Veremos la Verdad

"Sólo sé que, como dice el Apóstol, quien es poderoso para hacer en nosotros más de lo que pedimos o pensamos, nos llevará al lugar donde se haga realidad lo que está escrito: Dichosos los que habitan en tu casa; te alabarán por los siglos de los siglos. Toda nuestra ocupación será la alabanza de Dios. ¿Qué vamos a alabar si no lo amamos? También amaremos lo que veremos. Veremos, pues, la verdad, y la verdad misma será Dios, a quien alabaremos. Allí encontraremos lo que hoy hemos cantado: Amén: Es verdad; Aleluya: Alabad al Señor" 
(Sermón 236, 3).

Matar a Cristo

“Pues Cristo fue crucificado, muerto y sepultado. Aquella sepultura fue como su casa, la cual fue custodiada por soldados, que envió la autoridad de los judíos cuando se les proporcionó guardias para proteger el sepulcro de Cristo. Cuenta la historia del libro primero de los Reyes que Saúl envió vigilantes a la casa de David para custodiarla y matar a David. Pero sólo debemos discutir, al exponer el título del salmo, lo que del libro de los Reyes tomó el escritor del salmo. ¿Nos quiso dar a conocer únicamente que envió vigilantes a su casa para custodiarla y matarle? Pero si David representaba a Cristo, ¿cómo fue custodiada la casa para matar a Cristo, siendo así que Cristo fue colocado en el sepulcro (en la casa) después de haber sido matado en la cruz? Aplica esto al cuerpo de Cristo, porque el matar a Cristo consistía, si hubiera prevalecido la mentira de los guardias, que fueron sobornados para que dijesen que, estando ellos dormidos, vinieron los discípulos de Cristo y robaron su cuerpo, en hacer desaparecer el nombre de Cristo para que no se creyese en Cristo. En esto verdaderamente consiste el querer matar a Cristo; en pretender borrar el recuerdo de su resurrección a fin de presentar como mentiroso al Evangelio. Pero como no pudo Saúl matar a David, tampoco consiguió el poder de los judíos que prevaleciese el testimonio de los guardias dormidos al de los apóstoles despiertos. ¿Cómo fueron aleccionados y embaucados los guardias para hablar de este modo? Os daremos, les dicen los judíos, el dinero que queráis; pero decid que, estando vosotros dormidos, vinieron sus discípulos y le robaron. Ved la clase de testigos mentirosos que presentaron, contra la verdad de la resurrección de Cristo, sus enemigos, prefigurados por Saúl. Acusa la perfidia, y presenta testigos dormidos. Te digan lo que sucedió en el sepulcro los que, si estaban dormidos, ¿cómo lo saben? Y, si despiertos, ¿por qué no prendieron a los ladrones?”
(Comentario al salmo 58, 1, 3).

Les abrió la inteligencia

“¿Qué les dice, pues? ¿No son éstas las cosas de que os hablé cuando estaba todavía con vosotros, a saber, que convenía que se cumpliese cuanto está escrito sobre mí en la ley, en los profetas y en los salmos? Entonces les abrió la inteligencia, dice el evangelio, para que comprendiesen las Escrituras. Y les dijo: Así está escrito: convenía que Cristo padeciera y resucitase de entre los muertos al tercer día”
(Sermón 268, 4).

Manifestándoles la Verdad

“Se presentó ante sus discípulos para que lo viesen con sus ojos y lo tocasen con sus manos, convenciéndoles de que había sido hecho sin perder lo que era desde siempre. Como habéis oído, vivió con ellos cuarenta días, entrando y saliendo, comiendo y bebiendo; no porque lo necesitase, sino porque estaba en su poder hacerlo, y manifestándoles la verdad de su carne, su debilidad en la cruz y su inmortalidad desde que salió del sepulcro”
(Sermón 262, 1).

Saboread las cosas de arriba

“Escuchemos lo que dice el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo... ¿Cómo vamos a resucitar si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir entonces el Apóstol con estas palabras: Si habéis resucitado con Cristo? ¿Acaso él hubiese resucitado de no haber muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que aún no habían muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto? Ved lo que dice: Si habéis resucitado con Cristo, saboread las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra, pues estáis muertos. Es él quien lo dice, no yo, y dice la verdad, y por eso lo digo también yo. ¿Por qué lo digo también yo? He creído, y por eso he hablado. Si vivimos bien, hemos muerto y resucitado; quien, en cambio, aún no ha muerto ni ha resucitado, vive mal todavía; y, si vive mal, no vive; muera para no morir”
(Sermón 231, 3).

Pendiente de la Cruz

“Voy yo a citar y exponer ese salmo. El Señor mostró que se refería a él mismo cuando, pendiente de la cruz, pronunció el primer versillo. De ese modo entenderás cómo la gracia del Nuevo Testamento tampoco se callaba del todo en aquel tiempo, cuando estaba velada en el Viejo. Expone, refiriendo a la persona de Cristo, lo que atañe a la forma del siervo, en la que era llevada nuestra debilidad. De Él dijo también Isaías: El lleva nuestras debilidades y por nosotros vive en dolores. Con la voz de esa debilidad, por la que Pablo no alcanzó lo que pedía y en cierto modo abandonado, oyó que le decía el Señor: Te basta mi gracia, pues la virtud se perfecciona en la enfermedad; con la voz de esta nuestra debilidad, que transfiguró en sí nuestra Cabeza, se dice en este salmo: Dios mío, Dios mío, mira hacia mí; ¿por qué me has desamparado? Porque en tanto es desamparado el que ora en cuanto no es escuchado. Esta voz hizo suya Jesús, es decir, la voz de su Cuerpo, esto es, de su Iglesia, que había de ser transformada de hombre viejo en nuevo. Esta es la voz de su debilidad humana, a la que habían de negarse los bienes del Antiguo Testamento, para que aprendiese ya a desear y esperar los del Nuevo”
(Epístola 140, 15).

Nadie le socorría

“Además, como ya dije anteriormente, ¡tantos fueron los que le invocaron y quedaron libres al instante, no en la vida futura, sino en el acto. Job mismo fue cedido al diablo, a petición de éste; putrefacto y comido por los gusanos, recobró no obstante la salud en esta vida y recibió el doble de sus pérdidas. Al Señor, por el contrario, se le flagelaba y nadie le socorría; le llenaban de escupitajos, y nadie le socorría; le abofeteaban y nadie le socorría; le pusieron una corona de espinas, y nadie le socorría; lo crucificaron y nadie le socorrió; grita Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? y nadie le socorre. ¿Por qué, hermanos míos, por qué? ¿A cambio de qué tantos sufrimientos? Todos esos sufrimientos son un precio a pagar. ¿Qué hay que valga tantos padecimientos? Leamos el salmo en voz alta, veamos qué dice. Analicemos primero sus padecimientos y luego veamos el por qué. Veamos cuán enemigos son de Cristo quienes confiesan todos y cada uno de los padecimientos, pero pasan por alto los motivos. Escuchemos todo en este salmo: sus sufrimientos y el porqué de los mismos. Retened estos dos puntos: el qué y el porqué. En primer lugar voy a explicar el qué. No me voy a detener en ellos y así os llegan mejor las palabras textuales del salmo. Prestad atención, cristianos. Contemplad los padecimientos del Señor. Vergüenza de la gente, desprecio del pueblo”
(Comentario al salmo 21, 2, 8).

Sometido a Prueba

“A todos os digo que, si no ha abandonado a Dios, el cristiano que sufre una tribulación está siendo sometido a prueba. Porque cuando le va bien como hombre, el cristiano es dejado en sus propias manos. El fuego irrumpe en el crisol, pero el crisol del orfebre es una realidad que encierra un gran misterio. En él hay oro, hay paja, hay fuego que actúa en un lugar reducido. El fuego no es específicamente distinto, pero realiza funciones diversas: convierte la paja en ceniza, al oro le desprende de su ganga. Aquellos en quienes habita Dios ciertamente se hacen mejores en la tribulación, acrisolados como el oro. Y si, eventualmente, el enemigo diabólico pide disponer del cristiano y se le concede, entonces sea al sufrir algún dolor corporal, sea al recibir algún perjuicio, sea con ocasión de la pérdida de los más íntimos, mantenga su corazón fijo en aquél que no se retira, y si da la impresión de retirar su oído al que llora, presta su misericordia al que le suplica. El que nos hizo sabe lo que hace; sabe también rehacernos. El que levantó la casa es un buen constructor; si algo se desprende de ella, él sabe restaurarlo”
(Comentario al salmo 21, 2, 5).

Sumido en el desconcierto

“Dios mío, de día y de noche gritaré a ti y no responderás; y no para dejarme sumido en el desconcierto. Naturalmente, esto lo dijo de mí, de ti, de él, pues hablaba en nombre de su cuerpo, o sea, de la Iglesia. A no ser que penséis, hermanos, que cuando el Señor dijo: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, tenía miedo a la muerte. No tiene más valor el soldado que el general. Al siervo le basta con ser como su señor. Pablo, soldado del rey Cristo, dice: Dos cosas tiran de mí: deseo mi disolución, y estar con Cristo. Con que Pablo desea morir para estar con Cristo ¿y resulta que Cristo teme morir? ¿Qué significa esto sino que él era portador de nuestra debilidad y era portavoz de los que, asentados todavía en sus cuerpos, le tienen miedo a la muerte? De allí dimanaba aquella voz, voz de los miembros de Cristo, no de la cabeza. Lo propio ocurre a continuación: Día y noche grité a ti, y no responderás. Son muchos los que gritan en la tribulación, y no son escuchados; pero para su salvación, no para que queden sumidos en el desconcierto. Le suplicó Pablo que le liberara del aguijón de la carne, pero su petición fue desestimada. En cambio, se le dijo: Te basta con mi gracia, pues la fuerza llega a su plenitud en la debilidad. Luego no le atendieron, pero no para dejarlo sumido en el desconcierto, sino para llevarle a la sabiduría, esto es, para que el hombre se meta bien en la cabeza que el médico es Dios y que el sufrimiento es una medicina para la salvación, no un castigo para la condenación. Cuando estás bajo tratamiento médico se te aplica el cauterio y el bisturí y chillas de dolor. Pero el médico no atiende a tus deseos, sino a tu salud”
(Comentario al salmo 21, 2, 4).

¿Por qué me abandonaste?

"Dios, Dios mío, mírame; ¿por qué me has abandonado? Este primer verso lo oímos en la cruz, donde dijo el Señor: Elí, Elí, que significa Dios mío, Dios mío, lemá sabaktani, que quiere decir ¿por qué me has abandonado? El evangelista lo tradujo afirmando que él había dicho en hebreo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Qué pretendió decir el Señor? Porque Dios no le había abandonado, ya que él era Dios. Indiscutiblemente, el hijo de Dios es Dios. Indiscutiblemente, la Palabra de Dios es Dios. Escucha desde el comienzo al evangelista que sacaba al exterior lo que había bebido del pecho del Señor. Veamos si Cristo es Dios: Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios. Esta misma Palabra que era Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y como la Palabra-Dios se había hecho hombre, pendía de la cruz y decía: Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has abandonado? ¿Qué razones tenía para expresarse así sino que nosotros estábamos allí, y que la Iglesia era el cuerpo de Cristo? ¿Por qué dijo Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has abandonado? sino para de alguna manera estimular nuestra atención y decirnos: este salmo está escrito pensando en mí? Las palabras de mis pecados alejan de mí la salvación. ¿A qué pecados se refiere en aquel de quien se dice: Él no cometió pecado ni se halló mentira en sus labios? ¿Cómo, entonces, dice de mis pecados sino para decirnos que él ruega por nuestros pecados y que hizo suyos nuestros pecados para hacer nuestra su propia justicia?" 
(Comentario al salmo 21, 2, 3).

Ser uno con Dios

"Por tanto, convenientemente añade por último, y dice: Porque tú, ¡oh Señor!, de modo especial, en esperanza me hiciste habitar… Adecuadamente dice de modo singular, lo cual puede tomarse en contraposición de aquellos muchos que, acrecentados desde el tiempo del trigo, del vino y de su óleo, dicen: ¿Quién nos mostrará los bienes? Perece esta multiplicidad y subsiste esta unidad en los santos, de los cuales se dice en los Hechos Apostólicos: La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. Luego si deseamos adherirnos y ser unos con Dios nuestro Señor, debemos ser singulares y sencillos, es decir, amantes de la eternidad y de la unidad, y alejarnos de la multitud y de la turba de los seres que nacen y mueren" 
(Comentario al salmo 4, 10).

Enojarse por los pecados

"¿Qué cosa más justa que enojarse cada uno más bien por los pecados propios que por los ajenos, y, castigándose a sí mismo, sacrifique a Dios? ¿O acaso el sacrificio de justicia son las obras justas que se hacen después de la penitencia? El diapsalma (el silencio musical), interpuesto aquí, quizá con razón, insinúa también el tránsito de la vida antigua a la vida nueva, de modo que, extinguido y debilitado el hombre viejo por la penitencia, ofrezca a Dios el sacrificio de justicia conforme la regeneración del hombre nuevo cuando se ofrece la misma alma ya purificada y se inmola en el altar de la fe consumida por el fuego divino" 
(Comentario al salmo 4, 7).