camino agustiniano, aprendí de S. Agustín, que sólo enseña el “maestro interior”. Y en mi vida de agustino, presbítero, Provincial de los agustinos, Obispo de Palencia y ahora misionero en el camino de los pobres en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), he permanecido a la escucha de Jesús de Nazaret. Y SOY FELIZ, y, como Jesús, sólo quiero hacer felices a los demás.

Miércoles de la II Semana




Reposa en el Señor y espera en Él
(Sal 37, 7)






Dios habla en el silencio del corazón

Mas son muchas las maneras como Dios habla con nosotros. Alguna vez nos habla sirviéndose de un instrumento, por ejemplo, el códice de las divinas Escrituras; habla mediante algún elemento del mundo, como habló mediante la estrella de los magos (cfr. Mt 2, 2). ¿En qué consiste el hablar, sino en manifestar la voluntad? Habla mediante la suerte, como cuando ordenó sustituir a Judas con Matías 17; habla mediante un alma humana, como por el profeta; habla mediante un ángel, como aceptamos que habló a algunos patriarcas (cfr. Gn 22, 11), profetas (cfr. Dan 14,33) y apóstoles (cfr. Act 5,19-20); habla mediante alguna criatura hablante y sonante, como leemos y retenemos que se produjeron voces en el cielo, aunque no se veía a nadie con los ojos (cfr. Mt 3,17). Por último, al hombre Dios no le habla de una sola manera; no me refiero al habla exterior, haciéndose percibir por los oídos y por los ojos, sino a la interior, en el corazón: le habla o en sueños, como se mostró a Labán el sirio, para que no hiciera mal alguno a su siervo Jacob (Gn 31,24), y al faraón a propósito de los siete años de opulencia y otros tantos de carestía (cfr. Gn 41,1-7); o posesionándose del espíritu de un hombre, a lo que los griegos llaman «éxtasis», como cuando Pedro en oración vio un recipiente bajado del cielo, lleno de semejanzas de los gentiles que habían de creer (cfr. Act 10,10-16); o en la mente cuando, sea quien sea, descubre su majestad y su voluntad, como en el caso de Pedro mismo, que, en aquella visión conoció, pensando en su interior, qué quería el Señor que hiciese (cfr. Act 10,19). Pues esto nadie puede conocerlo, a no ser que sea capaz de reconocer un cierto clamor silencioso de la verdad que resuena en su interior. Dios habla también a la conciencia de los buenos y de los malos; ya que nadie puede, rectamente, aprobar la obra buena y desaprobar el pecado, sino en presencia de la voz de la verdad que alaba o acusa en el silencio del corazón. Mas la verdad es Dios. Dado que ella habla de tantas maneras a los hombres, a los buenos como a los malos -aunque no todos a los que habla de tantas maneras puedan ver también su sustancia y naturaleza- ¿qué hombre puede, conjeturando o pensando, abarcar de cuántas y de qué maneras habla la misma verdad a los ángeles, sea a los buenos que gozan de su inefable fulgor y hermosura, contemplándola por medio de su admirable caridad, sea a los malos, que, depravados en su soberbia y ubicados por la verdad misma en los lugares inferiores, pueden oír su voz de ciertas maneras ocultas, aunque no son dignos de ver su rostro?
Por lo tanto, amadísimos hermanos, fieles de Dios e hijos verdaderos de nuestra madre la Iglesia católica, que nadie os engañe con alimentos envenenados, aun en el caso de que todavía os alimentéis con leche (cfr. 1Cor 3,2; Heb 5,12-14). Caminad con perseverancia en la fe de la verdad (cfr. 1Tes 2,12) para que podáis llegar en el tiempo oportuno a la visión clara de la misma verdad (cfr. Tit 1,1-2). Pues, según dice el Apóstol, Aún aquí en el cuerpo, somos peregrinos lejos del Señor; caminamos en la fe, no en la visión (2Cor 5,6-7). La fe cristiana nos conduce a la realidad, esto es, a la visión del Padre. Por eso dice el Señor: Nadie viene al Padre si no es por mí (Jn 14,6-10)
 (Serm. 12, 4-5)




EN BREVE...El Señor no hace que las orejas del cuerpo le oigan más fuerte que en el secreto del pensamiento, donde sólo él escucha, donde sólo Él es oído (Serm 12,3)

Los crucificados de la historia

Hay muchas palabras de Jesús que impresionan. Pero como siempre impresionan más los silencios. De chaval una vez me dijeron que en la cruz de Jesús donde está la Palabra y el silencio locuaz de Dios existía el reverso y que ese estaba ahí para subir y ayudar a desclavar a los crucificados de la historia. Me impresionó y quise apuntarme. Confieso que no lo he logrado pero me sigue impresionando y me invito e invito a intentar desclavar tantos rostros, tantos hermanos… para ello evidentemente no hace falta ser religioso ni sacerdote, pero este ser ayuda a intentarlo. Doy fe.



Otra palabra a escuchar de Jesús es: “no tires piedras”. Yo no he roto muchas farolas, y solo recuerdo haber participado ocasionalmente en unas pandillas de esas de puños, piedras y descalabros. Pero fue suficiente para pensar en la angustia y en la liberación del Señor Jesús sobre la delicada mujer que iba a ser apedreada. Me conmovió. Y quiero y quise estar en el bando de los que no tiran piedras, ni juzgan, y se callan y escriben en el suelo, y miran a los ojos y quieren, porque al hombre hay que quererle. Eso me llevó a estudiar y a acercarme a esos mundos. La familia de Agustín me lo pareció. Es un lugar donde no se tiran piedras, es más siempre hay un hermano que para las que vienen. Y aquí estoy parando y evitando tirar piedras o ponerlas en los caminos.

Fr. José Luis del Castillo

Martes de la segunda semana

Hijo mío, atiende a mis palabras,
presta oído a mis consejos:
que no se aparten de tus ojos,
guárdalos dentro del corazón;
pues son vida para el que los consigue,
son salud para su carne.
.
(Pro 4, 20-22)




La Palabra de Dios es el papel de tornasol de tu comportamiento

El domingo pasado hablé acerca del juicio para que te juzgues a ti mismo y, al hallarte malvado, no te halagues, sino que te endereces, te hagas recto, y te agrade el Dios recto. De hecho, Dios, al ser recto, no agrada al malvado torcido. ¿Quieres que te agrade el Dios recto? Sé tú mismo recto. Júzgate a ti mismo; no te agrades. Castiga, corrige, endereza lo que justamente te desagrada en ti. Sea para ti la Sagrada Escritura como un espejo. Este espejo tiene un brillo que ni miente, ni adula ni prefiere a nadie. Eres hermoso; hermoso te ves allí; eres feo, feo te ves allí. Pero si te acercas siendo feo, y feo te ves en él, no acuses al espejo. Vuelve a tu interior; el espejo no te engaña; no te engañes a ti mismo. Júzgate, entristécete de tu fealdad, para que al marchar y alejarte triste, corregida la fealdad, puedas retornar hermoso. Pero, aunque te juzgues a ti mismo sin adulación, juzga al prójimo con amor. Para juzgar tienes ahí lo que tú ves. Puede acontecer que veas algo malo que te ensucie; puede suceder que tu mismo prójimo te confiese su mal y declare al amigo lo que había encubierto al enemigo. Juzga lo que ves; lo que no ves, déjalo a Dios. Cuando juzgues, ama al hombre, odia el vicio. No ames el vicio por el hombre ni odies al hombre por el vicio. El hombre es tu prójimo; el vicio es el enemigo de tu prójimo. Amas al amigo cuando detestas lo que le daña. Si crees, estás obrando porque el justo vive por la fe (Hab 2, 4; Rom 1, 17)..
Sé semejante al médico. El médico no ama al enfermo si no odia la enfermedad. Para librar al enfermo, persigue la fiebre. No améis los vicios de vuestros amigos si en verdad amáis a vuestros amigos
 (Serm. 49, 5-6)



EN BREVE...A nosotros se nos ha dado la dulzura de las Escrituras para resistir en este desierto de la vida humana. (Serm. 4, 10)

Dejarse llevar por la "Voz del Hijo"

Responder a la llamada de Dios lleva en si una paradoja: por un lado, la promesa de realización y liberación, poder hacer cosas nuevas, hacer lo que querría: el que hacer; por otro lado, es una vocación que lleva en si un proyecto de vida teniendo en cuenta que el llamado no tiene el dominio de su propia vida sino que debe dejarse llevar por ‘la Voz del Hijo’. Es una experiencia de verdadera libertad. Sólo eres libre si elijes, si tomas decisiones, decisiones que determinaran tu vida y tu identidad. Es una llamada que tansforma toda una historia. La ‘Voz del Hijo’ en mi caso no me ha forzado a decir ‘si’. Al contrario me dejó libre sin dejar de llamarme. Yo tenía que eligir.
Todo empezó durante la catequesis en preparación para la primera comunión. Seguí una catequesis pre-bautismal cuando tenía yo doce años. No era cosa fácil empezar esta catequesis ya que mis padres no eran cristianos. Mi vocación a la vida religiosa y al sacerdocio complicaron todo. Ya no había otra manera que de dejar por un lado aquella llamada. Gracias a Dios pude continuar el curso del catecismo hasta al final. Después del bautismo y de la primera comunión, ya no hablé de vocación hasta que tuve el bachillerato en 2006. Este tiempo de silencio vocación llevó consigo muchos obstáculos o mejor dicho unos desafíos. No era fácil tomar ciertas decisiones. Durante ese tiempo de silencio vocacional, la llamada de Dios no abandonó mi corazón, por el contrario, se hizo más ardiente. El ‘si’ decisivo me dio la paz (interior). Fue – y sigue siendo – la experiencia de la primera comunidad cristiana la fuente de inspiración que refuerza mi vocación en todas las circunstancias. La Voz del Hijo no ha dejado de llamarme. Por eso  tengo que responder. Esta Voz no me obliga sino que me deja eligir. Nada más he de hacer que de dejarme llevar por El, decir que ‘si’ todos los días, en todas las circunstancias. Entiendo mi vocación como una acción de gracias a Dios que me ha dado la vida sin que yo la haya pedido. A través del sacrificio de mi vida a su servicio, quiero decirle ¡gracias por todo!

      Fr. Martin Davakan, O.S.A

Lunes de la Segunda Semana

Con quien tienes pleito busca rápidamente un acuerdo, mientras vas de camino con él.
Si no, te entregará al juez, el juez al alguacil y te meterán en la cárcel.
.
(Mt 5, 25)






¡La Palabra es tu adversario!

Mas, si hay que estar a la espera de ese día incierto como si llegase cada día, arréglate con el adversario mientras va contigo de camino 4. Pues se llama camino a esta vida, por el que todos pasan. Y ese adversario no se aleja.
Pero ¿quién es ese adversario? No es el diablo, pues la Escritura nunca te exhortaría a ponerte de acuerdo con él. Es, pues, otro el adversario, a quien el hombre mismo convierte en su propio adversario,
Chi è dunque l'avversario? La Parola di Dio. La Parola di Dio è il tuo avversario. Perché è avversario? Perché comanda cose contrarie a quelle che fai tu. Ti dice: Unico è il tuo Dio (Dt 6, 4; cf. Es 20, 2-3), adora l'unico Dio. Tu invece, abbandonato l'unico Dio, che è come il legittimo sposo della tua anima vuoi fornicare con molti demoni e, ciò che è più grave, non lo lasci e non lo ripudi apertamente come fanno gli apostati, ma rimanendo nella casa del tuo sposo, fai entrare gli adulteri. Cioè, come cristiano non abbandoni la Chiesa, ma consulti gli astrologi o gli aruspici o gli indovini o i maghi. Da anima adultera, non abbandoni la casa dello sposo, ma ti dai all'adulterio, pur rimanendo sposata con lui. Ti si dice: Non assumere invano il nome del Signore Dio tuo (Es 20, 7), perché non pensi che sia creatura Cristo, per il fatto che per te ha assunto la creatura. E tu disprezzi lui che è uguale al Padre e una sola cosa con il Padre (cf. Gv 10, 30).

. ¿Quién es, entonces, el adversario? La palabra de Dios. La palabra de Dios es tu adversario. ¿Por qué es tu adversario? Porque prescribe lo contrario de lo que haces. Ella te dice: Tu Dios es único (Dy 6,4; Ex 20,2-3), adora a un único Dios. Tú, abandonando a tu único Dios, que es como el marido legítimo del alma, quieres fornicar con muchos demonios y, lo que es más grave, no abandonándolo y repudiándolo abiertamente, como hacen los apóstatas; lo que haces es permanecer en la casa de tu marido y admitir en ella a los adúlteros. Con otras palabras: como cristiano, no abandonas la Iglesia, consultas a los astrólogos, o a los arúspices, o a los augures o a los hechiceros. Como alma adúltera, no dejas la casa de tu marido y, sin romper el matrimonio con él, te entregas al adulterio. Se te dice: No tomes en vano el nombre del Señor tu Dios (Ex 20,7). No pienses que Cristo es una criatura, porque tomó por ti una criatura. Y tú desprecias al que es igual al Padre y una sola cosa con el Padre (cfr. Jn 10,30)..
Se te dice que guardes espiritualmente el sábado (cfr. Ex 20,8), no como lo observan los judíos, evitando todo trabajo físico, pues quieren quedar libres para ocuparse en sus bagatelas y lujurias. Mejor estaría el judío haciendo algo útil en su campo que alborotando en el teatro. Y mejor estarían sus mujeres trabajando la lana en sábado que danzando impúdicamente todo el día en sus balcones.
A ti, en cambio, se te ordena que guardes espiritualmente el sábado: en la esperanza del futuro descanso que el Señor te promete. Pues todo el que hace lo que puede en pro de ese descanso futuro, aunque parezca trabajoso lo que hace, si lo refiere a la fe del descanso prometido, todavía no goza el sábado en la realidad, pero lo posee en la esperanza. En cambio, tú quieres descansar para sufrir fatiga, siendo así que deberías sufrir fatiga para descansar. Se te dice: Honra a tu padre y a tu madre (Ex 20,12); tú, en cambio, haces a tus padres la afrenta que no quieres sufrir de tus hijos. Se te dice: No matarás (Ex 20,13); tú, sin embargo, quieres matar a tu enemigo, y quizá tal vez no lo haces por temor al juez humano, no porque pienses en Dios. ¿Ignoras que él es testigo de tus pensamientos? Aunque siga en vida el que tú quieres que muera, Dios te considera homicida en tu corazón (1Jn 3,15). Se te dice: No cometerás adulterio (Ex 20,14), esto es, no te acercarás a otra mujer que no sea la tuya. En cambio tú exiges eso de tu mujer y no quieres corresponderle con lo mismo, y, no obstante, que debas ir por delante de tu mujer en la virtud, puesto que la castidad es una virtud, caes a la primera acometida de la pasión, y queriendo que tu mujer salga vencedora, tú yaces por tierra derrotado.
Cuando ordena esto, la palabra de Dios es el adversario. Pues los hombres no quieren hacer lo que quiere la palabra de Dios. Y ¿qué diré? ¿Qué es adversario la palabra de Dios porque manda? Yo mismo temo convertirme en adversario de algunos por decir estas cosas. ¿Y qué me importa? Hágame fuerte aquel que me infunde temor para que hable sin temer las lamentaciones de los hombres. Los que no quieren ser fieles a sus mujeres -y abundan los tales- no quieren que yo diga esto. Pero he de decirlo, lo quieran o no. Porque, si no os exhorto a poneros de acuerdo con el adversario, entraré yo en conflicto con él. Quien os manda a vosotros que seáis fieles a vuestras mujeres es el que me manda a mí hablar. Si vosotros os convertís en adversario suyo cuando no hacéis lo que os manda, yo me constituiré en adversario suyo si no digo lo que me manda decir.
   (Serm. 9, 2-3)




EN BREVE...Preocupáos ante todo de no dejaros tentar si no entendéis aún las Escrituras santas; si las entendéis, de no ensoberbeceros; lo que no entendéis dejadlo para otro momento con respeto, y lo que entendéis, acogedlo con sentimientos de caridad. (Serm. 51, 35)

II Domingo de Cuaresma

De la nube salió una voz que decía:
Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escuchadle.
(Mt 17, 5)
(Jesucristo) quien ha destruido la muerte
e iluminado la vida inmortal
por medio del Evangelio.
(2 Tim 1, 10)



Dios no te reserva algo suyo, sino a sí mismo
Así, pues, al cubrirlos a todos la nube y haciendo en cierto modo una sola tienda para ellos, sonó también desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado. Allí estaba Moisés, allí Elías. No se dijo: «Estos son mis hijos amados». Una cosa es, en efecto, el Hijo único, y otra los adoptados. Se encarecía a aquel de quien se gloriaban la Ley y los Profetas. Este es —dice— mi hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle(Mt 17,5; Lc 9,35), puesto que es él a quien habéis escuchado en los Profetas y en la Ley. Y ¿dónde no 1e oísteis a él? Al oír esto, ellos cayeron a tierra18. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. Aquí está el Señor, aquí la Ley y los Profetas; el Señor, en cuanto Señor; la Ley, personificada en Moisés, la Profecía, personificada en Elías. Pero estos en condición de siervos, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.
Por tanto, el que ellos cayeran a tierra simbolizó nuestra muerte, puesto que se dijo a la carne: Eres tierra y a la tierra irás (Jn 3,19) . A su vez, el que el Señor los levantase simbolizó nuestra resurrección. Una vez que esta haya tenido lugar, ¿de qué te sirve la Ley? ¿De qué te sirve la Profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés. Te queda el que en el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Te queda el que Dios es todo en todo (cfr. 1Cor 15,28). Allí estará Moisés, pero no ya la Ley. Allí veremos también a Elías, pero ya no al profeta. Pues la Ley y los Profetas dieron testimonio de Cristo, esto es, que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de entre los muertos y entrase en su gloria (cfr. Lc 24,44-47). Tras la resurrección tendrá lugar lo que Dios prometió a los que lo aman: El que me ame será amado de mi Padre y yo también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?» Y me manifestaré a él (Jn 14,21). ¡Gran don, gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo promete? Te crees rico; pero si no tienes a Dios, ¿qué tienes? Otro es pobre pero, si tiene a Dios, ¿qué no tiene?
Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña: desciende, predica la palabra, insta a tiempo y a destiempo, arguye, exhorta, reprende con toda longanimidad y doctrina (cfr. 2Tim 4,2). Fatígate, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad, por la blancura y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor. En efecto, cuando se leyó al Apóstol, le oímos decir en elogio de la caridad: No busca sus cosas (1Cor 13,5). No busca sus cosas, puesto que dona las que posee. Lo mismo dice en otro lugar pero en términos más peligrosos, si no los entiendes bien. Pues, siempre con referencia a la caridad misma, el Apóstol, dando órdenes a los fieles, los miembros de Cristo, dice: Nadie busque lo suyo, sino lo del otro. Efectivamente, nada más oír esto, el avaro, como buscando lo ajeno en actitud de negociante, maquina fraudes para así embaucar a quien sea y buscar, en vez de lo propio, lo ajeno. Eche el freno la avaricia y suéltelo la justicia; escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo propio, sino lo del otro. Pero si tú, avaro, te opones a este precepto y prefieres ampararte en él para desear lo ajeno, renuncia a lo tuyo. Mas como te conozco, quieres poseer lo tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para obtener lo ajeno; sufre un robo que te haga perder lo tuyo. No quieres buscar lo tuyo, sino que quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, ¡oh avaro!; escucha. En otro pasaje te expone el Apóstol con más claridad el texto: Nadie busque lo suyo, sino lo del otro. Dice de sí mismo: Pues no busco mi utilidad, sino la de muchos, para que se salven (1Cor 10,33). Pedro aún no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Lo que te dice ahora es: «Desciende a fatigarte en la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la vida para encontrar la muerte; bajó el pan para sentir hambre; bajó el camino para cansarse en el trayecto; descendió el manantial para tener sed, y ¿rehúsas fatigarte tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad».
 (Serm. 78, 3-6)




EN BREVE...No te quedes vacía, alma mía, no endurezcas el oído del corazón con el tumulto de tus vanidades. Escucha también tú: la Palabra misma te grita que vuelvas.... Pon, pues, en Él tu morada, alma mía, confía en Él todo lo que de Él recibes (Conf. 4,11)

Escuchar - El signo de la segunda semana

Este es mi Hijo Amado, Escuchadle (Mt 17,5)

La voz de la montaña abre esta segunda semana de cuaresma. Es la voz de Dios que explica lo que se está viendo. Jesús en medio de Moisés y Elías, el blanco que les envuelve, las tres chozas... Todo ello son imágenes con múltiples significados.
Y entonces la Voz del cielo explica lo que se ve. "Este es mi Hijo Amado". Y todo cobra sentido.

Quien escucha la voz de Dios aprende a ver la vida como Dios la ve, a elegir los caminos de Dios, a ser fiel a su Maestro interior. A veces todo consiste en esto, en escuchar, en no tener el corazón endurecido.... Por eso en mitad del desierto la cuestión no es tanto caminar más o menos, llegar antes o después.... la cuestión es no separarse de quien nos guía, no endurecer el corazón, como les pasó a los hebreos en Meribá (Sal 95 y Sal 106). La cuestión radica en escuchar la voz de Dios