Ama y haz lo que quieras

"Y si levantas la voz, haya amor interiormente. Si exhortas, si acaricias, si corriges, si te muestras duro: ama y haz lo que quieras. El padre no odia al hijo y, sin embargo, si es necesario, le azota; le causa dolor para proteger su salud… No hay duda de que te agradó oírlo, y lo comprendiste: Llevad unos las cargas de los otros. Por ello, si un hombre está envuelto en algún delito, tú, que eres espiritual, instrúyele de esta manera con espíritu de mansedumbre. El, ciertamente, habrá de rendir cuentas de su pecado, dado que cada uno llevará su propia carga, pero si tú te desentiendes de su herida tendrás que dar cuenta negativa de tu pecado de negligencia, y, en consecuencia, si no lleváis mutuamente unos las cargas de los otros, tendréis que rendir cuentas negativas desde el momento en que cada uno llevará su propia carga. Cumplid aquello para llevar mutuamente unos las cargas de los otros, y os perdonará Dios, puesto que cada uno llevará su propia carga"
 (Sermón 163 B, 3).

Ama gratuitamente

"¿Qué otra cosa es tener la altura, sino pensar en Dios y amarle a él? Amar gratuitamente a ese Dios que nos ayuda, que nos contempla, nos corona y otorga el premio, y, finalmente, considerarle a él mismo como el premio y no esperar de él otra cosa que a él mismo. Si amas, ama gratuitamente; si amas en verdad, sea él la recompensa que amas. ¿O acaso consideras todo valioso y, en cambio, te parece vil quien hizo todas las cosas?"
 (Sermón 165, 4).

Amando a Dios

“El mundo fue hecho por el Señor, y el mundo no le conoció. ¿Qué mundo es el hecho por él y qué mundo no le conoció? El mundo, desde luego, que no le conoció no es el mundo hecho por él. ¿Qué mundo es el hecho por él? El cielo y la tierra. ¿No le conoció el cielo, si se oscureció en la pasión? Pero no le conoció el mundo cuyo  soberano es aquel de quien se dijo: Ya viene el príncipe de este mundo, aunque ningún poder tiene sobre mí. Mundo se llama a los hombres malos; se llama también mundo a los hombres sin fe, y recibieron ese nombre de lo que aman. Amando a Dios, nos hacemos dioses; luego amando al mundo, se nos llama mundo” 
(Sermón 121,1).

La anchura de la caridad

"En nosotros, en cambio, se pasea la presencia de la majestad si halla la anchura de la caridad. Exhortándonos a esto, dice el Apóstol: Ensanchaos, para no uniros en yunta con los infieles. Si nos ensanchamos, Dios se pasea en nosotros; pero el que nos ensanchemos es obra del mismo Dios. Si la anchura la produce la caridad que no conoce estrechez, ved que es Dios quien se la procura para sí mismo, según testimonio del Apóstol: La caridad de Dios se ha difundido en nuestros corazones mediante el Espíritu que se nos ha  dado. Gracias a esta anchura, repito, Dios se pasea en nosotros" 
(Sermón 163, 1).

La vida santa y la caridad

"¿Qué decir de la fe? ¿Podemos hallar alguien que tenga la fe y no la caridad? Muchos hay que creen y no aman. Y no se trata de contar los hombres; sabemos que los demonios creyeron lo que creemos y no aman lo que amamos. En efecto, recriminando el apóstol Santiago a aquellos que pensaban que les bastaba con creer y no querían vivir santamente, cosa que no es posible si no hay caridad —pues la vida santa pertenece a la caridad y nadie que tenga caridad puede vivir perversamente, puesto que el vivir santamente no es otra cosa que sentirse llenos de la caridad—; como algunos se jactaban de que creían en Dios y no querían vivir santamente y de forma adecuada a la fe que habían recibido, los comparó a los demonios con estas palabras: Tú dices que no hay más que un Dios. Crees lo recto, pero también los demonios creen, y tiemblan. En consecuencia, si sólo crees y no amas, eso te es común con los demonios" 
(Sermón 162A, 4).

Que no falte la caridad

"Profetizó Caifás y profetizó Saúl: tenían el don de la profecía, pero no la caridad. ¿Acaso tuvo la caridad Caifás que perseguía al Hijo de Dios, que nos trajo la caridad? ¿Por ventura tenía caridad Saúl, que, envidioso además de ingrato, perseguía a aquel cuya mano le había librado de los enemigos? Hemos probado, pues, que puede encontrarse en alguno la profecía sin la caridad. Pero a éstos la profecía de nada les sirve, según lo dicho por el Apóstol: Si no tengo caridad, nada soy. No dice: «Nada es la profecía» o «nada es la fe», sino: «Nada soy yo, si no tengo caridad». A pesar de tener grandes dones, no es nada; esos mismos grandes dones que tiene no le sirven de ayuda, sino que le llevan a la condena. No es gran cosa tener grandes dones, sino el utilizarlos bien; pero no vive bien quien no tiene caridad. En efecto, sólo la buena voluntad se sirve bien de cualquier cosa; pero no puede haber buena voluntad donde falta la caridad" 
(Sermón 162 A, 3).

El cimiento de la caridad

"Buena cosa es hablar de la caridad a quienes la aman; gracias a ella se ama rectamente cualquier cosa que se ame. Según el Apóstol, en la caridad se halla el camino más excelente. Acabamos de oírlo cuando se leyó: Os presento, dice, un camino más excelente. A continuación enumeró multitud de dones, extraordinarios ciertamente, que no han de ser tenidos en poco; al mismo tiempo dijo que, sin embargo, de nada servirán a los hombres que no tengan caridad. Entre tales dones mencionó el hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, el poseer en plenitud la profecía, la ciencia y la fe hasta el punto de trasladar montes; el distribuir los propios bienes a los pobres y entregar el propio cuerpo a las llamas. Dones todos grandiosos y divinos, pero solamente si están fundados sobre el cimiento de la caridad y brotan de la raíz del amor" 
(Sermón 162A, 1).

¡Qué valor el de la Caridad!

"Pero ¿de dónde te viene a ti esa caridad, si es que la tienes?; porque me temo que aún te abstengas de pecar por temor, y, sin embargo, te conceptúas un héroe. Grande verdaderamente lo eres si dejas de hacerlo por caridad. ¿Tienes, pues, la caridad? —La tengo, dices. —¿De dónde la tienes? —De mí mismo. —Si de ti mismo te viene, ¡qué lejos te hallas de la divina dulzura! Te amarás a ti mismo, porque a la fuerza has de amar la fuente del amor. Pero yo te pruebo que no la tienes, y prueba de no tenerla es atribuirte un bien de tanto valor. Si la tuvieras realmente, sabrías de dónde la tienes. ¿Tan liviana cosa, tan de poco más o menos es la caridad, que la tienes de tu cosecha?… ¡Qué valor el de la caridad, que sin ella nada vale nada!... ¿No es empequeñecer a Dios pretender sea tuya esta caridad que sobresale por encima de todo? ¿Qué cosa de más valor podría darte Dios? Cualquiera que te diere será menor"
 (Sermón 145, 4).

Tenga la caridad

"Que nadie, pues, se apene porque no se le ha concedido lo que se ve que se concedió a otro: tenga la caridad, no sienta envidia de quien posee el don y poseerá con quien lo tiene lo que él personalmente no tiene. En efecto, cualquier cosa que posea mi hermano, si no siento envidia por ello y lo amo, es mío. No lo tengo personalmente, pero lo tengo en él; no sería mío si no formásemos un solo cuerpo bajo una misma cabeza" 
(Sermón 162A, 4).

Todo necesita la caridad

"Por esta razón se les compara también con los sarmientos podados, mostrándose de acuerdo la lectura apostólica con la del Evangelio. Para no movernos de aquí, no otra cosa nos recomendó con fuerza el Señor sino la caridad: Yo soy, dice, la vid, y vosotros los sarmientos; mi padre es el agricultor. Todo sarmiento que da fruto en mí lo poda para que dé mayor fruto; en cambio, al que en mi no da fruto, lo corta. El fruto procede de la caridad misma, porque el fruto no procede más que de la raíz. Pues dice el Apóstol: Para que radicados y cimentados en la caridad. En ella está, por lo tanto, la raíz de la que brota todo el fruto. Quien comienza a mostrarse en desacuerdo con la raíz, aunque parezca que permanece durante algún tiempo, o bien está ya separado de ella, aunque no se vea, o bien ha de serlo claramente, pues de ninguna manera puede dar fruto"
 (Sermón 162A, 7).

La caridad nos une a la cabeza

“Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Si así se aman los miembros que tienen su cabeza en la tierra, ¡cómo deben amarse aquellos que la tienen en el cielo! Es cierto que tampoco se aman si se apartan de su cabeza; pero cuando esa cabeza de tal manera lo es, de tal manera ha sido exaltada al cielo y de tal manera colocada a la derecha del Padre, que, no obstante, se fatiga aquí en la tierra; no en sí, sino en sus miembros, hasta el punto de decir al final: tuve hambre, tuve sed, fui huésped cuando se le pregunte: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento?, como si respondiera: «Yo estaba en el cielo en cuanto cabeza; pero en la tierra los miembros tenían sed» —para concluir dice: cuando lo hicisteis a uno de mis pequeños a mi me lo hicisteis; y, a su vez, a los que nada hicieron: cuando no lo hicisteis a uno de mis pequeños, tampoco a mí me lo hicisteis— a esta cabeza no nos unimos si no es por la caridad"
 (Sermón 162A, 5).

Más amas más asciendes

"¿Qué ayuda presta Dios con esta gracia a quien toma para conducirle? Prosigue y dice: Las subidas en su corazón. Le establece grados o peldaños por los cuales suba. ¿En dónde? En el corazón. Cuanto más ames, tanto más asciendes... Aquí, pues, se llora mientras se siembra. Andando, dice, iban, y lloraban arrojando sus simientes. Luego las subidas en tu corazón se ordenan por Dios mediante su gracia. Amando, sube. De aquí que se canta el cántico de subidas. ¿En dónde ordenó estas subidas? En el corazón, en el valle del llanto. Ya dijo en dónde estableció lo que estableció. ¿Qué estableció? Las subidas. ¿En dónde? Interiormente: en tu corazón" 
(Comentario al salmo 83, 10).